Cuando faltan mujeres en la investigación, también faltan preguntas clave para mejorar nuestra salud y diseñar estrategias de prevención adecuadas. No solo hablamos de investigadoras ―quienes, según la UNESCO, sólo representan el 33% de la comunidad científica a nivel global―, sino de cuánto se estudian realmente nuestras enfermedades, síndromes y síntomas.
Durante décadas ―o, mejor dicho, siglos―, las mujeres hemos estado subrepresentadas en ensayos clínicos, lo que limitó la comprensión de nuestro cuerpo, generando desigualdad en nuestro diagnóstico y tratamiento. Por ejemplo, tan solo hace algunos años atrás, el trastorno por déficit de atención era mayoritariamente diagnosticado en hombres, dado que ambos sexos poseemos manifestaciones distintas en el TDAH.
Ese es mi caso, me diagnosticaron déficit de atención tardíamente; pero, también el de muchas mujeres a mi alrededor: una amiga que embarazada tuvo colestasis hepática, que hasta el día de hoy, se desconocen las causas; una mujer en mi familia con claros síntomas de perimenopausia tuvo que buscar a tres doctores antes de recibir terapia de suplementación hormonal porque es un tema poco investigado; o amigas con dolores menstruales que las dejaban sin poder estudiar o trabajar, pero sus síntomas eran calificados como “normales”.
Y, a pesar de que estamos en 2026, aún hay muchas otras enfermedades que son subdiagnosticadas en nosotras, por ejemplo recién hoy en día podemos saber que los infartos, la principal causa de muerte en el mundo, presentan signos de alerta distintos en hombres y mujeres.
Las conclusiones de los estudios se vuelven más alarmantes todavía cuando hablamos de enfermedades que impactan directamente en nosotras, como la endometriosis ―que, según la OMS, afecta al 10% de la población femenina en edad reproductiva―, pues recientemente se ha asociado este padecimiento a una mayor probabilidad de menopausia prematura e, incluso, a un mayor riesgo de desarrollar una variedad de enfermedades autoinmunes. De hecho, ni siquiera los procesos biológicos de la mujer, como la menopausia, fueron tan estudiados tiempo atrás como lo son ahora.
Por eso, para la investigación ―y, sobre todo, para el impulso de la prevención en la salud, diagnósticos más certeros y tratamientos más oportunos―, es fundamental la diversidad, tanto en quienes desarrollan investigaciones como en los participantes de estos estudios clínicos. Necesitamos más estudios hechos por mujeres y para mujeres.
¿Qué quiero decir con esto? Que el conocimiento y las decisiones se vuelven más completos cuando más mujeres participan en estos espacios, pues la ciencia incorpora experiencias distintas que influyen en cómo se diseñan investigaciones, servicios y soluciones. Así, se presta mayor atención a quienes no están accediendo a una rápida atención, a las barreras cotidianas que enfrentan muchas personas y a cómo adaptar la salud a realidades sociales y culturales diversas.
Hoy, tenemos una gran oportunidad para ampliar la conversación y mirar qué tipo de sistemas de salud queremos construir: uno más equitativo. Recordemos que, cuando la innovación piensa de un modo más sostenible, no solo mejora la atención, también contribuye a formar sociedades más sanas, capaces de prevenir, adaptarse y responder mejor a sus propios desafíos.









