Por Carlos Franco Cuzco - CIO Andean Crown

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En el Perú, una de las oportunidades de inversión más interesantes de los próximos años no nace de una moda, sino de una carencia. En Lima, la salud se ha convertido en un mercado donde la demanda crece más rápido que la capacidad real de atención. La ciudad ya supera los 10,4 millones de habitantes, y su expansión se concentra en grandes distritos como San Juan de Lurigancho, San Martín de Porres, Ate, Comas, Villa María del Triunfo, Carabayllo, Villa El Salvador, Puente Piedra y San Juan de Miraflores, donde la presión sobre los servicios urbanos es cada vez mayor. En una ciudad de esta escala, el problema ya no es solo cuántas personas necesitan atención, sino cuántas logran recibirla con rapidez, cercanía y calidad. Según el INEI, Lima sigue siendo el principal centro demográfico del país; según la OCDE, el sistema de salud peruano aún arrastra brechas relevantes de acceso, fragmentación y oportunidad.

Ese diagnóstico se vuelve especialmente claro en el segmento de personas con seguro. Muchas veces se asume que quien tiene cobertura ya tiene resuelto el problema de salud. En la práctica, no siempre es así. El INEI reportó que, en el trimestre móvil noviembre 2025-enero 2026, el 94,4% de la población ocupada de Lima Metropolitana tenía seguro de salud. A eso se suma que la Asociación Peruana de Entidades Prestadoras de Salud (APEPS) registra 936,5 mil afiliados regulares, 144,1 mil afiliados potestativos y 2,37 millones de afiliados al SCTR. Es decir, existe una base muy amplia de trabajadores y familias que ya están dentro del sistema y que, justamente por ello, esperan algo más que una póliza: esperan atención efectiva.

Ahí aparece la verdadera oportunidad. La OCDE mostró que, en 2022, los afiliados a EsSalud esperaban en promedio 4,8 días para conseguir una cita, y en zonas urbanas esa espera subía a 5,2 días. El mismo organismo señala que las necesidades sanitarias no cubiertas se han mantenido en torno al 32% de la población peruana durante la última década, y que incluso en el área metropolitana de Lima ese indicador era de 23,3%. Traducido a lenguaje de negocios, esto significa que existe una demanda formal, asegurada y recurrente que todavía no está siendo atendida con la oportunidad que el usuario espera. Para el segmento EPS, esta brecha es especialmente importante: el valor de una clínica no está solo en atender pacientes, sino en resolver mejor que el sistema tradicional aquello que más frustra al usuario formal, que es la demora, la fragmentación y la baja experiencia de servicio.

La tesis se fortalece aún más cuando se observa el tejido empresarial. Según PRODUCE, las pymes representan el 99,3% del ecosistema empresarial peruano y generan el 89,1% del empleo privado formal. Ese dato suele leerse en clave productiva, pero también tiene una lectura sanitaria. Para el pequeño y mediano empresario, una atención tardía no es solo una incomodidad: es tiempo perdido, menor continuidad operativa, más estrés familiar y mayor costo oculto. Cuando ese segmento crece en zonas de fuerte expansión urbana, la necesidad de servicios clínicos confiables se vuelve todavía más visible. La inferencia empresarial es clara: donde se concentra el empleo formal y la actividad económica, también se concentra una demanda de salud que valora rapidez, resolutividad y trato adecuado.

«La inversión en clínicas puede leerse como una forma especialmente atractiva de inversión de impacto y sostenible».

Por eso, hablar de clínicas en Lima no es hablar simplemente de más infraestructura médica; es hablar de una infraestructura económica y social crítica. Un informe multianual de inversiones del MEF, que recoge el diagnóstico del MINSA, señala que en Lima 828 establecimientos del primer nivel presentan capacidad instalada inadecuada, 40 hospitales enfrentan la misma situación, más del 95% de los establecimientos públicos operan con capacidad instalada inadecuada y el promedio de antigüedad de esa infraestructura supera los 40 años. El mismo documento sostiene que Lima requiere 1.655 nuevos establecimientos de primer nivel. Esa no es la fotografía de un mercado saturado; es la fotografía de un mercado claramente insuficiente para el tamaño y la complejidad de la demanda.

A esta presión se suma un cambio demográfico que vuelve todavía más sólida la oportunidad de inversión: el envejecimiento. El INEI informó que, en el primer trimestre de 2025, el 94,4% de la población de 60 años a más tenía algún seguro de salud, y que en Lima Metropolitana esa cobertura llegaba al 95,0%. Además, el 49,4% de los hogares limeños ya tenía al menos un adulto mayor, y el mismo informe muestra que el 58,2% de esta población presentaba al menos una comorbilidad en 2024; en áreas urbanas, la cifra ascendía a 62,3%. Esto cambia por completo la naturaleza de la demanda: ya no se trata solo de consultas aisladas, sino de controles frecuentes, seguimiento de enfermedades crónicas, diagnóstico, procedimientos ambulatorios, rehabilitación y atención continua. Desde la perspectiva de negocio, eso significa recurrencia. Desde la perspectiva social, significa una posibilidad concreta de mejorar calidad de vida.

En ese contexto, la inversión en clínicas puede leerse como una forma especialmente atractiva de inversión de impacto y sostenible. Es de impacto porque ayuda a reducir tiempos de espera, mejora el acceso a diagnósticos y tratamientos, y acompaña mejor a familias que necesitan respuestas oportunas. Y es sostenible porque se apoya en tendencias estructurales: más urbanización, más aseguramiento, más envejecimiento y mayor exigencia del usuario. La propia OCDE advierte que solo el 32% de los peruanos acudió primero a un centro de atención primaria cuando necesitó asistencia, lo que refleja una base todavía débil y una red que no absorbe bien la demanda. En ese escenario, una clínica bien gestionada no es solo un activo médico: es una plataforma para ordenar mejor la atención, capturar una demanda insatisfecha y construir un modelo escalable. Lima ofrece el punto de partida por densidad, capacidad de pago y concentración de mercado; el resto del país ofrece la posibilidad de expansión.

La conclusión es sencilla, incluso para un lector no especializado en salud: cuando millones de personas tienen seguro pero no reciben una atención suficientemente oportuna, cuando los adultos mayores crecen y requieren más servicios, y cuando los polos urbanos concentran empleo y actividad económica sin una oferta clínica a la altura, lo que existe no es solo una necesidad pública, sino una oportunidad privada legítima. En el Perú de hoy, invertir en clínicas puede ser una manera de hacer buen negocio corrigiendo una brecha real. Y pocas tesis de inversión son tan potentes como esa: rentabilidad con propósito, crecimiento con impacto y capital al servicio de una mejor calidad de vida.







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