Por Mónica Fernández de Soto, directora de Asuntos Corporativos del Clúster Pacífico (Chile, Colombia y Perú) de Procter & Gamble

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Cada Día Mundial del Reciclaje nos recuerda la importancia de repensar la manera en que producimos, consumimos y gestionamos los residuos. Sin embargo, muchas veces esta conversación se concentra únicamente en las responsabilidades de las industrias o en las capacidades de los gobiernos, dejando de lado un elemento esencial para que cualquier modelo de sostenibilidad funcione realmente: la corresponsabilidad.

La economía circular no puede construirse desde un solo actor. Requiere que empresas, consumidores, aliados y sociedad trabajen de manera articulada para cerrar el círculo de manera efectiva. Las compañías tienen la responsabilidad de innovar, diseñar soluciones más sostenibles y avanzar hacia modelos de producción cada vez más eficientes. Pero también es fundamental que las personas incorporen hábitos de consumo y disposición responsable que permitan que esos esfuerzos realmente generen impacto.

Hablar de circularidad implica entender que el reciclaje comienza mucho antes de que un residuo llegue a un punto de recolección. Empieza desde el diseño de productos y empaques, continúa con decisiones de compra más conscientes y solo se concreta cuando existe una correcta disposición y aprovechamiento de los materiales. Sin corresponsabilidad, no hay economía circular posible.

En América Latina, este desafío sigue siendo enorme. De acuerdo con el Banco Mundial, la región genera más de 230 millones de toneladas de residuos al año, mientras que menos del 5% del plástico se recicla efectivamente. Esto demuestra que todavía existe una brecha significativa entre la generación de residuos y la capacidad de reincorporarlos a nuevos ciclos productivos.

En países como el Perú, donde los desafíos ambientales conviven con brechas sociales y educativas importantes, este enfoque colaborativo cobra aún más relevancia. Según el Ceplan, el analfabetismo todavía afecta a cerca del 4% de la población peruana, lo que evidencia que las agendas de sostenibilidad deben conectar distintos retos de manera simultánea.

Debemos entender que la competitividad de una nación también está ligada a su capacidad de innovar con propósito. La sostenibilidad ya no puede verse únicamente como una meta ambiental, sino como una oportunidad para construir modelos de desarrollo más resilientes, eficientes y socialmente sostenibles. En esa transición, es fundamental fortalecer los procesos de recuperación y aprovechamiento de materiales. Solo entre junio de 2025 y abril de 2026, gestionamos más de 240 kg de plástico para reciclaje en el marco de iniciativas de manejo responsable de residuos, una muestra de que la circularidad requiere avances progresivos, medición y mejora continua.

Otro ejemplo de ello es “Juntos Transformamos Escuelas”, iniciativa impulsada junto a aliados estratégicos que busca convertir el consumo cotidiano en una herramienta de impacto social y ambiental, promoviendo el fortalecimiento de espacios educativos a través de modelos de reciclaje y economía circular.

Más que consumidores, el futuro necesita ciudadanos conscientes de que cada acción individual forma parte de un esfuerzo colectivo más amplio. Solo cuando entendemos que la responsabilidad es compartida, la sostenibilidad deja de ser una meta aspiracional y se convierte en una posibilidad real.

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