En el Perú, el problema de los residuos no es invisible: es masivo, cotidiano y, sobre todo, desaprovechado. Cada día generamos más de 23 mil toneladas de residuos sólidos, pero apenas alrededor del 2% se recicla formalmente a través de los municipios. Lo más crítico no es solo cuánto desechamos, sino cuánto perdemos: cerca del 78% de estos residuos podría reincorporarse al ciclo productivo si estuviera correctamente segregado desde el origen.
Esta brecha no es menor. Refleja una desconexión estructural entre la intención del ciudadano y la capacidad del sistema para canalizar esa intención en acción. Porque hoy en el Perú, muchas personas quieren reciclar, pero no necesariamente saben cómo hacerlo ni dónde. Ahí es donde el punto de venta comienza a jugar un rol clave.
El retail tiene una ventaja única: está donde ocurre el consumo. Es un espacio cotidiano, cercano y de alta frecuencia, que puede convertirse en un facilitador directo de hábitos sostenibles. No solo acerca infraestructura, sino que traduce la sostenibilidad en decisiones simples y accesibles para miles de personas cada día. En un contexto donde la cobertura de programas municipales de segregación en la fuente sigue siendo desigual, los puntos de acopio en tiendas funcionan como una red complementaria que acerca el reciclaje a la vida diaria.
Iniciativas como Recicla Consciente (https://reciclaconsciente.pe/) son una muestra concreta de este potencial. Más que una campaña, es un movimiento que articula ciudadanos, empresas y recicladores, y que logra insertar el reciclaje en la rutina del consumidor. La clave está en su simplicidad: hacer visible, accesible y accionable una práctica que muchas veces queda en la intención.
Sin embargo, la evidencia es clara: la infraestructura por sí sola no es suficiente. Para que el reciclaje funcione necesita ir de la mano con educación. Separar correctamente el material además de estar limpio y seco sigue siendo uno de los principales desafíos. Aquí, el punto de venta vuelve a ser un espacio estratégico, no solo para recolectar, sino para educar en el momento de consumo. Señalización clara, mensajes simples y consistentes, y campañas sostenidas son tan importantes como los contenedores mismos.
Pero incluso si resolvemos la infraestructura y la educación, hay un eslabón crítico que no podemos ignorar: el diseño del producto.
Hoy, una parte importante de los empaques que circulan en el mercado aún no es reciclable o es difícil de procesar. La economía circular no empieza en el punto de descarte, sino en el origen. Implica repensar materiales, migrar hacia empaques monomateriales y diseñar productos considerando su segunda vida desde el inicio. Además, es clave que tomen en cuenta la capacidad de reciclaje de los países donde serán vendidos. Sin ese cambio, el sistema siempre estará limitado.
A esto se suma una dimensión muchas veces invisibilizada: el rol de los recicladores. En el Perú, se estima que existen alrededor de 180mil recicladores, de los cuales apenas el 3% está formalizado, lo que evidencia el alto nivel de informalidad en esta actividad clave para el sistema. Integrarlos de manera efectiva no solo mejora la eficiencia del reciclaje, sino que convierte la economía circular en una agenda también social: de inclusión, formalización y generación de ingresos.
En ese sentido, avanzar hacia un modelo circular no es responsabilidad de un solo actor. Es un ejercicio de corresponsabilidad. Los ciudadanos deben segregar correctamente. Los municipios deben fortalecer los sistemas de recolección diferenciada. El Estado tiene un rol clave en cerrar brechas de infraestructura, impulsando soluciones como rellenos sanitarios adecuados, plantas de valorización y tratamiento de residuos sólidos, y condiciones habilitantes para el desarrollo del sistema. Las empresas de retail deben acercar infraestructura y educación a escala. Y las empresas productoras deben rediseñar sus empaques para que el reciclaje sea realmente posible.
La economía circular no se construye solo desde la intención, sino desde la accesibilidad. Reciclar no debería ser un esfuerzo extraordinario, sino una decisión cotidiana.









