Hablar de biodiversidad suele remitirnos a bosques intactos, especies únicas y paisajes amazónicos de enorme riqueza natural. Sin embargo, conservar esa biodiversidad implica generar medios de vida sostenibles para las poblaciones que habitan estos territorios. A esto se le conoce como bioeconomía: transformar la biodiversidad en bienestar, manteniendo el bosque en pie.
Con 26 años de trabajo continuo promoviendo la conservación y uso sostenible de la biodiversidad junto con las poblaciones indígenas y campesinas, en Conservación Amazónica – ACCA hemos aprendido que la clave para una bioeconomía próspera en la Amazonía es el trabajo perseverante y de largo plazo para empoderar integralmente a las comunidades locales en la creación de cadenas de valor duraderas. Esto implica: 1) sensibilizar al poblador local sobre la importancia de mantener el bosque en pie y reconocer el valor de los servicios ecosistémicos que brinda tanto a nivel local como mundial; 2) promover la asociatividad y la construcción de confianza entre productores y las propias comunidades; 3) incentivar la formalización y cumplimiento de la regulación para el manejo de los recursos naturales; 4) capacitar en la recuperación de suelos degradados y aplicación de prácticas sostenibles para el aprovechamiento de frutos amazónicos; 5) fortalecer la capacidad productiva y mejoramiento continuo, 6) promover innovación para agregar valor a los productos y cumpliendo con estándares internacionales; y 7) facilitar el acceso a los mercados para obtener precios justos. La tarea no es sencilla ni rápida, pero ya se ven resultados positivos.
«El camino aún es largo y requiere una mayor articulación entre diferentes actores».
En Madre de Dios, la capital de la biodiversidad, con más de 8 millones de hectáreas de ecosistema Amazónico, casi del tamaño de Costa Rica, se encuentran Áreas Naturales Protegidas emblemáticas como Tambopata, Manu, Bahuaja Sonene, Purús, y territorios de pueblos indígenas no contactados, pero también coexisten 38 comunidades nativas, más de 1200 concesiones forestales de las cuales cerca de 800 son castañeras, convirtiéndose en paisajes vivos donde la conservación va de la mano con el desarrollo.
Un caso exitoso de bioeconomía en Madre de Dios es la que encontramos en la Comunidad Nativa Infierno, del pueblo Ese’Eja, ubicada al norte de la Reserva Nacional Tambopata. Allí producen cacao bajo sistemas agroforestales y cuentan con una planta de acopio y beneficio con la cual ya comercializan con la empresa nacional Ibérica y han desarrollado su propia marca de chocolate, “Wipa”, que exhiben en ferias de la capital.
Otro caso que nos llena de orgullo es el de Sarita Hurtado, quien lleva más de 40 años manejando su concesión castañera en el centro poblado Alegría, cercano al departamento de Pando en Bolivia. Ella recolecta la castaña o “nuez de Brasil” y la comercializa en el mercado local, abasteciendo también a la capital y elaborados incluso productos con valor agregado como castaña bañada en chocolate, trufas, galletas, alfajores y bombones, que hoy pueden encontrarse incluso en el Aeropuerto de Puerto Maldonado. Cabe resaltar que un castaño puede superar los 60 metros de altura y vivir más de 500 años, y solo crece en algunos lugares como Madre de Dios, Bolivia y Brasil. Además de ser protegido por el Estado, sus frutos, las nueces, son un nutracéutico altamente valorado a nivel internacional por su gran concentración de selenio, un micronutriente esencial para la salud.
El camino aún es largo y requiere una mayor articulación entre diferentes actores. A ello se suman las crecientes presiones sobre la Amazonía, que hacen cada vez más urgente el compromiso de todos para fortalecer cadenas de valor sostenibles, promover la bioeconomía y conservar nuestro patrimonio natural. Una Amazonía sana es clave para un planeta sano.









