Por Luis Miguel De La Cruz Fallaque - Especialista en Comunicación Corporativa y Sostenibilidad

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Cada mañana, miles de limeños salen de casa sin saber con certeza cuánto tardarán en llegar a su destino. Un accidente, una vía cerrada o una congestión inesperada pueden transformar un recorrido cotidiano en horas de espera. Nos hemos acostumbrado tanto a esta situación que pocas veces nos detenemos a pensar en lo que realmente perdemos. Porque el tránsito no solo nos quita tiempo. También afecta nuestra calidad de vida y profundiza las desigualdades.

Según el TomTom Traffic Index 2025, recorrer diez kilómetros en Lima demandó, en promedio, 34 minutos y 53 segundos. Además, los conductores perdieron aproximadamente 195 horas al año debido a la congestión durante las horas punta. Detrás de estas cifras hay situaciones que conocemos bien. Padres que llegan cuando sus hijos ya duermen, trabajadores que comienzan su jornada agotados y estudiantes que deben salir de madrugada para llegar a tiempo. Son horas que podrían dedicarse al descanso, la familia o el desarrollo personal.

«Lima necesita avanzar hacia un transporte público integrado, seguro, accesible y menos contaminante».

Pero esta realidad no afecta a todos por igual. Mientras algunos pueden trabajar desde casa o modificar sus horarios, otros dependen diariamente de un transporte público que no siempre ofrece condiciones adecuadas. El Banco Mundial advirtió en 2024 que apenas el 18 % de los empleos de Lima Metropolitana era accesible en 45 minutos mediante transporte público o medios no motorizados. Esto demuestra que la movilidad también determina las oportunidades a las que pueden acceder las personas.

La experiencia de otras ciudades permite mirar este problema desde otra perspectiva. En Santiago de Chile, el mismo índice TomTom registró en 2025 un tiempo promedio de 23 minutos y 54 segundos para recorrer diez kilómetros, casi once minutos menos que en Lima. Si bien Santiago también enfrenta congestión, ha desarrollado un sistema de transporte público integrado y ha avanzado en la incorporación de tecnologías más limpias. Según el Ministerio de Transportes chileno, en octubre de 2025 el 55 % de los buses de su sistema Red Movilidad ya era eléctrico. No se trata de copiar modelos, sino de reconocer que una planificación sostenida puede contribuir a mejorar la movilidad urbana.

Desde la responsabilidad social, este desafío tampoco debería ser ajeno a las empresas. Promover horarios flexibles cuando las funciones lo permitan, facilitar alternativas de transporte compartido o impulsar planes de movilidad para los trabajadores son medidas que pueden contribuir a reducir desplazamientos innecesarios y mejorar su bienestar. La sostenibilidad empresarial también implica comprender cómo las condiciones de la ciudad afectan la vida de las personas.

Lima necesita avanzar hacia un transporte público integrado, seguro, accesible y menos contaminante. Esto exige continuidad en las políticas públicas, planificación urbana y participación del sector privado. Sin embargo, el cambio más importante quizá sea dejar de medir la movilidad únicamente por la velocidad de los vehículos y comenzar a evaluarla por sus beneficios para las personas.

Una ciudad sostenible no es solamente aquella que contamina menos, sino también la que permite a sus habitantes recuperar tiempo para vivir.







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