Por Alejandro Conza - Socio en HÍDRIKA SAC

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En el Perú solemos hablar de “la política del agua” como un conjunto de principios que reconoce al agua como un derecho humano fundamental, un patrimonio de la nación y un recurso estratégico para el desarrollo sostenible. Se busca así garantizar el acceso universal al agua potable, priorizando el consumo humano, promoviendo la conservación de los ecosistemas, el aprovechamiento sostenible de las fuentes hídricas, fortaleciendo la gobernabilidad y la cultura del agua. Sin embargo, en la práctica, estas intenciones conviven con brechas, tensiones y visiones fragmentadas que impiden avanzar al ritmo que el país necesita.

Agua y política pueden asociarse de manera positiva o negativa, pero lo cierto es que no se puede preservar el recurso hídrico sin una política pública clara, coherente y sostenida en el tiempo. El agua articula territorios, economías y comunidades; por eso, la política que la rige no puede limitarse a documentos formales ni a mandatos sectoriales. Debe construirse desde el territorio y con los usuarios del agua, porque solo así se genera un verdadero pacto social alrededor de su cuidado y uso sostenible.

Debemos evitar la fragmentación

En el Perú existen políticas de agua en varios sectores: Vivienda y Saneamiento, Agricultura y Riego, Ambiente, Producción, Energía, entre otros. Cada uno aborda el uso del agua desde su lógica, con prioridades legítimas, pero parciales. Esta sectorización crea avances, pero también vacíos: nadie ve el ciclo completo efectivamente. Los esfuerzos de la Autoridad del Agua son insuficientes y limitados a la dinámica del sector público.

El agua, en cambio, no sigue organigramas, sigue cuencas. Por eso, cualquier política que no tenga enfoque territorial está destinada a quedarse corta. Gestionar el agua sin mirar la cuenca y las poblaciones es como intentar curar una fiebre sin atender la infección que la genera.

“Gran parte de la política hídrica sigue midiendo el éxito en kilómetros de tuberías o montos de ejecución presupuestal”.

Necesitamos romper mitos

Todavía circulan ideas que frenan el cambio: “el agua es gratis”, “el agua nace del caño”, “el desagüe se lleva todo”, o “la industria es el principal contaminador”. En realidad, el agua viene de la cuenca y regresa a la cuenca, moviéndose a través de ecosistemas que prestan servicios vitales: infiltran, almacenan, regulan, depuran. Esos servicios tienen valor y tienen también costos. Debemos explicar estas complejidades de manera sencilla para que la ciudadanía entienda que preservar los ecosistemas hídricos no es un lujo ambiental, sino una necesidad económica y social, y además para que los actores públicos y privados puedan desarrollar una inversión más efectiva en su recuperación.

Construyamos buena gobernanza

La buena gobernanza del agua requiere un marco institucional sensato, coordinación entre entidades, reglas claras, incentivos adecuados e innovación. No basta con planes; se requieren mecanismos reales multiniveles que permitan que los usuarios —población, empresas, agricultores y gobiernos locales— participen en las decisiones sobre su cuenca.

Repensemos las estrategias

Hoy enfrentamos desafíos urgentes, como cerrar brechas de acceso al agua y saneamiento. Pero si solo respondemos a lo inmediato, no evolucionaremos como sociedad. Debemos mirar los desafíos de largo plazo: preservar las fuentes naturales, adaptarnos al cambio climático y asegurar que la productividad y la competitividad no se vean debilitadas por la falta de agua.

Gran parte de la política hídrica sigue midiendo el éxito en kilómetros de tuberías o montos de ejecución presupuestal. Ese enfoque oculta lo esencial: lo importante ocurre en la cuenca y sus poblaciones, no en el Excel. Y el resultado a los problemas más graves del agua —sequías extremas, conflictos, retroceso glaciar, baja eficiencia en riego, deterioro de humedales— están fuera del alcance de un solo sector.

Se necesita una política que articule, que vincule, que salga de la lógica sectorial para adoptar una mirada territorial. Una política que reconozca que el cambio climático ya no es un fenómeno futuro, sino el gran amplificador de los problemas actuales.

Pensemos desde la cuenca

La solución no vendrá de una sola entidad ni de un decreto. La solución empieza cuando construimos institucionalidad desde la cuenca, articulando a los actores, reforzando a las autoridades locales del agua, creando plataformas multiactor y multinivel, y asegurando financiamiento estable para conservar los ecosistemas que sostienen el recurso.

Preservar y recuperar los ecosistemas hídricos es, en última instancia, asegurar nuestra capacidad de desarrollarnos. El paso del discurso a la acción exige una política pública que deje atrás la fragmentación, que rompa mitos y que coloque al territorio y sus habitantes —y no al sector— en el centro de la toma de decisiones.







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