Por Ximena Zavala Lombardi, Gerente de Asuntos Corporativos

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En los próximos años muchas empresas descubrirán que pueden ser eficientes, rentables y cumplir todas las normas locales… y aun así perder clientes, financiamiento o acceso a mercados internacionales. No por falta de competitividad, sino porque cambió la forma en que el mundo evalúa a las empresas.

Durante años, cuando una empresa hablaba de sostenibilidad, hablaba de reputación.

Era el reporte bonito, el capítulo final de la memoria anual, la parte donde se explicaban programas sociales, reciclaje, voluntariados o códigos de ética. Importante, sí, pero separado del negocio principal. Primero venían los resultados financieros; después, la responsabilidad.

Ese orden se está invirtiendo.

Hoy una empresa peruana puede cumplir perfectamente con todas las normas locales, presentar su reporte de sostenibilidad y su anexo de gobierno corporativo, y aun así encontrar que un banco internacional no financia su proyecto, que un cliente extranjero le pide información adicional o que un fondo de inversión decide no comprar sus acciones.

No porque falte información, sino porque cambió la pregunta.

La sostenibilidad dejó de ser una buena práctica y se convirtió en una condición económica.

Para entender el cambio sugiero mirar menos a Estados Unidos y más a Europa. Tradicionalmente, el sistema norteamericano se ha concentrado en proteger al inversionista: la empresa debe informar aquello que puede afectar el valor de la acción. El enfoque europeo es distinto: la empresa debe explicar cómo funciona dentro de la economía y si puede seguir operando en el tiempo.

No es una diferencia técnica; es una diferencia sobre qué se considera riesgo.

Durante décadas el riesgo empresarial fue financiero: deuda, mercado, liquidez. Hoy también es climático, regulatorio y social. Y ese tipo de riesgo no se gestiona con comunicación, sino con decisiones. No se resuelve con un reporte mejor escrito, sino con inversiones, procesos y cambios operativos.

La evolución regulatoria lo muestra con claridad. En el Perú, el reporte de sostenibilidad describe si la empresa tiene políticas y prácticas; en España debe explicar cómo esos temas afectan su gestión y resultados; y en la Unión Europea se exige demostrar cómo la sostenibilidad condiciona la viabilidad del negocio. No son solo normas distintas: son tres etapas de madurez empresarial.

Pero lo más importante es que este cambio ya salió del mundo legal y empezó a sentirse en la economía real.

Exportadores reciben requisitos ambientales de sus compradores para poder mantener contratos. Proveedores industriales deben demostrar el origen de sus insumos para no quedar fuera de cadenas productivas. Bancos internacionales analizan riesgos climáticos antes de financiar infraestructura o energía. Fondos de inversión revisan gobernanza antes de asignar capital.

Incluso sectores tradicionalmente ajenos al tema empiezan a notarlo: costos de seguros vinculados a riesgos climáticos, exigencias de trazabilidad en alimentos, condiciones laborales auditadas en contratos internacionales, o requerimientos de eficiencia energética en operaciones logísticas.

La pregunta ya no es si la empresa tiene un código ambiental. Es si puede operar en el mundo que viene.

Por eso la sostenibilidad está dejando de ser un área dentro de la empresa y está entrando al directorio y a las finanzas. No se trata de comunicar mejor, sino de decidir distinto: dónde invertir, qué producir, cómo operar y qué riesgos asumir. En la práctica, implica evaluar proyectos considerando regulaciones futuras, costos energéticos, reputación de la cadena de suministro y acceso a capital.

Muchas compañías latinoamericanas cumplen perfectamente con la normativa local, pero al internacionalizarse descubren que el mercado no les pide un reporte más largo, sino otra forma de gestionar. No quiere saber si la empresa es responsable, sino si su modelo de negocio seguirá funcionando en un entorno con regulación climática, consumidores informados y cadenas de suministro trazables.

Ese cambio es silencioso, pero profundo.

Durante décadas las empresas demostraban que eran responsables. Ahora deben demostrar que son viables.

Por eso la sostenibilidad se está pareciendo cada vez menos a una memoria corporativa y cada vez más a la contabilidad: un sistema para entender el negocio, no para describirlo. Un reporte no sólo para contar una historia, sino que proporciona datos auditados. Los mercados, la banca y el comercio internacional están empezando a evaluar a las empresas bajo esa lógica, incluso donde la regulación local aún no lo exige.

Para países exportadores como el Perú, esto es especialmente relevante. La competitividad ya no dependerá solo de costos o productividad, sino también de la capacidad de las empresas de adaptarse a estándares internacionales que, progresivamente, definirán quién puede vender, financiarse y crecer.

No se trata de copiar normas europeas. Se trata de entender hacia dónde va la economía.

La sostenibilidad ya no trata sobre reputación corporativa. Trata sobre supervivencia empresarial.







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