Guillermo Ackermann Menacho
Presidente de la Beneficencia de Lima

En el ADN del peruano encontramos un espíritu solidario, que se expresa normalmente cuando ocurre algún evento extraordinario, sea una catástrofe natural, un accidente, una enfermedad, o cualquier situación límite.

Es abrumadora la respuesta de solidaridad que encontramos en las personas bajo estas circunstancias. Sin embargo, pareciera que, de no existir ese llamado urgente, no se activaría ese ímpetu por salir al encuentro del otro, que puede estar atravesando por una situación de extrema vulnerabilidad.

Desde joven tuve oportunidad de participar de diferentes voluntariados, que atendían diversas obras solidarias. Recuerdo aún en el colegio haber ido, en La Parada, al Hogar de la Paz, de las Hermanas Misioneras de la Caridad, fundadas por Santa Teresa de Calcuta. Años después a la Tablada de Lurín y posteriormente a la Pampa de Amancaes. He sido además voluntario en diversos viajes de misiones al Valle del Tambo en Arequipa y a San Mateo en la Carretera Central.

La experiencia siempre fue muy gratificante porque se daban hasta tres dinámicas. La primera el descubrir las enormes necesidades existentes entre la gente de menos recursos, las cuales muchas veces no vemos, desde la comodidad de nuestro entorno. En segundo lugar, la apertura que existe de recibirte con los brazos abiertos. Una vez que se rompe el ‘hielo’ inicial eres bienvenido siempre y con no poca frecuencia, aunque parezca increíble, recibes más de lo que das. Y en tercer lugar la satisfacción personal. El descubrirte útil y que tienes unas características de servicio que no conoces de ti mismo y por tanto no has potenciado. Eso es algo muy especial.

Suele pasar que una vez que te identificas con la obra, se genera una suerte de necesidad en uno y un compromiso que, desde lo que he podido ver, saca lo mejor de ti mismo. Se crea una mística y haciéndolo en grupo, aprendes además a trabajar mejor con el otro, a distribuir responsabilidades y proponerte metas.

Varios años después he tenido el privilegio de estar en la Beneficencia de Lima, una organización cuya esencia es el servicio y que atiende a niños, jóvenes, adolescentes, adultos mayores, mujeres y hombres vulnerables de distintas edades y he constatado desde al otro lado, la necesidad e importancia del voluntariado.

Muchas veces incluso es más importante esa presencia humana, ese calor y cariño que solo un corazón puede dar. Es espiritual, va más allá de lo material. Para un niño en estado de abandono, que ha vivido situaciones muy adversas, es mucho más necesario un abrazo, o alguien que juegue con él, que un juguete o una ropita. Para un abuelito, que no tiene familia alguna, recibir la visita de alguien que lo escuche y acompañe, así sea tan solo por algunos minutos, será mucho más valorado que un regalo.

He conocido de cerca algunas iniciativas empresariales que promueven e incentivan el voluntariado como una buena práctica de gestión y puedo dar fe de lo importante que termina siendo para la propia compañía.

La dinámica que se genera es muy proactiva y mejora el clima laboral. Te hace salir de la rutina y logras conocer mejor a las personas de tu alrededor, viendo lo que en el día a día, la vorágine del quehacer cotidiano, no te permite descubrir. Encuentras liderazgos y características desconocidas. Permite además proponerte objetivos concretos, que, al lograrlos, te realizan como persona. Es muy favorable desde el ángulo en que lo veas.

Generemos una cultura solidaria en nuestras empresas y promovamos los voluntariados corporativos. Es un ‘gana-gana’, sobre todo por nuestro país.







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