Por Mario Napravnik Pesce - Gerente general de Rainforest Expeditions y director de la Asociación Peruana de Turismo de Aventura, Ecoturismo y Turismo Especializado (APTAE)

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La sostenibilidad es, básicamente, un adecuado equilibrio entre el desarrollo económico, el bienestar de la población y la protección ambiental, posible solo con una gestión técnica y responsable, y con un engranaje adecuado entre el Estado, la empresa privada y la población. Con eso en mente, ¿podemos decir que estamos haciendo las cosas correctamente para el desarrollo sostenible de nuestro país?

Veamos un ejemplo con el turismo en el Perú: Machu Picchu, la meca del turismo. Nos hemos apartado de esos lineamientos para politizarlo y llenarlo de populismo, con decisiones poco técnicas.

Sabemos que el turismo es frágil y, pese a ello, nos hemos empeñado en enviar pésimos mensajes. Ahí están la crisis de Consettur y el transporte terrestre, la crisis de la concesión del Machu Picchu Sanctuary Lodge, los problemas de boletaje, el acceso para visitantes, las largas colas, entre otros. Hemos transformado una gestión medianamente eficiente y sostenible en una gobernanza fallida, originada principalmente por apetitos de poder. Gobiernos regionales que no entienden de turismo lo politizan y tratan al visitante como un número, una cifra a explotar; incluso abandonan su rol promotor para querer convertirse en operadores o en una supuesta autoridad autónoma regional para la gestión de Machu Picchu.

«La respuesta fue populista: se perdió la venta ordenada y centralizada de boletos y se habilitaron mil tickets adicionales que contribuyeron al deterioro de la llaqta».

Todo esto opaca avances y noticias positivas en favor de un destino sostenible, como la Ley General de Turismo, que por fin incorpora una mirada de largo plazo sobre lo que queremos para el país. Asimismo, la reglamentación de la ley está cerca de ser promulgada, junto con un nuevo plan maestro para Machu Picchu. Históricamente relegado y visto como una amenaza, el turismo es hoy un objetivo estratégico con herramientas para una gestión óptima, logros que lamentablemente se ven empañados por el populismo político.

¿Cómo empezó todo? Recordemos que la pandemia del COVID-19 y las manifestaciones políticas violentas que la precedieron dejaron una profunda recesión en Cusco, así como protestas y malestar social. La respuesta fue populista: se perdió la venta ordenada y centralizada de boletos y se habilitaron mil tickets adicionales que contribuyeron al deterioro de la llaqta. Desde entonces, el estancamiento, el desgobierno y el desorden han marcado el turismo en Machu Picchu.

Si analizamos con mayor detalle la situación operativa de la plataforma oficial de venta de boletos de ingreso a la llaqta de Machu Picchu, encontramos múltiples incidencias: bloqueos de pantalla, caídas del sistema, imposibilidad de acceso simultáneo y fallas durante el proceso de compra. Esta situación ha afectado principios como la equidad, la predictibilidad y el libre acceso a servicios administrados por el Estado.

Tras varios años, los peruanos no hemos logrado administrar de manera óptima una plataforma acorde con la importancia y relevancia de Machu Picchu y de la red del Camino Inca. No hemos sido capaces de garantizar un servicio de banda ancha que permita, desde cualquier dispositivo, contar con una conexión permanente y de alta capacidad de transmisión. Tampoco se ha implementado, como se ha sugerido reiteradamente, una plataforma alojada en la nube con accesibilidad 24/7, mayor seguridad, transparencia, automatización de procesos y mejor experiencia para el visitante.

Se acercan elecciones. Aprendamos de los errores y centrémonos en elegir personas capaces de resolver estas problemáticas con visión técnica; personas probas, con interés genuino en el desarrollo del turismo, con cualidades, competencias y profesionalismo. La esperanza no se pierde; la sostenibilidad no se negocia.







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