Jorge Melo Vega Castro
Presidente de Responde

Probablemente está enraizado en nuestra cultura ese espíritu libre de emprendedor que busca salir adelante por sus propios medios; o quizás por la ausencia de un Estado que funcione y ejerza autoridad legítima; o por la orfandad de referentes políticos, sociales o empresariales que nos transmitan el valor del liderazgo; o por la suma de estos y otros muchos factores más. Pero la realidad es que somos un país que no está dispuesto a aceptar reglas básicas de convivencia y mecanismos mínimos de organización colectiva. 

Nuestra carencia de Estado se ve agravada por una falta de confianza entre las personas y el respeto. Somos uno de los países con menor confianza ciudadana en el mundo y eso nos pasa una enorme factura para organizarnos como sociedad. Es difícil que se consoliden organizaciones vecinales que tengan por objetivo mejorar nuestra convivencia, por ejemplo la propia seguridad ciudadana o acceder al agua y saneamiento. Nos resulta complejo establecer una organización, a aceptar reglas comunes y liderazgos que permitan llevar adelante acciones cuyo objetivo es el bien común. Ese es el sustento para que opere la sociedad civil. 

La guerra en Ucrania nos está permitiendo observar como en todo el mundo la gente se pronuncia en favor de la paz y las libertades y desde la base de sus organizaciones, generan mecanismos de colaboración y donaciones. Pero esa misma sociedad civil, la hemos visto movilizarse para múltiples causas, como la equidad de género con el movimiento “Me too”, la discriminación racial, la acogida de migrantes y otras muchas causas, que como sociedad, debemos informarnos y pronunciarnos. Ya luego la clase política acoge los pronunciamientos de las organizaciones y canaliza esas legítimas demandas a la política pública. Pero la constante siempre es el de una sociedad civil activa y adecuadamente informada. 

La sociedad civil se organiza de múltiples formas, desde los comités vecinales, pasando por los clubes sociales, las asociaciones de consumidores, los gremios laborales y empresariales o los partidos políticos. Múltiples motivos son los que las reúnen, pero lo importante es que se organizan, tienen reglas y crean una estructura en la que sus miembros se sienten representados y saben que tienen causas en común. En el Perú, parte de nuestra debilidad institucional pasa por que no tenemos organizaciones de la sociedad civil sólidas. Luego eso se ve reflejado en la interacción de la ciudadanía con el Estado. No hay canales válidos. 

Revisemos esas expresiones de esa debilidad institucional: tenemos pocos sindicatos con agendas y liderazgos desfasados; gremios empresariales poco representativos, sobre todo a nivel de las pequeñas y medianas empresas y con poca actividad, y la brecha es peor en provincias. Prima la precariedad en nuestros clubes sociales y deportivos, en los partidos políticos, las comunidades indígenas y un sinnúmero de instancias basadas en la asociación. La constante es que hay mucha desconfianza entre los partícipes, se incumplen las reglas que los propios miembros han puesto y los líderes tienen poca legitimidad y, por tanto, escasa autoridad.

El Estado y sus instituciones terminan siendo el espejo de esa realidad que ocurre en la organización ciudadana. Por salud mental las personas necesitamos confiar, debemos ensayar instancias en las que participemos y nos sintamos gratificados por sus resultados. Puede ser en la junta de vecinos del edificio, de la cuadra o manzana en la que vivimos, en la asociación de padres de familia o en la junta de los puestos del mercado, si allí estuviéramos. Los propósitos son colectivos, nos falta el activismo y la confianza en nosotros mismos.







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