Por Isabella D’Angelo, Gerenta Corporativa de Sostenibilidad en Intercorp Retail

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El cambio climático durante muchos años fue visto principalmente como un asunto ambiental. Hoy sabemos que también es un riesgo financiero. Una inundación puede detener una operación logística; una sequía puede afectar el abastecimiento de materias primas; una regulación sobre emisiones puede incrementar costos operativos; y cambios en las preferencias de los consumidores pueden modificar la demanda de determinados productos. Son eventos que impactan ingresos, costos, activos y, en consecuencia, el valor de una empresa.

No se trata de una percepción aislada. La Global Investor Survey 2024 de PwC encontró que el 75% de los inversionistas considera que la manera en que una empresa gestiona sus riesgos y oportunidades relacionados con la sostenibilidad influye en sus decisiones de inversión. Además, el 76% considera importante que las empresas transformen la forma en que crean valor para responder a los desafíos del cambio climático. Estas cifras reflejan un cambio profundo: la sostenibilidad ya no se analiza únicamente desde la responsabilidad corporativa, sino desde la capacidad de una empresa para generar resultados financieros sostenibles en el tiempo.

Cuando en Intercorp Retail analizamos el impacto financiero de un Fenómeno El Niño del 2023 descubrimos que el costo no estaba únicamente en reparar una tienda inundada. También aparecía en las licencias y préstamos otorgados a colaboradores afectados, en los quiebres de stock ocasionados por interrupciones en la cadena logística, en el incremento del costo de algunos productos debido a la escasez de cultivos como el limón y la papaya, en la menor afluencia de clientes a centros comerciales y en los cierres temporales de locales. Muchos de estos impactos normalmente no aparecen en las evaluaciones tradicionales de riesgo, pero tienen efectos financieros reales sobre el negocio. Medirlos nos permitió entender que el riesgo climático no es una preocupación futura ni exclusivamente ambiental: ya forma parte de la gestión financiera de la empresa. En un país como el Perú, altamente vulnerable a eventos climáticos extremos, comprender estos riesgos es indispensable para fortalecer la resiliencia del negocio y tomar mejores decisiones.

El cambio climático es uno de los ejemplos más evidentes, pero no el único. También lo son la pérdida de talento clave, un caso de corrupción o un conflicto con comunidades. Todos pueden comenzar como un riesgo ASG y terminar afectando los ingresos, los costos, la continuidad operativa o el acceso a financiamiento. En otras palabras, todos terminan convirtiéndose en riesgos financieros.

Esta nueva forma de entender el riesgo también está transformando la manera en que los mercados asignan capital. Cada vez existen más herramientas para evaluar el desempeño ASG de las empresas. Índices y evaluaciones como el Dow Jones Best-in-Class Indices, CDP, MSCI ESG Ratings o Sustainalytics son utilizados por inversionistas para complementar el análisis financiero tradicional y entender qué organizaciones están mejor preparadas para enfrentar los desafíos de largo plazo. Más allá de sus diferencias metodológicas, todos responden a un mismo objetivo: reducir la incertidumbre y mejorar la evaluación del riesgo.

No es casualidad tampoco que la Fundación IFRS haya creado el International Sustainability Standards Board (ISSB). Sus estándares buscan que las empresas reporten información sobre riesgos y oportunidades relacionados con la sostenibilidad que sea útil para quienes toman decisiones de inversión y financiamiento. La sostenibilidad ya no se reporta únicamente para comunicar impactos; se reporta para explicar la resiliencia futura del negocio.

Este cambio también está modificando la forma en que las empresas acceden al financiamiento. Cada vez son más comunes los préstamos vinculados a sostenibilidad, instrumentos en los que las condiciones financieras pueden mejorar si la empresa alcanza objetivos previamente definidos, como reducir emisiones, mejorar la eficiencia energética, fortalecer la seguridad laboral o incrementar la diversidad en posiciones de liderazgo. A diferencia de los bonos verdes, estos préstamos no necesariamente financian un proyecto ambiental específico; incentivan un mejor desempeño corporativo mediante metas medibles y verificables. La sostenibilidad deja así de ser únicamente un compromiso para convertirse también en un factor que puede influir en el costo del capital.

Quizá la pregunta más importante ya no sea cuánto cuesta invertir en sostenibilidad. La verdadera pregunta es cuánto cuesta no entender los riesgos que enfrenta nuestro negocio. Porque aquello que no se mide difícilmente se gestiona, y aquello que no se gestiona termina afectando la operación, el acceso a financiamiento y la capacidad de crear valor en el largo plazo.

Hoy seguimos hablando de riesgos ASG. Probablemente, dentro de algunos años, simplemente los llamaremos riesgos de negocio.

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