Por Isabella D’Angelo, Gerenta Corporativa de Sostenibilidad en Intercorp Retail

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Según el World Economic Forum, las emisiones indirectas generadas a lo largo de la cadena de valor (Scope 3) pueden representar más del 70% de la huella total de una empresa e incluso superar el 90% en algunas industrias. Esta cifra refleja una realidad cada vez más evidente: el impacto de una organización no termina en sus propias operaciones. Durante los últimos años, muchas empresas han avanzado significativamente en sus estrategias de sostenibilidad, incorporando metas ambientales, políticas sociales y estándares de gobernanza dentro de sus operaciones. Sin embargo, uno de los mayores desafíos sigue estando fuera de sus cuatro paredes: su cadena de valor.

En industrias como el retail, este reto es particularmente complejo. Detrás de cada producto existe una red extensa de proveedores, fabricantes, operadores logísticos y productores que pertenecen a diferentes industrias y niveles de madurez. Y justamente ahí es donde se concentra gran parte de los impactos y riesgos ASG (ambientales, sociales y de gobernanza). Por eso, hoy resulta cada vez más claro que la sostenibilidad de una empresa es tan fuerte como la sostenibilidad de su cadena de valor. No sirve de mucho construir operaciones responsables si los proveedores que sostienen el negocio no avanzan al mismo ritmo.

El desafío, sin embargo, no es menor. Los retailers pueden trabajar con miles de proveedores, cada uno con realidades distintas. Algunos cuentan con políticas y sistemas robustos; otros recién están comenzando a incorporar prácticas de sostenibilidad en su gestión. Frente a esa complejidad, el primer paso es entender que no se puede gestionar lo que no se mide.

Contar con metodologías de evaluación ASG permite identificar riesgos, establecer prioridades y tomar decisiones más informadas. Esto implica desarrollar cuestionarios diferenciados según industria o categoría, evaluar temas críticos y generar procesos de segmentación y criticidad de proveedores. No todos los proveedores tienen el mismo nivel de impacto o exposición, y por eso resulta fundamental priorizar esfuerzos.

Los temas a trabajar también son cada vez más amplios y exigentes. Aspectos ambientales como gestión de agua, residuos y huella de carbono se han vuelto prioritarios, especialmente frente al avance de los compromisos climáticos globales. Pero también cobran creciente relevancia temas sociales y de gobernanza como derechos humanos, condiciones laborales, hostigamiento sexual laboral, diversidad, seguridad y salud en el trabajo, ética y transparencia.

A esto se suma otro gran reto: la trazabilidad. De acuerdo con el último McKinsey Global Supply Chain Leader Survey, mientras el 60% de las empresas tiene visibilidad sobre sus proveedores directos, solo el 30% logra trazabilidad más allá del segundo nivel de su cadena de suministro. Esto evidencia la complejidad de gestionar cadenas extensas y la dificultad de identificar riesgos, validar información y asegurar estándares homogéneos a lo largo de toda la red de proveedores. Sin embargo, trabajar sostenibilidad en cadena de valor no debería entenderse únicamente desde la fiscalización o la exigencia. Uno de los mayores aprendizajes es que exigir no basta; también es necesario desarrollar capacidades.

Esto cobra aún mayor relevancia en el contexto peruano, donde las micro y pequeñas empresas (MYPE) representan más del 99% de las empresas formales del país y forman parte esencial de las cadenas de valor de las grandes empresas. Muchas de ellas enfrentan todavía importantes brechas en formalización, acceso a financiamiento, gestión y capacidades ASG, no por falta de interés, sino muchas veces por falta de herramientas, acompañamiento o recursos.

En ese contexto, trabajar sostenibilidad en la cadena de valor también implica acompañar procesos de mejora progresiva. Las empresas tienen la oportunidad de impulsar estándares más altos a través de capacitaciones, auditorías, programas de desarrollo y planes de mejora que permitan fortalecer a sus proveedores y ayudarlos a crecer de manera sostenible. Cuando los proveedores fortalecen sus prácticas, ganan todos: las empresas reducen riesgos y fortalecen su resiliencia, mientras que los proveedores mejoran su competitividad, eficiencia y acceso a nuevas oportunidades de mercado.

Además, este trabajo ya no responde únicamente a expectativas regulatorias o de inversionistas. Los consumidores también están comenzando a exigir mayor transparencia sobre el origen y el impacto de los productos que compran. Según la Encuesta Global de Sostenibilidad del Consumidor de Specright de 2023, el 80% de consumidores afirma confiar más en empresas que respaldan sus afirmaciones de sostenibilidad con información y datos públicos verificables. En un contexto donde existe cada vez más sensibilidad frente al greenwashing, la trazabilidad y la transparencia se están convirtiendo en factores clave para construir confianza.

La confianza se ha convertido en uno de los activos más importantes para las marcas, y esa confianza hoy se construye con evidencia. Las personas quieren saber de dónde vienen los productos, cómo fueron elaborados y bajo qué estándares sociales y ambientales fueron producidos. La trazabilidad deja de ser entonces una herramienta puramente operativa para convertirse en un factor clave de transparencia y reputación.

La sostenibilidad ya no puede trabajarse de manera aislada. Requiere colaboración, visión de largo plazo y la capacidad de construir ecosistemas más sólidos junto con todos los actores de la cadena. Porque al final, una cadena de valor más sostenible no solo beneficia al negocio: fortalece proveedores, genera mayor confianza en los consumidores y contribuye a construir mercados más resilientes y responsables para todos.

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