En un contexto de cambios acelerados y sociedades cada vez más polarizadas, el liderazgo ya no se define solo por la gestión de equipos o el cumplimiento de indicadores. Hoy, liderar implica transformar culturas, decisiones y formas de relacionarnos dentro de las organizaciones, un proceso en el que el liderazgo femenino está jugando un rol cada vez más relevante.
Según el Informe Global de Brecha de Género 2025 del Foro Económico Mundial, las mujeres ocupan alrededor del 28.8 % de los puestos de alta dirección a nivel global, pese a representar más del 40 % de la fuerza laboral. Aunque la brecha persiste, el Women in the Workplace Report 2024 de McKinsey muestra que las empresas con mayor representación femenina a lo largo de la línea de mando tienden a ubicarse entre las de mejor desempeño, con impactos positivos en innovación, compromiso del talento y capacidad de adaptación.
Estos resultados no sugieren un liderazgo “mejor” en términos absolutos, sino estilos complementarios que responden de manera más efectiva a los desafíos actuales. El mismo informe destaca que las mujeres líderes suelen mostrar mayores fortalezas en liderazgo colaborativo, desarrollo de personas y comunicación inclusiva, competencias asociadas con equipos más cohesionados y entornos laborales más estables en contextos complejos.
Esta forma de liderar trasciende a la organización. Cuando las decisiones incorporan de manera consistente su impacto en las personas y en el entorno, se construyen culturas más responsables y sostenibles. Así, el liderazgo femenino impulsa una transformación social gradual, basada no solo en grandes discursos, sino en prácticas que fortalecen la confianza, el propósito y la ética organizacional.
«El liderazgo que hoy hace falta no nace solo del talento individual, sino de entornos que lo permiten, lo miden y lo acompañan».
La experiencia empresarial lo confirma. En Intercorp Retail, el 46 % de las posiciones de liderazgo (N1, N2 y N3) están hoy ocupadas por mujeres, como resultado de una estrategia sostenida de desarrollo de talento y equidad en los procesos. A través de mentorías, medición constante de brechas, selección inclusiva y políticas que promueven el balance, se ha consolidado una cantera de liderazgo más diversa, sólida y alineada con los retos del negocio, fortaleciendo los planes de sucesión y la resiliencia organizacional.
En mi trayectoria profesional, he sido profundamente influenciada por mujeres líderes que demostraron que otra forma de liderar es posible: más humana y centrada en las personas, sin renunciar a la exigencia ni a las decisiones difíciles. Mujeres que enfrentaron contextos adversos con convicción y resultados. Esa combinación de empatía y fortaleza es hoy una referencia que busco replicar en los equipos que acompaño.
El liderazgo femenino tiene un efecto multiplicador. La visibilidad de mujeres en posiciones directivas amplía las aspiraciones de nuevas generaciones y refuerza la importancia de contar con sistemas que desarrollen talento de manera equitativa. Brechas como las que aún se observan en la alta dirección empresarial, donde, por ejemplo, solo alrededor del 10 % de las empresas Fortune 500 tienen una CEO mujer, pese a décadas de participación femenina creciente en la fuerza laboral, recuerdan que el desafío sigue vigente.
Promover más mujeres en posiciones de liderazgo no es únicamente una cuestión de equidad. Es una decisión estratégica para organizaciones que buscan sostenibilidad, legitimidad social y resultados de largo plazo. El liderazgo que hoy hace falta no nace solo del talento individual, sino de entornos que lo permiten, lo miden y lo acompañan. Cuando esos entornos integran diversidad de perspectivas, el liderazgo deja de ser un ejercicio de poder y se convierte en una herramienta para construir futuro.









