Por Cecilia Tagata, Subgerente de Sostenibilidad y Comunicaciones de ISA ENERGÍA

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Hablar de infraestructura suele llevarnos a pensar en obras, líneas, subestaciones, kilómetros construidos o energía transportada. Y es normal. En un país que todavía necesita cerrar brechas, la infraestructura eléctrica cumple un rol esencial para sostener el crecimiento, habilitar nuevas inversiones y mejorar la calidad de vida de millones de personas. 

No obstante, hay una dimensión igual de importante que muchas veces queda fuera de la conversación: la forma en que esa infraestructura se relaciona con los territorios donde opera. Porque una línea de transmisión no atraviesa únicamente zonas geográficas, también convive con comunidades, dinámicas locales, necesidades concretas y oportunidades de desarrollo.

Esa mirada forma parte de la Estrategia ISA 2040, que orienta nuestro trabajo hacia una infraestructura rentable y eficiente, confiable, segura y resiliente, así como limpia y justa. Esto implica entender la transmisión eléctrica como una actividad que aporta a la transición energética y que, al mismo tiempo, debe generar valor económico, ambiental y social.

Desde esa perspectiva, los resultados del Reporte Integrado de Gestión de ISA ENERGÍA permiten mirar el impacto de la compañía más allá de su operación técnica. Durante el último año, en el eje socioambiental, beneficiamos a casi 40,000 personas de más de 350 comunidades mediante iniciativas de educación, salud, voluntariado, emprendimiento e infraestructura social

Estos avances se complementan con una gestión ambiental alineada a estándares internacionales. En nuestras operaciones, mantuvimos certificaciones bajo las normas ISO 9001, ISO 14001 e ISO 45001, que respaldan una gestión sistemática de la calidad, el ambiente y la seguridad. A ello se suman acciones orientadas al uso eficiente de recursos, la gestión de residuos y la protección de la biodiversidad en nuestras áreas de influencia.

Sin embargo, estos resultados no se explican únicamente desde los indicadores de gestión. También se sostienen en historias, procesos y vínculos construidos en el tiempo. Hay comunidades que fortalecen capacidades, familias que acceden a oportunidades productivas y territorios que encuentran en la articulación una forma de avanzar. Ese es uno de nuestros principales aprendizajes: el impacto social también se mide por la posibilidad de generar cambios sostenidos y pertinentes para cada realidad.

Un ejemplo de ello es Huertos en Línea, iniciativa que transforma espacios ubicados bajo líneas de alta tensión en áreas verdes y productivas. El programa benefició a más de 1,000 personas y permitió recuperar más de 50 mil metros cuadrados que hoy generan alimentos, ingresos y organización comunitaria. Donde antes había terrenos subutilizados, hoy existen cultivos, liderazgo vecinal y una relación distinta con el entorno.

Algo similar ocurre con Praderas de Vida, jardín medicinal que consolidó más de 3 mil metros cuadrados de áreas productivas y registró un incremento promedio de 200% en los ingresos individuales frente al año base 2020. Este tipo de resultados muestra que la sostenibilidad cobra mayor sentido cuando se conecta con necesidades reales: producir, emprender, mejorar ingresos y fortalecer capacidades locales.

La infraestructura social también forma parte de esta mirada. En Huánuco, la instalación de un sistema fotovoltaico en el Tambo Vinchos Chico permitió cerrar una brecha de acceso a energía en un espacio comunitario clave. Con ello, se generaron mejores condiciones para el uso de internet estable, salas de reunión y módulos productivos. La energía, en este caso, fue una puerta para ampliar oportunidades y dinamizar actividades comunitarias.

Estos avances reflejan una convicción: la sostenibilidad no puede entenderse como un componente adicional de la operación; debe formar parte de la manera en que las empresas planifican, ejecutan y se relacionan con su entorno. En sectores como el energético, donde los proyectos tienen una presencia territorial de largo plazo, esta visión resulta esencial.

También implica reconocer que cada territorio tiene sus propios desafíos. Por ello, el trabajo socioambiental exige escucha, continuidad y articulación con autoridades, aliados técnicos y líderes locales. No se trata solo de llegar a una comunidad, sino de construir vínculos que permitan generar valor compartido y sostenerlo en el tiempo.

Ese es el compromiso que asumimos desde ISA ENERGÍA, en línea con nuestra Estrategia ISA 2040: seguir impulsando una infraestructura rentable y eficiente, confiable, segura y resiliente, limpia y justa.

La transmisión de energía seguirá siendo fundamental para conectar al país, pero su valor puede ir más allá: puede habilitar oportunidades, fortalecer capacidades y contribuir a que el desarrollo también se construya desde los territorios.

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