Por María Laura Cuya - CEO de Innova Funding

Lectura de:

En los últimos años, en el Perú se ha vuelto cada vez más común pagar con el celular, transferir dinero en segundos o acceder a servicios financieros sin necesidad de acudir a una oficina bancaria. Este avance, sin embargo, no parte de un sistema financiero plenamente inclusivo, sino de un contexto marcado históricamente por altos niveles de exclusión financiera, especialmente entre personas de menores ingresos, zonas rurales y micro y pequeños negocios. La pandemia del COVID-19 aceleró este proceso, obligando a personas y empresas a adoptar canales digitales en un entorno donde el uso del efectivo se convirtió en una barrera operativa.

Antes de la expansión de los pagos digitales, el acceso a servicios financieros seguía siendo limitado. Según datos del Banco Mundial y del propio Banco Central de Reserva del Perú, en 2015 solo alrededor del 35 % de los adultos contaba con una cuenta en el sistema financiero, y una proporción aún menor tenía acceso a crédito formal. En el caso de las micro y pequeñas empresas, la situación era más restrictiva: una gran parte operaba en efectivo, sin historial financiero ni acceso a productos bancarios, lo que reforzaba la informalidad y limitaba su crecimiento. 

Los costos de la bancarización tradicional, los requisitos documentarios y la limitada infraestructura financiera fuera de zonas urbanas dejaron a millones de personas y negocios al margen del sistema. Esta brecha estructural explica por qué surgen las fintech en el Perú.

El punto de quiebre: pagos digitales y pandemia

El punto de quiebre se produjo con la masificación de los pagos digitales. Según la OCDE (2025), hacia 2024 más de 17 millones de peruanos realizaban pagos o transferencias mediante billeteras digitales, cuya participación pasó de apenas 2 % en 2014 a aproximadamente 34 % de los medios de pago.

De acuerdo con el BCRP (2025), en el primer semestre de 2025 se registraron en promedio 591 pagos digitales por adulto, impulsados principalmente por billeteras digitales y pagos de bajo valor. Este crecimiento refleja no solo una adopción tecnológica, sino una incorporación progresiva de personas y negocios históricamente excluidos al circuito financiero.

Aun así, la inclusión financiera sigue siendo incompleta. Según la ENAHO (2024), solo el 60 % de la población adulta tiene alguna cuenta en el sistema financiero y apenas el 40.6 % presenta experiencia crediticia formal. Esta brecha es aún más profunda en las mipymes, muchas de las cuales recurrieron históricamente a mecanismos informales de financiamiento —como préstamos de agiotistas— con altos costos y condiciones poco transparentes, lo que afectó su productividad y competitividad, especialmente fuera de los principales centros urbanos.

Contexto del caso peruano

A pesar de los avances recientes, una proporción significativa de la población adulta y de las mipymes permanece fuera del sistema financiero formal. La informalidad laboral y empresarial supera el 70 %, lo que restringe el acceso al crédito, reduce la productividad y limita la capacidad del Estado para recaudar y redistribuir recursos.

En este contexto, la digitalización de los pagos y el surgimiento de soluciones fintech marcaron un punto de inflexión. Las fintech no solo aportaron comodidad, sino que se insertaron en un ecosistema financiero más amplio, donde la banca, la regulación y la interoperabilidad crearon condiciones favorables para que los negocios accedan progresivamente a servicios financieros y se integren a la economía formal.

El primer cambio estructural es la masificación de los pagos digitales de bajo valor. Estos  pasaron de ser marginales a formar parte de las transacciones diarias, reemplazando al efectivo en actividades cotidianas como transporte, comercio minorista y servicios.

“Hoy existen herramientas concretas para avanzar hacia un crecimiento económico más inclusivo”.

En segundo lugar, el acceso al sistema financiero ya no depende exclusivamente de estar bancarizado. Gracias a las soluciones fintech, millones de personas y negocios participan en el sistema financiero sin pasar por la bancarización clásica. Esto ha cambiado la lógica de inclusión financiera: ahora es la actividad económica la que genera los datos que permiten acceder a servicios financieros.

En tercer lugar, los pequeños negocios ahora generan información financiera útil. Al aceptar pagos digitales, dejan rastro transaccional que puede ser utilizado para ofrecer créditos u otros productos financieros. Negocios antes invisibles se vuelven elegibles.

Un ejemplo concreto de este cambio es el factoring digital, una solución fintech que ha permitido descentralizar el acceso al financiamiento empresarial en el Perú. A través de plataformas digitales, una micro o pequeña empresa —ubicada en cualquier región del país— puede adelantar el cobro de sus facturas electrónicas sin necesidad de presentar garantías reales ni historial crediticio tradicional. El riesgo se evalúa principalmente en función de la solvencia del gran pagador, no del tamaño o patrimonio del proveedor.

Este modelo opera sobre una infraestructura normativa y operativa sólida, basada en la factura electrónica y su registro en sistemas como el de CAVALI, lo que brinda seguridad jurídica, trazabilidad y confianza a las partes involucradas. En la práctica, esto ha permitido que empresas proveedoras de bienes y servicios accedan a liquidez inmediata, reduzcan su dependencia de financiamiento informal y mejoren su capital de trabajo.

Este avance se refleja también en la reducción de costos y barreras para operar digitalmente: la aceptación de pagos mediante QR o billeteras tiene un costo de entrada casi nulo y una liquidación inmediata, mientras que soluciones como el factoring digital eliminan la necesidad de colaterales tradicionales y procesos presenciales. Todo ello acelera la circulación del dinero en la economía y fortalece la capacidad de los negocios para sostener y expandir su actividad.

Un ecosistema inclusivo

La forma en que los negocios se integran a la economía cambia con un ecosistema fintech robusto. Al reducir barreras de acceso, generar historial financiero a partir de la actividad real y descentralizar el acceso al financiamiento, las fintech están sentando las bases de un crecimiento económico que nace desde los pequeños negocios hacia todo el país.

A pesar de su potencial, el impacto de las fintech no es automático. Persisten desafíos relacionados con educación financiera, brecha digital, ciberseguridad y regulación. Sin embargo, a diferencia del pasado, hoy existen herramientas concretas para avanzar hacia un crecimiento económico más inclusivo.

Este proceso tiene implicancias directas para el desarrollo nacional. Al fortalecer a las mypes —que concentran una parte significativa del empleo— se impulsa la productividad, se dinamiza el mercado interno y se amplía la base tributaria. Al mismo tiempo, al fortalecer a las personas que están detrás de estos negocios —emprendedores, trabajadores independientes y familias— las fintech contribuyen a mejorar la estabilidad de los ingresos y ampliar las oportunidades de progreso.

En el mediano plazo, un ecosistema fintech más desarrollado reduce las brechas territoriales, acercando financiamiento y servicios financieros a regiones históricamente excluidas. De esta manera, fintechs no solo facilitan operaciones financieras, se consolidan como un habilitador del desarrollo económico inclusivo del país.







Continúa con tu red social preferida

Al continuar serás un suscriptor gratuito

O continúa tu correo.

Escriba su correo electrónico con el que se suscribió para acceder

Suscríbete

Ya me suscribí.