Baltazar Caravedo Molinari
Miembro del Directorio de CTC Consultores

En el curso de su desenvolvimiento el ser humano ha desarrollado un nivel de conocimiento y de consciencia que no se encuentra en otros seres vivos en nuestro planeta. Simultáneamente ha desplegado un universo inconsciente casi infinito y ha configurado un mundo cultural que es artificial con relación a la naturaleza.

Pero, asimismo, ha construido una sociedad fragmentada en la que el reconocimiento se basa en una valoración que se puede resumir de la siguiente manera: tener, poder, valer. En este sentido, el bienestar de todos sus habitantes ocupa un lugar secundario.

La consciencia emergente considera necesarios nuevos paradigmas que redefinan nuestros roles, nuestros afectos, nuestras necesidades, nuestra cultura; es decir, se trata del desafío a nuestro inconsciente, a nuestras rutinas dominantes en todos los planos y dimensiones.

Uno de los elementos que es necesario destacar del nuevo paradigma en proceso es la comprensión de que la vida es una diversidad interdependiente de componentes que se despliegan como un tejido, admitiendo la necesidad de proteger no sólo a los seres humanos en tanto entidades vivas sino, asimismo, a otras formas de vida en la Tierra.

La concepción de la educación ya no sólo es entendida como acumulación de información, precisión de detalles y memoria; es también interpretación y afecto. En otras palabras, se trata de un acercamiento integral, sistémico y afectivo a la realidad.

La energía es el elemento que permite la unificación de la materia. En todo sistema vivo hay jerarquías; en cada nivel jerárquico la energía no es la misma ni la lógica de su producción o uso; en un sistema todos los niveles jerárquicos se conectan directa o indirectamente compartiendo energía. Todas las estructuras de la naturaleza son sistemas abiertos que expulsan e incorporan energía, y es la energía libre y disponible la que permite construir nuevos sistemas.

Los sistemas abiertos se encuentran sometidos a tensiones opuestas producto del ingreso, la disipación y degradación de energía constantemente. Se baten entre el orden creado y el nuevo orden que se genera; entre el mínimo de entropía y el máximo de entropía. La sobrevivencia y autogeneración de los sistemas depende de la capacidad para renovar energía y mantener una baja entropía.

Los sistemas tienen ciclos, y, ello significa que durante un tiempo tendrán un determinado orden. Dado que no se trata de un orden en equilibrio sino, por el contrario, en desequilibrio permanente, la capacidad adaptativa del sistema asegura la continuidad del sistema. Y aquella, la capacidad adaptativa, dependerá de la energía, de su capacidad de renovación de energía. El incremento de la energía degradada constituye el crecimiento de la entropía y, a su vez, la posibilidad de pasar de un estado a otro; en todo caso, es la evidencia del paso de un sistema a otro.

El sistema humano transforma e innova, crea y destruye su entorno cultural y ambiental, y amenaza la naturaleza de la cual ha surgido.

La transformación es la resultante del balance entre energías que facilitan o entorpecen su continuidad: energías de cohesión que son las que congregan y fortalecen la unidad viva; energías de repulsión obstaculizan la reproducción y continuidad de la entidad.

Los sistemas humanos interaccionan con su entorno, y en esa dinámica nacen, maduran y mueren; es decir, emergen nuevas propiedades, patrones de organización, se incorporan nuevos elementos, desaparecen otros. Lo que ocurre y afecta a una parte puede repercutir o tener efectos sustantivos en otras partes del sistema. Los vínculos entre sus componentes son un elemento clave del sistema humano. Su continuidad depende de la naturaleza de sus vínculos.







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