Durante mucho tiempo, el reporte de sostenibilidad fue percibido como un documento accesorio. Un ejercicio anual, en muchos casos narrativo, pensado más para cumplir expectativas externas que para apoyar la toma de decisiones internas. Hoy, esa lógica ya no es sostenible. El reporting ha pasado a ocupar un lugar central en la gestión empresarial, se ha convertido en uno de los mayores retos, y aprendizajes, que estamos observando en las organizaciones.
La aprobación de los estándares NIIF S1 y S2 del International Sustainability Standards Board (ISSB) del IFRS en el 2023 y su adopción regulatoria en 36 países incluidos Chile, Brasil y México marca un antes y un después de la transparencia de la información ASG. Por primera vez, la información sobre sostenibilidad debe cumplir con el mismo nivel de rigor, consistencia y trazabilidad que los estados financieros. Esto no solo eleva la exigencia técnica, sino que obliga a las empresas a mirarse con mayor honestidad: ¿realmente entendemos cómo los temas ambientales, sociales y de gobernanza impactan en nuestra estrategia, nuestros riesgos y nuestra rentabilidad futura?
En la práctica, uno de los principales desafíos es que muchas organizaciones no están estructuralmente preparadas para reportar bajo este nuevo enfoque. La información necesaria suele estar fragmentada entre distintas áreas que no siempre trabajan de forma articulada, ya sea finanzas, operaciones, recursos humanos, legal y sostenibilidad, cada uno maneja datos relevantes, pero no siempre integrados. El reporting que nos exige la actualidad busca justamente eso: romper silos, ordenar procesos y generar una visión transversal del negocio.
«El verdadero cambio ocurre cuando las empresas entienden que el reporting de sostenibilidad no es el punto final del proceso».
Otro punto que considero crítico es el análisis de doble materialidad. No se trata únicamente de identificar impactos hacia el entorno, sino de entender cómo factores externos, ya sea que hablemos de cambio climático, escasez de recursos, presión regulatoria o conflictos sociales, cualquiera ahora puede convertirse en un riesgo financiero real. Este ejercicio, lejos de ser teórico, requiere data, criterio técnico y, sobre todo, voluntad de incorporar estos análisis en la planificación estratégica. Reportar sin materialidad es, en el fondo, reportar sin foco.
A lo largo del último año, también se ha hecho evidente una brecha importante en capacidades internas. El reporting de sostenibilidad no es solo un tema de comunicación ni exclusivamente financiero. Requiere profesionales capaces de interpretar estándares, conectar indicadores con decisiones y traducir información compleja en insumos útiles para la gestión. Mientras esta brecha no se cierre, muchas organizaciones seguirán viendo el reporte como una obligación externa y no como una herramienta de valor.
Finalmente, está el desafío de la credibilidad. En un contexto de mayor vigilancia por parte de inversionistas, reguladores y ciudadanía, el greenwashing deja de ser solo un riesgo reputacional para convertirse en un riesgo legal y financiero. Reportar implica asumir responsabilidad sobre lo que se declara, incluyendo brechas, inconsistencias y oportunidades de mejora. La transparencia, incluso cuando es incómoda, es hoy un activo estratégico.
El verdadero cambio ocurre cuando las empresas entienden que el reporting de sostenibilidad no es el punto final del proceso, sino el reflejo de cómo están gestionando su negocio. Bien trabajado, permite anticipar riesgos, fortalecer la gobernanza y tomar mejores decisiones. En un entorno cada vez más exigente, reportar ya no es solo informar: es demostrar que la sostenibilidad forma parte real de la estrategia.









