Por Andrea Centeno Dioses, Supervisora de Administración Técnica y Proyectos - UNICON

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Hablar de innovación se ha vuelto habitual en las organizaciones. Tenemos proyectos, pilotos, laboratorios, nuevas tecnologías y equipos capaces de desarrollar soluciones cada vez más sofisticadas. Sin embargo, existe una pregunta que pocas veces hacemos con suficiente rigor: ¿cuánto de todo ese conocimiento logra convertirse realmente en valor para el negocio y la sociedad?

En industrias como el cemento y el concreto, esta pregunta cobra especial relevancia. Los desafíos actuales son enormes: reducir emisiones, incorporar materiales alternativos, optimizar recursos, elevar la eficiencia operacional y desarrollar soluciones de mayor desempeño, sin comprometer la seguridad ni la competitividad. Innovación y sostenibilidad ya no pueden gestionarse como agendas separadas.

Frente a este escenario, considero que innovar ya no puede significar simplemente generar más proyectos. Una iniciativa puede obtener excelentes resultados técnicos y aun así no llegar nunca a una planta, una obra o un proceso productivo. Entre una buena idea y su implementación existe un espacio donde muchas innovaciones pierden velocidad: decisiones de inversión, disponibilidad de recursos, validaciones en condiciones reales, gestión del riesgo y coordinación entre diferentes áreas.

Es allí donde la gobernanza de I+D se vuelve determinante. Gobernar no significa burocratizar la innovación. Significa establecer criterios para decidir dónde concentrar esfuerzos, qué iniciativas acelerar, cuáles necesitan mayor evidencia y cuáles debemos tener la capacidad de detener. Porque innovar también implica decidir qué no hacer.

Los recursos siempre serán limitados. Talento, infraestructura, presupuesto y tiempo compiten entre múltiples iniciativas. Por ello, mantener proyectos únicamente porque resultan técnicamente interesantes o porque ya invertimos mucho esfuerzo en ellos puede alejarnos de aquello que realmente genera impacto. Una organización madura no debería medir su capacidad de innovación por la cantidad de iniciativas abiertas, sino por la calidad de las decisiones que toma sobre ellas.

La innovación necesita conectarse con la estrategia. Esto implica priorizar retos relevantes, gestionar el portafolio con criterios comunes y asignar recursos progresivamente conforme disminuye la incertidumbre. Primero generamos evidencia; después escalamos la inversión. Así podemos aprender antes de comprometer mayores recursos y acelerar aquellas soluciones que demuestran verdadero potencial.

Pero existe otra condición fundamental: I+D no innova sola. Operaciones, calidad, ingeniería, áreas comerciales, proveedores, clientes, universidades y centros de investigación pueden formar parte del mismo ecosistema. La diferencia está en cómo articulamos esas capacidades alrededor de desafíos concretos y objetivos compartidos. La colaboración cobra verdadero sentido cuando existe una ruta
para convertir conocimiento en acción.

También debemos revisar cómo medimos el éxito. Contar proyectos, ensayos o pilotos permite conocer actividad, pero no necesariamente impacto. Necesitamos preguntarnos cuántas soluciones fueron adoptadas, qué eficiencias generaron, qué riesgos redujeron, qué contribución tuvieron en sostenibilidad y cuánto aprendizaje quedó disponible para futuras decisiones.

Esta mirada resulta especialmente importante cuando hablamos de sostenibilidad. Reducir impactos ambientales, utilizar mejor los recursos o desarrollar soluciones con menor huella no depende únicamente de una buena intención. Requiere capacidad técnica, inversión, evidencia y decisiones que permitan llevar esas soluciones a escala. La innovación sostenible se vuelve relevante cuando logra integrarse al negocio y transformar la manera en que operamos.

Por eso, uno de los principales desafíos para las organizaciones no será tener más ideas, sino construir mejores mecanismos para convertirlas en decisiones y resultados. La sostenibilidad de la innovación dependerá cada vez más de nuestra capacidad para conectar conocimiento, estrategia y ejecución.

El verdadero valor de I+D no está únicamente en cuánto conocimiento somos capaces de generar, sino en cuánto de ese conocimiento logramos transformar en impacto económico, ambiental y social.







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