Por María Sandoval - People & Culture Manager de Arcos Dorados Perú

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Hace algunos años, aprendí que los seis colores de la bandera del Orgullo no fueron elegidos al azar. El rojo representa la vida y la pasión; el naranja, la salud y la energía; el amarillo, la luz del sol y la alegría; el verde, la naturaleza y el crecimiento; el azul, la serenidad y la confianza; y el violeta, el espíritu y la vocación. Cada franja lleva un mensaje, y juntas forman algo que va más allá de un símbolo: representan la plenitud de una persona cuando puede ser, sin restricciones, exactamente quien es.

Como responsable de Personas y Cultura pienso que esto no es un concepto abstracto. Se refleja en cómo gestionamos el talento, especialmente en las nuevas generaciones. Para muchos jóvenes, el trabajo no es solo una fuente de ingresos; es también un espacio donde se construye identidad, se desarrollan habilidades y, sobre todo, define cuánto pueden ser ellos mismos. Esa decisión —la de mostrarse con autenticidad— no debería implicar un costo profesional.

Sin embargo, en la práctica, todavía existen entornos laborales donde algunas personas sienten que deben moderar o esconder aspectos de su identidad para encajar. Cuando eso ocurre, el impacto no es solo individual. Se traduce en menor participación, menor innovación y un desaprovechamiento del talento disponible. Las organizaciones pierden valor cuando las personas no pueden contribuir desde su totalidad.

«El talento —especialmente el más joven— está priorizando espacios donde exista coherencia entre lo que se dice y lo que se hace».

Por eso, hablar de inclusión no debería quedarse en declaraciones generales. Es un tema de gestión. Implica revisar procesos de selección, asegurar criterios claros de evaluación, formar líderes capaces de manejar equipos diversos y contar con canales donde las personas puedan expresar preocupaciones sin temor a represalias. También implica consistencia: el respeto no puede depender del estilo de cada jefe.

En mi experiencia, los entornos donde las personas se sienten tratadas con respeto y equidad son también los que logran mejores niveles de compromiso y desempeño. No se trata de una agenda paralela, sino de una condición para que la organización funcione bien.

El reto para las empresas en el Perú es claro. El talento —especialmente el más joven— está priorizando espacios donde exista coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Las organizaciones que avancen en esto no solo estarán mejor posicionadas en términos de reputación, sino también de resultados y sostenibilidad.

Este mes del Orgullo reafirmo mi convicción. En cada joven talento hay pasión, energía, brillo, crecimiento, confianza y propósito. Ahora nos toca a nosotros, como líderes, asegurarnos de que esas cualidades nunca tengan que esconderse.







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