Plataformas como i-ED Educación Digital impulsan programas modulares y certificados que buscan reducir la brecha educativa y fortalecer las competencias tecnológicas de los jóvenes peruanos.

Por Jorge Bossio, director de Innovación Educativa e Internacionalidad UPC - Laureate Perú

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La educación superior enfrenta hoy un desafío que va más allá de incorporar nuevas tecnologías al aula. En un contexto donde la inteligencia artificial está transformando tareas, profesiones y formas de trabajar, el verdadero reto es formar personas capaces de aprender continuamente, adaptarse a los cambios y utilizar la tecnología para resolver problemas complejos que requieren criterio, empatía y comprensión del entorno.

Esto implica revisar cómo entendemos el aprendizaje. Durante mucho tiempo, la educación estuvo asociada a completar etapas, como terminar una carrera, obtener un título o continuar con un postgrado. Sin embargo, el conocimiento ya no puede entenderse como un punto de llegada. Debemos entender la educación como un juego infinito y para ello necesitamos desarrollar capacidades que nos permitan seguir aprendiendo, adaptarnos a los cambios y aplicar lo aprendido frente a escenarios que todavía no conocemos.

Una señal de este desafío aparece en el Índice de Innovación Ciudadana (IIC), estudio realizado por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC) a Ipsos Perú. Aunque el 66% de los peruanos urbanos conectados considera que la capacidad de innovar puede desarrollarse mediante la práctica, el esfuerzo o la formación, solo el 38% se siente preparado para adaptarse a cambios tecnológicos o aprender nuevas habilidades. La brecha, entonces, no está únicamente en la disposición para aprender, sino en generar las condiciones para convertir ese aprendizaje en capacidad de acción.

Para la educación superior, esto implica migrar de contenidos y exámenes hacia la experiencia, el trabajo colaborativo y la resolución de problemas reales La innovación nace cuando las personas aprenden, crean y transforman juntas. En este escenario, la inteligencia artificial debe entenderse como una herramienta para potenciar las capacidades humanas y no únicamente como un recurso para automatizar tareas y buscar eficiencia o productividad en el corto plazo. 

El pensamiento crítico y sistémico es necesario para evaluar la información que producen estas herramientas, mientras que la comunicación y la colaboración son fundamentales para trabajar en entornos multiculturales e híbridos. A ello se suman la empatía, el liderazgo y la capacidad de adaptación, competencias necesarias para desenvolverse en espacios donde la tecnología y las personas interactuarán de manera cada vez más estrecha.

El propio IIC muestra que todavía existe una distancia entre la idea y la acción. Mientras la mentalidad innovadora alcanza 87.5 puntos, la creatividad aplicada llega a 55 y la adopción tecnológica a 46.7. Esto plantea una pregunta relevante para las universidades. ¿Estamos enseñando solamente a utilizar herramientas o estamos formando personas capaces de aplicarlas para generar soluciones?

La respuesta pasa por conectar el aprendizaje con problemas reales y generar espacios de experimentación y colaboración entre estudiantes, empresas, organizaciones y comunidades. La universidad no puede anticipar todas las tecnologías que existirán en el futuro, pero sí puede preparar a las personas para aprender a dominarlas. El reto no está en cómo nos ayuda la tecnología sino en cómo nos ayudamos con la tecnología. La persona en el centro, siempre.

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