Por Arieh Rohrstock, Presidente de Gilat Perú

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En el Perú, 56% de la población rural no ha completado la educación secundaria, frente al 21% en las zonas urbanas. Esta diferencia no es solo una brecha educativa: es una brecha de oportunidades que condiciona la movilidad social, limita el desarrollo del talento y termina afectando la productividad y competitividad del país. Si una parte importante de nuestros jóvenes no logra acceder a las mismas oportunidades de formación que quienes viven en las ciudades, estamos dejando fuera del desarrollo a una parte importante del Perú.

Durante años, concentramos nuestros esfuerzos en ampliar el acceso a la educación y llevar infraestructura donde antes no existía. Ese avance era indispensable, pero hoy debemos ser más exigentes con lo que esperamos de nuestras políticas educativas. No basta con que un estudiante llegue a la escuela; necesitamos que salga de ella con las capacidades que le permitan continuar estudiando, acceder a mejores oportunidades laborales y participar en una economía cada vez más basada en el conocimiento.

Después de casi tres décadas trabajando en proyectos de conectividad en el Perú, estoy convencido de que este es el punto en el que debemos cambiar nuestra mirada. La infraestructura es necesaria, pero no puede ser el indicador final de éxito. Si conectamos una escuela y sus estudiantes siguen sin acceder a contenidos de calidad, herramientas para aprender y docentes con mejores capacidades para acompañarlos, habremos resuelto una parte del problema, pero no el problema de fondo.

Y aquí existe una dificultad que no podemos ignorar: las brechas más profundas están precisamente en los lugares donde resulta más difícil llegar. Las condiciones geográficas, la dispersión de la población y los menores niveles de ingreso hacen que el mercado, por sí solo, no siempre encuentre incentivos para llevar infraestructura y servicios a estos territorios. El Banco Mundial ha mostrado esta realidad en distintos análisis de conectividad rural. En mi opinión, esperar que esas brechas se cierren únicamente por la dinámica del mercado significa aceptar que el lugar de nacimiento seguirá determinando las oportunidades de una persona.

Por eso, la conectividad debe entenderse como una herramienta de política educativa. Su valor está en lo que permite hacer: acercar contenidos, fortalecer la enseñanza, ampliar el acceso a recursos y generar nuevas formas de aprendizaje allí donde antes las posibilidades eran limitadas. Pero para que eso ocurra, debemos empezar por definir qué problema educativo queremos resolver y medir si realmente lo estamos haciendo.

Necesitamos probar, medir y aprender antes de escalar. Si una iniciativa mejora los aprendizajes, fortalece las capacidades docentes y genera oportunidades para los estudiantes, debemos encontrar la manera de llevarla a más comunidades. Si no produce resultados, debemos tener la capacidad de corregirla.

El Perú no necesita solamente más infraestructura educativa. Necesita más estudiantes preparados para continuar estudiando, trabajar, innovar y competir. La educación debe dejar de verse únicamente como una política social y asumir el lugar que le corresponde en la estrategia de desarrollo del país.







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