Por Pipo Reiser - Gerente General sinba

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Hace unos años, un ambicioso proyecto en el Perú buscó transformar toneladas de envolturas plásticas casi imposibles de reciclar en productos de alto valor para la construcción. La iniciativa lo tenía todo: tecnología validada, un impacto social directo con recicladores de base y un propósito ambiental impecable. Sin embargo, tras llenar sus almacenes con material reciclado de alta calidad, la operación chocó contra la pared. Las empresas compradoras locales prefirieron seguir adquiriendo insumos vírgenes importados, ligeramente más baratos en el corto plazo.

Esta no es una historia aislada; es la silenciosa constante de decenas de proyectos de economía circular en nuestro país que colapsan no por falta de capacidad técnica, sino por asfixia comercial.

Durante la última década, el debate sobre la sostenibilidad en el Perú se ha centrado casi exclusivamente en la oferta: cómo segregar mejor en la fuente, cómo formalizar al reciclador o cómo rediseñar un empaque para que sea reciclable. Pero hemos olvidado la otra mitad de la ecuación. Todos los esfuerzos por recuperar materiales son inútiles si, al final del ciclo, no existe un comprador dispuesto a reintroducirlos en el mercado. El mecanismo más potente para acelerar la transición ecológica no es la regulación punitiva; es la creación consciente de demanda.

«El costo de limpiar los océanos, mitigar el cambio climático o tratar las crisis de salud pública asociadas a la contaminación no desaparece».

Para que el modelo sea sostenible, esta demanda debe cumplir con dos condiciones comerciales básicas: estabilidad y precio suficiente. La circularidad no prospera con compras corporativas esporádicas diseñadas para cumplir con una campaña de marketing estacional; requiere predictibilidad a largo plazo. Solo esa certeza permite a las empresas de la economía circular invertir en tecnología, optimizar procesos, alcanzar economías de escala y garantizar empleos dignos y formales.

El gran obstáculo actual es que competimos en una cancha totalmente inclinada. Las alternativas lineales, como el plástico virgen derivado del petróleo o los fertilizantes químicos sintéticos, parecen más baratas solo porque sus precios de mercado no incorporan el costo real de sus devastadoras externalidades ambientales, climáticas y sociales. El costo de limpiar los océanos, mitigar el cambio climático o tratar las crisis de salud pública asociadas a la contaminación no desaparece; simplemente lo subsidiamos todos los ciudadanos.

Una verdadera visión de triple impacto exige que los departamentos de compras, tanto del sector privado como del Estado, empiecen a internalizar estos costos ocultos en sus decisiones financieras. Un insumo o servicio circular no es “caro”; es el producto lineal el que resulta artificialmente barato a costa de todos.

Desde sinba, constatamos a diario que la verdadera transformación de una organización no se mide solo en su reporte de sostenibilidad, sino en su matriz de compras. Si los líderes empresariales no asumen el compromiso de direccionar sus presupuestos hacia bienes y servicios circulares, la transición se detendrá. Es momento de recordar que la economía circular es, ante todo, economía. Y sin demanda, el círculo nunca se cerrará.







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