Durante mucho tiempo, hablar de cadena de valor significó hablar de eficiencia, reducir costos, asegurar proveedores, mejorar procesos y entregar productos competitivos al mercado. Sin embargo, frente a los desafíos actuales de sostenibilidad, esta mirada resulta insuficiente. Una cadena de valor no es únicamente la secuencia de actividades que permite producir y comercializar un bien o servicio; también es una red de relaciones económicas, sociales y ambientales capaz de generar o limitar oportunidades de desarrollo.
Esta perspectiva resulta especialmente relevante en el Perú, donde las mipyme representan el 99.3 % de las empresas formales y generan el 89.1 % del empleo privado formal; en este contexto, la manera en que las grandes empresas gestionan sus relaciones con proveedores puede tener efectos que trascienden sus propias operaciones.
La diferencia entre una cadena de suministro convencional y una cadena de valor orientada al desarrollo radica en cómo se entiende la relación con quienes la integran. Una empresa puede limitarse a exigir a sus proveedores precios competitivos, calidad y cumplimiento, o puede ir más allá y contribuir al desarrollo de sus capacidades mediante transferencia de conocimiento y tecnología, acceso a financiamiento y mercados, mejores estándares laborales, y criterios Ambientales, Sociales y de Gobernanza (ASG).
Cuando una gran empresa compra a un pequeño productor, contrata a una mype local o incorpora emprendimientos locales a sus canales comerciales, no realiza únicamente una transacción empresarial, también puede contribuir a mejorar su productividad, ingresos, formalización y oportunidades de crecimiento.
La pregunta, por tanto, ya no es solo cuánto valor genera una empresa para sí misma, sino cuánto valor genera a lo largo de su cadena y cómo este se distribuye entre los actores que la conforman. Aquí surge una oportunidad estratégica orientada a transformar la gestión de proveedores en una herramienta de desarrollo productivo, haciendo de la cadena de valor no solo un mecanismo de eficiencia empresarial, sino también un espacio para generar capacidades, oportunidades y desarrollo económico.
De la cadena de suministro a la cadena de desarrollo
Un ejemplo es Alicorp, que a través de su programa “Palma Sostenible” brindó capacitación, asistencia técnica y herramientas de trazabilidad a pequeños productores y empresas extractoras de palma en Perú, con el propósito de fortalecer sus capacidades productivas y avanzar hacia estándares internacionales de sostenibilidad. En 2025, APROMAN, asociación de pequeños productores de Ucayali acompañada por Alicorp durante este proceso, alcanzó la elegibilidad para la certificación RSPO (Roundtable on Sustainable Palm Oil), convirtiéndose en el primer grupo de pequeños productores independientes del Perú en lograr este avance. El caso muestra cómo una empresa puede utilizar su cadena de abastecimiento para fortalecer las capacidades de sus proveedores y generar valor más allá de sus propias operaciones.
“La evolución de las cadenas de valor hacia modelos sostenibles exige también evolucionar en la forma de medirlas”.
Algo similar puede observarse en Backus, su cadena de valor es presentada como un sistema que va “de la semilla a la botella” e involucra agricultores, producción, distribución, canales de venta y consumidores. La empresa señala que, mediante su programa Herederos del Campo, trabaja con agricultores en investigación, asesoría y tecnología para mejorar productividad, rentabilidad y adaptación sostenible. Además, ha desarrollado programas de capacitación dirigidos a pequeños comerciantes y bodegueros, y durante más de 13 años ha capacitado a más de 30 000 emprendedores, alcanzando el 91 % de los departamentos del país.
Este ejemplo permite ampliar la idea de cadena de valor ya que el desarrollo no ocurre solamente en el primer eslabón donde se encuentra la materia prima, también puede generarse en el último kilómetro, en la bodega, el pequeño comercio, el distribuidor o el emprendimiento que conecta el producto con el consumidor.
La evolución de las cadenas de valor hacia modelos sostenibles exige también evolucionar en la forma de medirlas.
No basta con reportar cuánto compró una empresa a proveedores locales o cuántas personas participaron en un programa de capacitación. Es necesario avanzar hacia indicadores que permitan conocer los resultados económicos, sociales y ambientales producidos a lo largo de la cadena.
Una empresa podría medir el porcentaje de compras realizadas a mipyme locales e ir más allá, medir la variación de ingresos de sus proveedores, el incremento de productividad, la reducción de emisiones o residuos, la participación de mujeres y jóvenes, o el número de proveedores que acceden posteriormente a nuevos mercados, etc. Este cambio es crucial porque conecta la gestión de la cadena de valor con la gestión de impacto, entonces la sostenibilidad deja de ser solamente una declaración corporativa y comienza a expresarse mediante resultados verificables.
La verdadera pregunta para las empresas del siglo XXI ya no es únicamente cómo hacer sostenible su operación. Es también cómo hacer sostenible el ecosistema económico del que depende su operación.
Una cadena de valor puede reproducir desigualdades, trasladar riesgos y concentrar beneficios, pero también puede desarrollar capacidades, distribuir oportunidades y generar resiliencia; la diferencia no está en la existencia de la cadena, sino en cómo se diseña, cómo se gobierna y cómo se distribuye el valor que produce.









