Cuando pensamos en el Perú de 2035, hablamos de crecimiento, productividad, inversiones y competitividad. Pero hay una pregunta que solemos dejar fuera: ¿qué ciudad necesitamos construir para que ese futuro sea posible?
Cerca del 80 % de los peruanos vive hoy en ciudades. Sin embargo, buena parte de nuestro crecimiento urbano ha ocurrido sin suficiente planificación. La expansión desordenada, el déficit de servicios y la ocupación de zonas de riesgo son resultado de decisiones sobre nuestro territorio.
Durante mucho tiempo hemos entendido el desarrollo inmobiliario como la construcción y comercialización de metros cuadrados. Pero una ciudad no se construye con metros cuadrados. Se construye con infraestructura, servicios, espacios públicos, oportunidades y conectividad.
La pregunta, entonces, no debería ser cuánto necesitamos construir, sino qué tipo de ciudad estamos construyendo. Y esa pregunta interpela al Estado, las empresas y los ciudadanos.
El sector inmobiliario tiene una responsabilidad particular. Cada proyecto modifica el territorio. Cada decisión puede contribuir a una ciudad más resiliente o trasladar costos hacia el futuro. Por eso, la sostenibilidad no puede reducirse a cuánto reciclamos, cuánta energía ahorramos o cuántos árboles plantamos. Debemos preguntarnos si generamos valor para la ciudad o trasladamos sus problemas para las futuras generaciones. En Grupo Centenario creemos que desarrollar ciudad implica asumir la responsabilidad de generar valor en el tiempo.
Después de casi un siglo participando en el desarrollo urbano del país, entendemos que nuestro negocio tiene una relación directa con la forma en que las personas viven y proyectan su futuro. Más de 58 mil familias han accedido a terrenos formales a través de nuestra propuesta de desarrollo urbano; nuestras urbanizaciones mantienen más de 166 mil m² de áreas verdes públicas y, en 2025, el 60 % de nuestra oferta incorporó criterios de sostenibilidad.
El desafío es convertir la sostenibilidad en una forma distinta de decidir: anticipar riesgos, incorporar criterios ambientales desde el diseño, generar eficiencias y fortalecer la relación con las comunidades. Sostenibilidad y competitividad van juntas. Una ciudad planificada reduce costos, mejora la productividad, atrae inversión, enfrenta mejor el cambio climático y genera seguridad y oportunidades. Por eso, sostenibilidad debe estar desde el inicio y no ser el capítulo final del proyecto inmobiliario.
Las empresas que desarrollamos ciudad no podemos preguntarnos únicamente cuánto valor generamos para nuestros accionistas. También cuánto valor dejamos en el territorio, las comunidades y las generaciones futuras. Porque una ciudad no termina cuando se entrega un proyecto. Ahí comienza su verdadera historia.
El Perú que queremos construir hacia 2035 no será definido únicamente por cuánto crezca nuestra economía, sino por la calidad de los espacios donde ese crecimiento ocurrirá. Quienes transformamos el territorio tenemos también la responsabilidad de decidir qué futuro estamos haciendo posible.
La pregunta ya no es si las empresas deben participar en la construcción de ciudades sostenibles. La pregunta es qué ciudad estamos dispuestos a dejarles a quienes vienen después.









