Por Isabella D’Angelo, Gerenta Corporativa de Sostenibilidad en Intercorp Retail

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Cada día, el Perú genera más de 24,600 toneladas de residuos sólidos municipales. Al año son casi 9 millones de toneladas. Sin embargo, apenas el 2.8% de estos residuos fue valorizado en 2024. La brecha es enorme y plantea una pregunta que las empresas no podemos evitar: ¿qué rol nos corresponde para cambiar esta realidad?

Durante mucho tiempo, hablar de residuos desde las empresas significaba principalmente hablar de reciclaje. Separar cartón, plástico, vidrio o metales y asegurar una disposición adecuada era, y sigue siendo necesario. Pero la economía circular nos obliga a ir bastante más allá.

El objetivo no debería ser únicamente reciclar más, sino evitar que los productos y materiales pierdan su valor. Eso implica reducir lo que generamos, reutilizar aquello que todavía puede cumplir una función, transformar residuos en nuevos productos y finalmente, construir cadenas que permitan reincorporar esos materiales a la economía.

En el retail, esta discusión cobra especial relevancia. Por nuestras operaciones pasan diariamente alimentos, empaques, cartón, plástico, textiles y muchos otros materiales. Pero nuestra capacidad de generar impacto no está únicamente en gestionar esos residuos. También está en nuestra relación con miles de proveedores y millones de consumidores, y en nuestra capacidad para generar escala.

Un buen ejemplo está en los alimentos. Un producto puede haber perdido su valor comercial sin haber perdido su valor como alimento. Bajo esa lógica nació Bueno por Dentro en el 2015, el programa de Supermercados Peruanos que rescata productos que ya no pueden comercializarse, pero continúan siendo aptos para consumo humano, y los canaliza hacia organizaciones sociales que alimentan a más de 95,000 personas semanalmente. En este caso, la mejor solución circular no es reciclar: es evitar que un alimento que todavía tiene valor llegue a convertirse en residuo.

Otros materiales requieren soluciones distintas. PACTO, por ejemplo, transforma descartes textiles y plásticos de Oechsle a través de procesos de remanufactura y reciclaje, incorporando además trabajo digno y remunerado de población penitenciaria. Solo durante 2025, el programa transformó más de una tonelada de plástico y comercializó productos elaborados a partir de materiales que anteriormente hubieran sido considerados merma.

Pero recuperar materiales es solo una parte de la ecuación. Para que el reciclaje funcione necesitamos también demanda por lo reciclado. Incorporar plástico reciclado en nuevos envases, embalajes u otros productos permite cerrar el círculo y, sobre todo, generar un mercado para esos materiales. De poco sirve separar correctamente un residuo si después nadie puede utilizarlo como materia prima.

Y aquí aparece uno de los mayores desafíos de la circularidad: la escala. Muchas veces una empresa puede hacer correctamente su parte y, aun así, no encontrar una solución viable para determinados residuos. Los volúmenes pueden ser insuficientes, los operadores escasos o las distancias hacer inviable su aprovechamiento.

Por eso creo especialmente en los modelos colaborativos. En Arequipa, por ejemplo, venimos trabajando el proyecto Recycorp en alianza con Sinba, una iniciativa que articula a distintas empresas de Intercorp para consolidar residuos y generar conjuntamente el volumen necesario para hacer viable su valorización. Es una lógica sencilla pero poderosa: aquello que puede ser difícil de resolver individualmente puede convertirse en una oportunidad cuando sumamos escala. Hoy, el proyecto alcanza una tasa de valorización del 68%.

También necesitamos seguir desarrollando alternativas para aquellos materiales que hoy no cuentan con rutas viables de reciclaje. El coprocesamiento y los combustibles derivados de residuos (CDR), por ejemplo, pueden ofrecer alternativas de valorización para ciertos productos no reciclables, evitando que terminen directamente en rellenos sanitarios. No reemplazan la reducción, la reutilización o el reciclaje, pero pueden ser parte de una solución más amplia.

La circularidad, finalmente, no se construye con una sola tecnología ni termina en un contenedor de reciclaje. Requiere empresas dispuestas a rediseñar procesos, generar demanda por materiales recuperados, probar nuevas soluciones y, sobre todo, colaborar.

Con apenas 2.8% de nuestros residuos municipales valorizados, tenemos todavía muchísimo camino por recorrer. El reto para las empresas no es solamente gestionar mejor los residuos que generamos. Es utilizar nuestra escala para ayudar a construir sistemas en los que aquello que hoy descartamos pueda volver a tener valor. Porque en una economía verdaderamente circular, el mejor residuo no es necesariamente el que reciclamos. Es el que nunca llega a convertirse en residuo.

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