Por Tamiko Hasegawa

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Durante mucho tiempo, hablar de gestión social estuvo asociado a prevenir conflictos, atender demandas o generar las condiciones para que un proyecto pudiera avanzar.
Hoy esa mirada resulta insuficiente.

Los territorios han cambiado y sus expectativas también. La gestión social ha evolucionado con ellos: de administrar contingencias a contribuir activamente al desarrollo y a fortalecer las capacidades que permiten que ese desarrollo perdure.

Hay tres ideas que, desde mi perspectiva, marcan esta evolución y que estuvieron muy presentes en las conversaciones del Encuentro Internacional de Gestión Social y Sostenibilidad (GESS 2026), un espacio que reunió a líderes y agentes de desarrollo de diversos sectores.

La primera: no podemos innovar sin escuchar y entender el desafío.

Innovar en gestión social no significa necesariamente incorporar tecnología. Muchas veces significa encontrar una respuesta diferente a un problema real. Y para hacerlo necesitamos entender primero cuál es ese problema, quién lo vive y cuáles son las condiciones del territorio para resolverlo.

Una buena solución, diseñada sin comprender esa realidad, puede terminar siendo una mala intervención. Por eso, la escucha debe convertirse en una capacidad estratégica: no como un ejercicio ocasional de consulta, sino como un proceso permanente para comprender antes de actuar.

Y aquí hay una distinción importante: escuchar para entender, no simplemente para responder.

La segunda: la confianza se construye con consistencia.

En contextos de desconfianza, muchas veces nuestra primera reacción como instituciones es explicar mejor lo que hacemos. Pero la confianza no depende únicamente de lo que decimos.

Se construye cuando existe coherencia entre lo que decimos y hacemos; cuando las decisiones son consistentes con nuestros compromisos; y, especialmente, cuando cumplimos aquello que prometemos.

La confianza toma tiempo y se pone a prueba precisamente cuando aparecen las dificultades. Quizás, entonces, la pregunta no debería ser solamente qué necesitan los demás para confiar en nosotros, sino qué estamos haciendo —o dejando de hacer— para merecer esa confianza.

Pero la confianza no solo se construye: también puede gestionarse y fortalecerse. Y es allí donde las alianzas adquieren valor. La gestión transforma cuando actores distintos son capaces

La tercera: la sostenibilidad debería medirse por lo que permanece, no solamente por cuánto hacemos o damos.

Durante años hemos evaluado la gestión social a partir del número de beneficiarios, programas ejecutados, recursos invertidos o actividades realizadas. Son indicadores necesarios, pero no necesariamente nos dicen si una intervención logró ser sostenible.

Hay una pregunta más exigente: ¿qué queda cuando dejamos de intervenir?

Si después de años de trabajo un territorio conserva capacidades, instituciones fortalecidas, relaciones de colaboración y herramientas para continuar avanzando, entonces hemos contribuido a construir algo que trasciende la presencia de una empresa, un proyecto o incluso una administración pública.

Ese debería ser uno de nuestros mayores desafíos: conectar las capacidades de las personas y los territorios con las de las empresas, el Estado, la academia y el financiamiento alrededor de una aspiración compartida de desarrollo.

El Perú no carece de iniciativas ni de actores con voluntad de contribuir. El reto es lograr que esas capacidades confluyan, construir confianza entre ellas y generar alianzas capaces de trascender intervenciones individuales.

Por eso, el futuro de la gestión social no debería estar definido por cuánto hacemos, sino por qué somos capaces de transformar. No por la cantidad de iniciativas, sino por su capacidad de generar autonomía. No por el discurso de sostenibilidad, sino por aquello que permanece cuando el proyecto cambia, las autoridades cambian o quienes impulsaron una iniciativa ya no están.

Esto exige también profesionales capaces de escuchar antes de intervenir, entender antes de proponer y construir acuerdos antes de ejecutar. Profesionales que comprendan que la innovación comienza por entender a las personas, que la confianza se gana con consistencia y que la sostenibilidad se demuestra en el legado.

Quizás ese sea el verdadero salto que necesita la gestión social en el Perú: dejar de preguntarnos solamente cómo gestionar mejor nuestros proyectos y empezar a preguntarnos cómo contribuimos a que los territorios estén mejor gracias a ellos.

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