José M. Sainz-Maza Del Olmo
Editor y Director de Contenidos
de la revista Staiy Edit

El voluntariado es una herramienta poderosa. Para el voluntario, constituye una forma de servir a los demás y contribuir al desarrollo de la sociedad. Para los gobiernos y las diversas organizaciones de la sociedad civil, supone una importante mejora de sus capacidades de acción y respuesta, especialmente en situaciones de emergencia. Esto es particularmente visible en aquellos países cuyas economías se encuentran en desarrollo, los cuales no disponen en ocasiones de medios públicos suficientes para acometer con éxito ciertas actuaciones.

Cuando la pandemia de la COVID-19 golpeó Latinoamérica a mediados de marzo de 2020, un gran número de voluntarios se adhirieron a una iniciativa puesta en marcha en apenas dos semanas por el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social peruano. Su fin era gestionar la atención a los sectores más vulnerables de la población durante el confinamiento domiciliario decretado por el gobierno.

El éxito inicial de estas acciones se explica por tres factores: los grandes esfuerzos de movilización social llevados a cabo los meses anteriores con motivo del Proyecto Especial Bicentenario, la fortaleza de las diversas redes nacionales de voluntariado y la colaboración experta en gestión de voluntarios para eventos multitudinarios de algunos voluntarios ONU integrados en aquellos momentos en PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo). Más de 19.000 personas se registraron en línea en menos de 48 horas para cubrir las 12.000 plazas requeridas por el ministerio, permitiendo proporcionar asistencia a alrededor de 200.000 ciudadanos en situación de vulnerabilidad.

Si nos fijamos en iniciativas de más largo alcance o que no estén necesariamente relacionadas con momentos de crisis, no hace falta ir más allá de los alrededores de Lima. Es precisamente en los límites urbanos de la capital peruana donde se ha estado llevando a cabo desde hace algunos años el proyecto EbA Lomas, implementado por el PNUD y coordinado por el Servicio de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (SERNANP).

El monitoreo, estudio y conservación del ecosistema único de las lomas limeñas-declaradas Área de Conservación Regional en 2019-; su protección del tráfico de terrenos y de la ocupación informal, y la búsqueda de su aprovechamiento sostenible para usos recreativos de bajo impacto solo han sido posibles gracias al compromiso y el trabajo constante de voluntarios locales. Entre ellos se cuentan ingenieros geógrafos y técnicos especializados en la captación de agua de niebla que han estado colaborando mano a mano con los vecinos de la zona.

Ejemplos similares se pueden encontrar por todo el mundo, demostrando el valor del voluntariado en el seno de la sociedad civil. Se hace igualmente patente la importancia de reconocer estas labores y dotar a los voluntarios de la formación y las herramientas necesarias para llevar a cabo sus funciones de la mejor forma posible. Es necesario ofrecer información adecuada y extender el mensaje de que existen muchas maneras distintas de servir a los demás. Para ello, publicar periódicamente testimonios de voluntarios en activo, tal como hace Voluntarios ONU en su web institucional, puede resultar muy útil.

En Latinoamérica, son muchos los ejemplos de personas que dedican gran parte de su tiempo e inmensos esfuerzos a contribuir al desarrollo de sus comunidades. Desde México hasta Argentina, una gran cantidad de ciudadanos colaboran con organizaciones de voluntariado locales, nacionales y supranacionales. Esta es una responsabilidad colectiva, transversal, y está en manos de las empresas facilitar las acciones de los voluntarios, ya sea involucrándose de forma directa en proyectos concretos o apoyando a quienes toman parte en ellos a través de programas de formación y capacitación. Cuidar de nuestras sociedades es labor de todos.







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