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El desafío peruano de sostener la maravilla mundial

Con un nuevo Plan Maestro al 2046, el Santuario Histórico de Machu Picchu busca equilibrar la alta demanda turística con la protección de su patrimonio cultural y natural. Gobernanza, diversificación de rutas y corresponsabilidad ambiental aparecen como los ejes para consolidar un modelo de turismo verdaderamente sostenible.

Por Stakeholders

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Machu Picchu representa uno de los mayores orgullos del Perú, pero también uno de sus desafíos más complejos en materia de gestión sostenible. Su reconocimiento como Patrimonio Mundial Mixto por la Unesco y su condición de maravilla del mundo moderno han convertido al santuario en un destino de altísima demanda, donde se reúnen intereses económicos y la responsabilidad histórica frente a la conservación del patrimonio cultural y natural.

Durante años, el debate público se ha concentrado en síntomas visibles como filas interminables, conflictos por la venta de boletos, protestas y saturación en temporadas altas. Sin embargo, estos episodios suelen ocultar una discusión más profunda y estructural sobre cómo gobernar un territorio frágil cuyo valor universal depende, precisamente, de no ser tratado como un destino turístico convencional.

Desde la mirada de Alejandro Neyra, exministro de Cultura, el punto de partida para ordenar la discusión es reconocer que Machu Picchu aún no ha retornado plenamente a los niveles de visita previos a la pandemia.

“La demanda de Machu Picchu todavía no se ha reactivado plenamente. Desde la pandemia, si bien es cierto que en las temporadas altas se está llegando al límite de ocupación, no es que haya necesariamente una sobredemanda a lo largo del año”, explica.

Este dato es clave porque permite desplazar el foco desde el miedo al colapso inmediato hacia una gestión más estratégica del turismo. El reto no es únicamente cuántas personas ingresan, sino cómo, cuándo y para qué lo hacen, y qué impacto genera esa experiencia en el territorio y en las comunidades que lo habitan.

Machu Picchu no es solo la imagen icónica de la ciudadela inca, sino un santuario de más de 37 mil hectáreas donde convergen ecosistemas andinos y amazónicos, microclimas, especies emblemáticas, caminos incas y más de 60 monumentos arqueológicos. Esta complejidad convierte su gestión en un ejercicio de equilibrio permanente entre conservación, uso público y desarrollo local.

El Plan Maestro: ordenar el presente para proteger el futuro

En este contexto, la aprobación del Plan Maestro del Santuario Histórico de Machu Picchu, con horizonte al 2046, abre una nueva etapa en la gestión del santuario. Respaldado de manera unánime por la Unidad de Gestión de Machu Picchu (UGM), el documento se presenta como la hoja de ruta más ambiciosa de las ultimas décadas para asegurar una gestión integral, ordenada y sostenible del principal patrimonio del país.

Para Neyra, el valor del Plan Maestro radica en su mirada de largo plazo y en su capacidad de articular dimensiones que históricamente se han gestionado de manera fragmentada.

“El plan maestro es un buen camino para ver cuáles son las formas que permitan aumentar el turismo de manera sostenible, sin poner en riesgo la calificación del bien por parte de la Unesco, pero sobre
todo la conservación del mismo”,
señala.

Uno de los cambios más relevantes es que el Plan Maestro incorpora explícitamente el turismo como un componente estratégico, no como una amenaza que deba contenerse, sino como una actividad que puede ordenarse y diversificarse para reducir impactos y generar mayor valor.

Esta visión reconoce que Machu Picchu ha sido gestionado, durante años, como un destino de visita rápida, concentrado casi exclusivamente en la ciudadela. El resultado ha sido una presión excesiva sobre un espacio reducido y una distribución limitada de los beneficios económicos.

“El visitante normalmente llega en tren, visita y se retira. No se ha logrado todavía ofrecer otros atractivos que generen un incentivo real para quedarse ni poner en valor todo el aspecto natural que rodea Machu Picchu”, reflexiona Neyra.

El Plan Maestro propone, en cambio, diversificar rutas, integrar circuitos naturales y culturales, y ampliar la experiencia turística dentro del santuario y sus zonas de influencia. Esta estrategia no solo alivia la presión sobre la ‘llaqta’ (ciudadela), sino que permite distribuir mejor los flujos y los ingresos, fortaleciendo el desarrollo territorial.

Gestión ambiental y economía circular

Desde la sostenibilidad ambiental, Machu Picchu se enfrenta a retos que van más allá del control del aforo. Así lo plantea Albina Ruíz, exministra del Ambiente, quien subraya que el equilibrio entre turismo y conservación exige una transformación profunda del modelo de gestión.

“Equilibrar la alta demanda turística con la protección del patrimonio cultural y natural exige una gestión integral, preventiva y corresponsable. No se trata de limitar el turismo, sino de transformarlo en un aliado de la conservación”, afirma.

Uno de los ejes críticos es la gestión de residuos sólidos, un tema especialmente sensible en un ecosistema frágil y de alta visitación. “Es fundamental una gestión moderna y eficiente de los residuos, basada en la reducción en la fuente, la segregación obligatoria, el reciclaje y el tratamiento de los residuos orgánicos mediante compostaje o producción de biochar”, detalla.

Este enfoque no solo reduce la presión ambiental, sino que abre la puerta a una economía circular, donde los residuos del turismo se convierten en insumos para la producción local de alimentos y la recuperación de suelos, fortaleciendo el vínculo entre conservación y desarrollo comunitario.

El uso eficiente del agua aparece como otro eje estratégico. “El uso racional y eficiente del agua implica tecnologías de ahorro, reutilización de aguas tratadas y una planificación que reconozca al agua como un recurso finito, especialmente en ecosistemas frágiles”, advierte Ruíz.

En este marco, Machu Picchu ha logrado posicionarse como referente global al convertirse en el primer destino turístico del mundo con certificación Carbono Neutral, un reconocimiento que evidencia la articulación entre sector público, empresas privadas y actores locales para reducir y compensar emisiones, mejorar la gestión de residuos y promover prácticas sostenibles.

Sin embargo, la sostenibilidad no puede sostenerse solo desde la infraestructura o la normativa. Requiere un cambio cultural profundo, donde el visitante entienda que su experiencia también implica responsabilidades.

“El turista debe pasar de ser un visitante pasivo a un actor consciente y responsable. Visitar una maravilla del mundo implica también el deber de cuidarla”, enfatiza la exministra.

Gobernanza, límites y el riesgo de no actuar

Desde una mirada académica y técnica, Daysy Angeles Barrantes, docente de Turismo y Administración de la UPC, advierte que la alta presión turística incrementa riesgos ambientales y culturales que deben gestionarse de manera integral.

“La afluencia de visitantes puede incrementar riesgos como la generación de residuos sólidos, la sobreexplotación del recurso hídrico, la generación de aguas grises, las emisiones de CO₂ y la perturbación de la flora y fauna”, señala.

A estos impactos se suma el desgaste progresivo del patrimonio arqueológico, un riesgo silencioso pero constante. “El deterioro producido por el tránsito de visitantes es un efecto que se intenta controlar con la regulación del equipamiento, la capacidad de carga y la diversificación de rutas turísticas”, precisa.

Las medidas implementadas en los últimos años —aforos, rutas diferenciadas y horarios escalonados— han sido necesarias, aunque no suficientes.

“Aunque son percibidas como estrictas, son indispensables para manejar los impactos de una alta afluencia. Sin embargo, también es importante mejorar la infraestructura de acceso, el sistema de reservas y el uso de tecnología limpia”, sostiene.

Para Angeles Barrantes, el verdadero desafío está en fortalecer la gobernanza y asegurar que la conservación del patrimonio genere beneficios sociales y económicos sostenibles. “Es fundamental incluir al sector privado y a las comunidades locales debidamente representadas, escuchar las voces de todos los involucrados y mejorar permanentemente las medidas, basadas en el bienestar común”, afirma.

El riesgo de no avanzar en esta dirección es alto. Alejandro Neyra lo resume con claridad. “Lo más riesgoso es que la Unesco nos coloque en la lista de patrimonio en riesgo, lo que implicaría que no estamos haciendo los esfuerzos suficientes para preservar el bien”.

Hoy, Machu Picchu se mantiene en buen estado de conservación. Pero la sostenibilidad no es un logro definitivo, sino un proceso continuo que exige gobernanza, inversión, corresponsabilidad y visión de largo plazo. El Plan Maestro ofrece una hoja de ruta clara, convertirlo en acción será la verdadera prueba de si el turismo puede ser, no una amenaza, sino el principal aliado para proteger uno de los patrimonios más valiosos de la humanidad.

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