Por Stakeholders

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POR HANS ROTHGIESSER – Miembro del Consejo Consultivo Stakeholders

Hace unos días en una conversación con el joven político noruego Hans Fredrik del partido Unge Venstre nos preguntamos en dónde está la raya. Esto en el sentido de que cada vez que se plantea un avance en el reconocimiento de los derechos de alguna minoría, siempre hay conservadores que observan esto con preocupación y, si bien no necesariamente están en contra de ese reconocimiento en especial, se preguntan hasta dónde se piensa avanzar en esa agenda y en dónde está la raya. Esa raya detrás de la cual ya se fue demasiado lejos. Ahora bien, no está mal que se discuta en dónde está esa raya.

Es una pregunta justa por parte de grupos de interés que han avanzado en la definición de sus propios derechos previamente. Ellos están en la total libertad de cuestionar si su situación va a ser comprometida por el avance de otros grupos. Lo que está mal es que nos cerremos a la discusión. No obstante, tiene que ser una discusión seria y madura. No una imposición de condiciones, porque se tiene el poder político para hacerlo. Esa es una lección que en el Perú parecemos no querer entender.

Cuestionar hasta dónde se puede llegar no es oponerse al reconocimiento de nuevos derechos. No es atacar a una minoría. No es odiar a los que son diferentes. Tan solo es hacerse una pregunta seria y pertinente. Una pregunta que debemos explorar para que aquellos que naturalmente se podrían oponer al reconocimiento de esos nuevos derechos entiendan la necesidad de reconocerlos. En una democracia como aquella en la que queremos vivir, es un derecho de todos nosotros hacernos esa pregunta justamente.

El ejemplo que mencionó Hans Fredrik fue el voto de las mujeres. Si uno revisa la literatura notará que el derecho a votar de las mujeres fue visto como un ultraje para muchos líderes de opinión en su momento. Hoy en día entendemos que era un avance necesario y justo. Nadie serio va a discutir hoy en día que las mujeres tienen derecho a votar tanto como los hombres. En ese entonces hubo la preocupación de que, si las mujeres podían votar, ¿qué sería lo siguiente? Y esa discusión la podíamos tener, no hay problema con eso. Así es como se empujan los cambios sociales. Debatiendo. No es suficiente cambiar leyes.

Y es que, si bien es cierto que los liberales en América Latina tenemos una deuda pendiente con las minorías con respecto al apoyo a su lucha por el reconocimiento de sus derechos, esto no se puede imponer de un plumazo, como lo pretendió hacer la alcaldesa Susana Villarán, obligando a todos los establecimientos comerciales a poner un anuncio que avisaba que en ese local estaba prohibido discriminar y que había una multa asociada. ¿Qué pasa si quieres discriminar? Por ejemplo, si quiero atender primero a la señora que está con seis meses de embarazo. No, no puedo. Está prohibido, decía la alcaldesa. Recuerden, esta ordenanza era contra todo tipo de discriminación. Todo tipo.

No estoy a favor de que se discrimine, por supuesto, estoy en contra de que se obligue. Yo quiero que se discuta, que conversemos, que convenzamos. En el mundo esta lucha lleva años y hay algunas prácticas que sabemos que sirven para avanzar y otras que, por el contrario, terminarán generando más resistencia. Obligar a no discriminar no es buena estrategia, porque apenas cambie el péndulo del poder político, se levantará la imposición. Pero si convences y explicas y presentas y conversas, el cambio es para siempre. ¿Y no es eso acaso lo que necesitamos urgentemente para salir de esta crisis política? ¿Conversar más, entendernos mejor, acercarnos todos? Demos el ejemplo con un tema en el que todos nosotros tenemos una deuda pendiente.







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