Hay una asimetría curiosa en el modo en que nuestras empresas se comunican con la sociedad. No es que no hagan cosas valiosas, es que no las cuentan. Se gastan recursos en comunicar su presencia y, sin embargo, no explican cómo operan, qué normas obedecen ni qué cadena de decisiones define la normalidad de un producto en una góndola. El resultado es un divorcio silencioso. El cliente conoce al detalle el catálogo y desconoce por completo la contribución empresarial al desarrollo. En ese vacío se instala un problema mayor, el de la percepción del valor.
La desconfianza hacia la inversión privada es a la vez real y sobredimensionada. Es real porque se sostiene en experiencias concretas. Conflictos socioambientales mal gestionados, colusiones empresariales judicializadas, abusos laborales. La memoria colectiva rara vez diferencia entre el infractor y el conjunto de la industria. Pero es desproporcionada porque la fotografía pública de “la empresa” suele estar muy lejos de la realidad cotidiana de muchas compañías. Hoy una cadena moderna de retail o de manufactura opera con inocuidad auditada, trazabilidad de proveedores y planillas formales en un país donde la informalidad laboral supera el 70 % de los trabajadores, según el INEI. Esa distancia entre percepción y práctica tiene consecuencias tangibles.
El dato más silenciado es quizá el aporte que representa el empleo formal. La única forma sostenible de sacar a una familia de la pobreza extrema es un trabajo formal con seguro de salud, aporte previsional y un ingreso previsible. Ese empleo, impulsado mayoritariamente por el sector privado, ha crecido de manera sostenida en los últimos trimestres. Es el mayor aporte social de la empresa peruana. Y también el menos contado. No es solo una cuestión de cifras. Es una cuestión de reconocimiento público que influye en las políticas, en la inversión y en la capacidad de las empresas para seguir generando oportunidades.
Conviene además subrayar algo poco visible. Buena parte de los estándares que hoy cumplen nuestras empresas líderes no nacen necesariamente del regulador. Proceden, más bien, de los bancos que las financian, de los inversionistas que las evalúan, de las cadenas globales de las que forman parte y de marcos como la debida diligencia. Esos requisitos se transmiten a lo largo de toda la cadena hasta llegar al pequeño proveedor de Villa El Salvador. Y a pesar de ello, ese esfuerzo permanece sin comunicar. No se trata de comunicar mal, sencillamente no se comunica. Pesa el temor al greenwashing, la confusión entre rendir cuentas y hacer publicidad, y una incomodidad silenciosa en los directorios por reivindicar el valor creado, como si decirlo fuese inapropiado.
«Si las empresas quieren ser parte de la solución, tienen que aprender a contar con rigor lo que hacen, cómo lo hacen y por qué importa».
El costo de ese silencio no es solo reputacional. Una sociedad que no reconoce el aporte empresarial termina exigiendo una regulación que castiga en lugar de estimular, que trata por igual al que cumple y al que no, y que deja en desventaja a quien invierte en operar con altos estándares.
Esta autocrítica profesional se nos hizo tangible durante la visita a un local de Plaza Vea en Miraflores al que fuimos invitados un grupo de miembros del colectivo L+1. Para el cliente, el supermercado es un almacén de productos. La realidad es que detrás de las góndolas, hay un ecosistema de gestión ambiental, economía circular, apoyo a pymes, recuperación de alimentos en alianza con programas de seguridad alimentaria y eficiencia energética. Casi nada de eso es visible para quien pasea entre pasillos. Lo más llamativo no fue únicamente la lista de iniciativas, sino el compromiso de sus trabajadores, un equipo convencido y con una vocería precisa sobre su quehacer. La voz existe. Solo que se queda adentro.
El país necesita una conversación más honesta sobre la inversión privada. Una que no absuelva al infractor ni condene al conjunto, que reconozca avances y exija responsabilidades. Si las empresas quieren ser parte de la solución, tienen que aprender a contar con rigor lo que hacen, cómo lo hacen y por qué importa. Cerrar ese divorcio entre lo que se hace y lo que se cuenta no es tarea de marketing, es la condición para reconstruir confianza. Porque el sector privado ya hace la parte difícil. Le falta atreverse con la más simple: contarla








