Durante los últimos años, el concepto de innovación ha dejado de centrarse únicamente en la tecnología para incorporar modelos de colaboración, gobernanza y creación de valor compartido. ¿Cómo está cambiando esta visión la manera en que opera la industria minera y se relaciona con los territorios?
El cambio principal es que estamos dejando de entender la innovación como la simple incorporación de tecnología. Hoy la vemos como cualquier cambio basado en conocimiento que genera valor; un valor que no tiene que ser solamente económico ni quedarse dentro de la operación minera.
Esta mirada también cambia la relación con los territorios. Desafíos como el agua, la empleabilidad o el desarrollo de proveedores no pueden resolverse desde una sola empresa. Necesitamos incorporar a los actores locales desde la identificación del problema hasta el diseño y validación de las soluciones. Así, las comunidades dejan de ser únicamente receptoras de iniciativas y se convierten en participantes activos.
Además, necesitamos marcos de trabajo colaborativos que permitan que las empresas mineras pasen de ser compradoras de tecnología a involucrarse en su desarrollo, validación y escalamiento. La minería puede aportar conocimiento operacional, datos y espacios de pilotaje. Esto permite crear soluciones más cercanas a sus necesidades, reducir los riesgos de adopción y prepararse mejor para los cambios tecnológicos.
Con frecuencia se afirma que la minería puede convertirse en un motor de desarrollo territorial. Desde su experiencia, ¿qué papel desempeña la innovación para que ese potencial se traduzca en beneficios sostenibles para las comunidades y las economías locales?
La minería puede dinamizar un territorio, pero su sola presencia no garantiza desarrollo. La innovación es el puente que permite convertir la actividad económica, el conocimiento, la infraestructura y las capacidades vinculadas con la minería en oportunidades que permanezcan más allá de la vida de una operación.
Para ello, debemos mirar el territorio no solo desde sus carencias, sino también desde lo que ya sabe y puede hacer. Un proveedor local puede comenzar atendiendo una necesidad minera y, con acompañamiento y tecnología, desarrollar una solución aplicable a otras operaciones o sectores. De la misma manera, una universidad regional puede orientar su investigación hacia problemas concretos y formar talento con mayores oportunidades.
Para mí, el verdadero indicador de éxito es que el territorio quede mejor preparado para resolver sus propios desafíos, diversificar su economía y generar oportunidades sostenibles. La innovación debe ayudarnos a construir capacidades y autonomía, no nuevas formas de dependencia.
El desarrollo territorial enfrenta desafíos cada vez más complejos, desde la gestión del agua hasta la diversificación económica y la empleabilidad. ¿En qué ámbitos considera que la innovación puede generar el mayor impacto durante los próximos años?
Uno de los ámbitos prioritarios será la gestión del agua y la adaptación al cambio climático. Necesitamos tecnologías para medir, reutilizar y gestionar mejor el recurso, pero también modelos de gobernanza que permitan compartir información confiable, coordinar decisiones y generar confianza entre empresas, autoridades y comunidades.
Otro ámbito fundamental será el desarrollo de proveedores y la empleabilidad. La automatización, la inteligencia artificial, la electrificación y las operaciones remotas están cambiando las capacidades que demandará la minería. Tenemos que anticiparnos y conectar mucho más a las empresas con universidades, institutos y gobiernos regionales.
También existe una gran oportunidad en la diversificación económica. Capacidades desarrolladas alrededor de la minería —como mantenimiento, logística, gestión ambiental o análisis de datos— pueden convertirse en nuevos servicios y emprendimientos. El mayor impacto se producirá cuando dejemos de tratar estos desafíos de forma aislada y los entendamos como parte de un mismo sistema territorial.
Uno de los mayores retos es lograr que la innovación no permanezca concentrada en las grandes empresas, sino que llegue a las regiones. ¿Qué condiciones deben darse para fortalecer ecosistemas regionales capaces de generar soluciones con impacto social, ambiental y económico?
La primera condición es partir de desafíos reales del territorio. Muchas iniciativas comienzan ofreciendo capacitaciones o lanzando convocatorias sin haber identificado previamente qué problemas vale la pena resolver, quién necesita la solución y qué condiciones permitirían adoptarla. También se requiere liderazgo territorial y actores locales capaces de articular instituciones, conectar capacidades y dar continuidad a los procesos.
La educación es la materia prima para desarrollar el talento que estos ecosistemas necesitan. Las universidades, institutos y centros de formación deben estar conectados con los desafíos productivos, sociales y ambientales de sus regiones. No se trata solo de entregar diplomas o formar profesionales para los empleos que ya existen, sino de preparar personas capaces de investigar, emprender, adaptar tecnologías y crear soluciones. Las universidades deben incorporar en su ADN la búsqueda de respuestas desde la ciencia y el conocimiento.
Finalmente, necesitamos espacios y recursos para experimentar: laboratorios, centros de pilotaje, operaciones dispuestas a probar soluciones y financiamiento para cada etapa. Sin estas condiciones, muchas buenas ideas no logran pasar del prototipo a una aplicación real. Y, sobre todo, se necesita continuidad: los ecosistemas no se construyen con concursos aislados, sino con agendas y relaciones que se sostienen en el tiempo.
La innovación requiere confianza y colaboración entre actores que históricamente han tenido intereses distintos. ¿Cómo construir una agenda común entre empresas, Estado, academia y comunidades para acelerar soluciones que respondan a los desafíos de los territorios?
La confianza no se declara, se construye mediante procesos transparentes, reglas claras y resultados verificables. Por eso, una agenda común no debería comenzar preguntando qué proyecto quiere ejecutar cada institución, sino qué desafío del territorio comparten, qué evidencia tienen sobre sus causas y qué resultados esperan alcanzar.
A partir de allí, es necesario definir qué aporta cada actor, quién toma las decisiones, cómo se financian las distintas etapas, cómo se comparte la información y cómo se distribuyen los beneficios. También debemos reconocer que las empresas, el Estado, la academia y las comunidades tienen lenguajes, incentivos y tiempos diferentes. Muchas veces la barrera no es la falta de interés, sino la ausencia de mecanismos que hagan viable la colaboración.
Yo recomendaría comenzar con desafíos específicos y proyectos que permitan mostrar resultados tempranos. Cuando los actores comprueban que la colaboración genera valor, se crea confianza para abordar problemas más complejos. Alinear desde el inicio las expectativas, los roles y las responsabilidades es clave para que esa agenda pueda ejecutarse.
El Hub de Innovación Minera del Perú ha impulsado un modelo de innovación abierta que articula empresas, academia, startups y sector público. ¿Qué resultados concretos ha dejado esta experiencia y cuáles son las principales lecciones para construir ecosistemas de innovación más sólidos en el país?
En poco más de cinco años, el Hub ha pasado de tres empresas mineras a doce y ha construido un portafolio de más de 550 soluciones innovadoras. Pero, sobre todo, hemos fortalecido redes y conexiones que nos permiten canalizar oportunidades. Programas como PERUMIN Hub han articulado a empresas mineras, startups, universidades y más de 100 aliados de 12 países. Nuestras iniciativas dirigidas al talento joven también han llegado a 14 regiones y a más de 3,400 participantes.
Más allá de las cifras, uno de los principales resultados ha sido desarrollar una ruta clara de trabajo: caracterizar el desafío con los usuarios finales, explorar soluciones, evaluar propuestas, acordar las condiciones de los pilotos, validar y preparar el escalamiento.
La principal lección es que la innovación abierta no consiste solamente en lanzar una convocatoria o encontrar una buena solución. El trabajo más importante ocurre antes y después, y tras bambalinas: definir correctamente el problema, preparar a las organizaciones para experimentar y crear las conexiones necesarias para que los proyectos avancen. También es fundamental compartir lo aprendido, porque eso permite desarrollar nuevas soluciones de manera más rápida y con menor riesgo.
Como parte del GESS 2026, ¿cuáles considera que serán las principales tendencias que marcarán la conversación sobre innovación, sostenibilidad y competitividad en el sector minero, y por qué es importante que estos temas trasciendan la propia industria?
Antes de hablar de tendencias, creo que el principal objetivo del GESS es reconocer que lo que venimos haciendo, incluso aquello que nos ha funcionado hasta ahora, ya no es suficiente. Estamos en un contexto más complejo y los cambios ocurren cada vez más rápido. El GESS debe generar ese sentido de urgencia y desafiarnos a salir de nuestra zona de confort.
En el eje de innovación, de cuyo comité formo parte, queremos que los participantes se lleven herramientas y casos concretos para enfrentar ese nuevo contexto. Conversaremos sobre eficiencia hídrica y energética, reducción de emisiones, trazabilidad, economía circular y fortalecimiento de las cadenas de valor. Pero también sobre la importancia de colaborar entre sectores y actores.
Otro tema central será la gobernanza y cómo necesitamos innovar en nuestra relación con los territorios. Debemos construir una agenda en la que la minería contribuya al desarrollo, pero no genere dependencia. Estos temas tienen que trascender la industria porque el agua, el empleo, la energía o el desarrollo de proveedores son desafíos compartidos y requieren soluciones que beneficien a todo el territorio.
¿Qué decisiones estratégicas deberían tomarse desde hoy para que, en los próximos cinco años, la innovación se convierta en una verdadera política de desarrollo territorial y no solo en una iniciativa empresarial?
La primera decisión es pasar de proyectos aislados a agendas territoriales de mediano plazo, construidas alrededor de desafíos priorizados. Ya existen muchos diagnósticos y planes, pero algunos no han tenido suficiente participación, no han sido apropiados por los actores o han terminado archivados como si fueran el resultado final. Necesitamos revisar y actualizar esas agendas, priorizar sus objetivos de manera concertada y definir responsables, recursos y una gobernanza que trascienda los cambios de autoridades.
La segunda decisión es invertir en capacidades permanentes: educación y talento, articuladores regionales, laboratorios, centros de innovación, incubadoras y financiamiento para las distintas etapas de una solución. También debemos mejorar los incentivos para que la academia y la industria colaboren y compartan conocimiento, infraestructura y riesgos.
Finalmente, tenemos que cambiar la forma de medir el impacto. No basta con contar talleres, participantes o pilotos. Debemos mirar cuántas soluciones se adoptan, qué capacidades quedan en las regiones, cuántas empresas locales llegan a nuevos mercados y qué desafíos se resuelven. Solo así la innovación dejará de ser una suma de iniciativas y se convertirá en una capacidad permanente del territorio.









