En retail, pocas cosas son tan visibles como la coherencia. Podemos tener grandes compromisos de sostenibilidad, publicar reportes, establecer metas ambiciosas y construir campañas con propósito. Pero al final, hay un lugar donde todo ese discurso se encuentra con la realidad: la góndola.
Porque la reputación no se construye únicamente con lo que una empresa dice de sí misma. Se construye, sobre todo, con lo que las personas pueden ver, tocar, comprar y experimentar, y en una industria que forma parte de la vida cotidiana de millones de personas, esa consistencia se pone a prueba todos los días.
Una primera prueba está en aquello que no logramos vender.
Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), en 2022 se desperdiciaron 1,050 millones de toneladas de alimentos en hogares, servicios de alimentación y retail. El comercio minorista fue responsable del 12% de ese total: alrededor de 131 millones de toneladas. El desperdicio de alimentos, además, no implica solamente perder comida: con ella se desperdician también el agua, la tierra, la energía, el trabajo y los recursos utilizados para producirla.
Para un retailer, gestionar residuos no puede significar simplemente disponer mejor de ellos. La conversación debe empezar mucho antes: prevenir, recuperar, donar, valorizar, compostar, reciclar y dejar la disposición final como última alternativa.
Esa lógica está detrás de iniciativas como Bueno por Dentro, que recupera alimentos aptos para el consumo que ya no serán comercializados de plazaVea, Vivanda y Makro, y los canaliza hacia cientos de organizaciones sociales con más de 95,000 beneficiarios semanales. Es una forma distinta de mirar la merma: no solo como un problema operativo, sino como un recurso que todavía puede generar valor. Lo mismo ocurre cuando avanzamos en reciclaje, compostaje y valorización. La coherencia empieza cuando dejamos de llamar residuo a todo aquello para lo que todavía podemos encontrar valor.
Pero existe una segunda prueba, probablemente aún más desafiante: lo que sí vendemos.
La sostenibilidad de un retailer no puede terminar en la eficiencia de sus tiendas, centros de distribución ni oficinas. También tiene que preguntarse qué productos pone a disposición de sus clientes, de dónde vienen, cómo fueron producidos y qué ocurre con sus empaques después de ser utilizados.
El desafío es enorme. La OCDE estima que el 40% de los residuos plásticos generados globalmente proviene de empaques. Y el PNUMA señala que aproximadamente el 36% de todo el plástico producido se utiliza precisamente para packaging.
Esto obliga a mirar la góndola con otros ojos. ¿Cuánto empaque es realmente necesario? ¿Qué materiales utilizamos? ¿Son reciclables? ¿Qué estándares esperamos de nuestros proveedores? ¿Estamos dando al consumidor alternativas que le permitan tomar mejores decisiones?
Aquí aparece una de las mayores oportunidades del retail: su capacidad de generar cambios mucho más allá de sus propias operaciones. Por su escala y poder de compra, los grandes retailers pueden contribuir a elevar los estándares de sostenibilidad de miles de proveedores, incorporando criterios ambientales y sociales en sus decisiones de compra, acompañándolos en esa transición y generando incentivos para innovar. El impacto se multiplica cuando logramos movilizar a toda nuestra cadena de valor.
Pero ese poder transformador también mira hacia el otro lado de la góndola: hacia nuestros clientes. Los retailers no solo respondemos a la demanda; también podemos ayudar a transformarla. Cuando hacemos más accesibles y visibles alternativas más sostenibles, saludables o responsables, facilitamos mejores decisiones de consumo y podemos contribuir, a escala, a nuevos comportamientos.
No existen respuestas simples ni transformaciones de un día para otro. Pero sí existe una responsabilidad de avanzar. Porque no podemos hablar de sostenibilidad en nuestros reportes y olvidarnos de ella cuando decidimos qué ponemos frente al consumidor.
La góndola es, quizás, uno de los reportes de sostenibilidad más visibles que tiene un retailer.
Existe una tercera dimensión de coherencia que no tiene que ver con productos, sino con personas.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que el retail emplea alrededor de 420 millones de personas en el mundo y que aproximadamente la mitad son mujeres. Es una industria con una enorme capacidad para generar oportunidades y transformar realidades.
Por eso, cuando hablamos externamente de diversidad, equidad e inclusión, debemos hacernos también preguntas hacia adentro. ¿Quiénes forman parte de nuestros equipos? ¿Quiénes llegan a posiciones de liderazgo? ¿Cómo contratamos y promovemos? ¿Las personas encuentran dentro de nuestras organizaciones la misma diversidad que mostramos en nuestras campañas?
La diversidad no puede existir solamente en una pieza de comunicación. Tiene que existir también en la planilla, en las salas de decisión y en las oportunidades de crecimiento.
Hoy los stakeholders tienen muchas más herramientas para contrastar lo que una empresa dice con lo que efectivamente hace. Clientes, colaboradores, proveedores y comunidades observan nuestras decisiones y encuentran rápidamente las inconsistencias.
Por eso, quizás uno de los activos reputacionales más importantes de una compañía sea también uno de los más sencillos de explicar y más difíciles de construir: la coherencia.
En retail, esa coherencia está en la góndola, en el empaque, en nuestros proveedores, en lo que hacemos con aquello que no vendemos, en las alternativas que ofrecemos a nuestros clientes, en quiénes forman parte de nuestros equipos y en miles de decisiones que tomamos todos los días.
Porque la reputación no se construye cuando contamos una buena historia. Se construye cuando la realidad que encuentran nuestros stakeholders se parece a la historia que contamos.









