Las poblaciones de peces en niveles biológicamente sostenibles han pasado del 90% en 1974 al 65,8% en 2017, según un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)

Por Stakeholders

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La degradación de mares y océanos es una realidad innegable y el agotamiento de los caladeros es una evidencia. La pesca industrial y el arrastre de las últimas décadas ha llevado la capacidad de regeneración de los ecosistemas a sus límites.

Las poblaciones de peces en niveles biológicamente sostenibles han pasado del 90% en 1974 al 65,8% en 2017, según un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). En contraste, las poblaciones en situación insostenible han aumentado del 10% al 34,2% en el mismo período.

A la par, el consumo de pescado pasó de los nueve kilos de media por persona en 1961 a 20,5 en 2018. Satisfacer esta creciente demanda implica un futuro incierto para muchas de las especies más consumidas. De hecho, en las últimas cuatro décadas, las poblaciones de esas variedades favoritas para el paladar humano, como el bonito, el atún o la caballa, han caído un 74%, según el ‘Informe Planeta Azul Vivo’ de WWF (World Wildlife Fund).

Esta organización ecologista identifica la explotación como la principal amenaza, seguida de la destrucción de los hábitats y los efectos del cambio climático. Esta situación compromete la futura seguridad alimentaria mundial, pues “la sobrepesca no solo afecta al equilibrio y la interacción de la vida en el océano, también al bienestar social y económico de las comunidades costeras y su estilo de vida”, advierte el informe.

La presión de esta práctica sobre ciertas poblaciones de peces no cesa. “No solo se pesca por encima de las posibilidades de recuperación de muchas especies, además se emplean artes muy dañinas”, explica Javier López, responsable de pesca sostenible de la organización ambientalista Oceana.

Frente a la sobreexplotación, la pesca artesanal supone una alternativa sostenible tanto social, como ambiental y económicamente”, asegura. Los pescadores artesanales utilizan métodos tradicionales para ofrecer productos locales. Estos pescados y mariscos no deben ser transportados a grandes distancias ni procesados de forma que se reduce la contaminación ambiental y la huella ecológica.

Se trata de un oficio de bajo impacto ambiental, en manos de poblaciones con economías basadas en esa actividad, que contribuyen a sostener el modo de vida de cientos de millones de personas en todo el mundo. A esto hay que añadir el papel esencial de los productores ecológicos en un sector como el de la pesca y su contribución a la sostenibilidad del planeta. Desde un punto de vista nutricional, suministran proteínas saludables y de calidad, según la Organización Mundial de la Salud.

El papel de los pescadores artesanales en el mantenimiento de áreas marinas de interés pesquero es también fundamental. Su participación junto a las administraciones en modelos de cogestión de estas áreas en las costas españolas, ha demostrado ya ser un éxito.

Aunque cada vez es menos utilizada, la pesca con explosivos o venenos sigue siendo frecuente en países en vías de desarrollo, con un enorme impacto en los ecosistemas por el mismo motivo que el arrastre: no discriminan y degradan el entorno del que depende la fauna.

Además, la sobreexplotación ha obligado a faenar más lejos de la costa y en aguas más profundas.  







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