Y Julio César lloró

HANS ROTHGIESSER
Miembro del Consejo Consultivo Stakeholders

Todos hemos oído sus frases célebres y quizás ni sepamos que él fue el que las dijo. Julio César es uno de esos personajes que cambió el rumbo de la historia y sin el cual el mundo de hoy sería completamente distinto. En buena parte fue el producto de su contexto. Además, fue un sujeto sobresaliente que superó todas las expectativas de su tiempo. Y si lo vemos a nivel individual, en su vida hubo varios puntos cruciales que definieron su historia personal. El más famoso puede ser el momento en el que pasó el río Rubicón después meditar si estaba haciendo lo correcto, concluyendo su famosa frase “la suerte está echada”.

Pero hubo otro años antes. Cuando tenía poco más de 30 años, se encontraba en la península ibérica en asunto oficial y se cruzó con una estatua hecha en honor a Alejandro Magno. Se cuenta que entonces lloró, porque cayó en cuenta de que en ese momento el romano tenía la edad que el macedonio había tenido cuando doblegó a todo el mundo conocido a sus pies. Julio César consideraba que a esa edad no había hecho nada memorable aun y que eso debía cambiar. Renunció entonces a su cargo y regresó a Roma para buscar otros desafíos.

Para empezar, tomemos en cuenta que es incorrecto que Julio César hasta entonces no hubiera hecho nada memorable. Por ejemplo, cuando era joven fue tomado rehén por piratas. Cuando fue liberado, juntó una flota, los persiguió y los ejecutó tal y como se los había dicho cuando había estado en sus manos, algo que los piratas habían tomado como broma. Julio César había tenido una vida muy alejada de lo que podríamos llamar convencional, incluso para esa época.

Por el otro lado, al final de las dos vidas, Julio César fue más efectivo que Alejandro Magno. Cierto, Alejandro fue muy exitoso en avanzar y conquistar todo lo que se le cruzaba. No obstante, apenas murió sus territorios se dividieron. De hecho, en buena medida el desastre que encuentra Julio César cuando tiempo después llega a Egipto es culpa de eso justamente. Y si bien Julio César no fue oficialmente emperador nunca, él fundó los cimientos para un imperio romano que demoraría siglos en caer.

Me parece relevante esta historia, porque me parece que nos encontramos hoy en día en una encrucijada similar. ¿Cuántos de nosotros podemos llegar a una estatua de algún personaje histórico que admiremos con la plena satisfacción de que nuestra carrera profesional es exactamente lo que queríamos que sea y que hemos alcanzado éxitos y logros memorables suficientes? ¿O quizás nos pondríamos a llorar como Julio César, para luego decidir cambiar radicalmente el rumbo de nuestras vidas?

Consideremos, por ejemplo, el desafío que nos ha tocado vivir con respecto a la relación que tiene la economía y la industria con el medio ambiente. Vivimos una época emocionante en la que, además de pandemias mundiales y de crisis financieras globales, tenemos que encontrar la manera de reducir nuestro impacto en la ecología del planeta, minimizando su impacto en el desarrollo. O en su defecto, cómo podemos proteger el medio ambiente, impactando lo menos posible a la economía, de tal manera que no perjudiquemos a los de menores ingresos.

Gerentes y ejecutivos, que se voltean y ven su carrera con satisfacción, quizás puedan usar eso como base para comenzar a implementar políticas internas más agresivas de cuidado del medio ambiente en sus respectivas áreas de influencia. La situación en la que nos encontramos no llama a quedarnos dormidos sobre los laureles. No vaya a ser que en un par de décadas nos pongamos todos a llorar, pero por otra razón.