Baltazar Caravedo Molinari
Profesor de la PUCP

Cuando se hace mención del concepto de sistemas complejos se hace referencia a entidades vivas que se despliegan en un sinnúmero de dimensiones, que tienen identidad y lógicas de comportamiento, independientemente de sus elementos constituyentes, y pueden autoproducirse. En un universo de sistemas complejos, y en cada sistema vivo, hay un intercambio de flujos de energía entre sus componentes, y entre las dimensiones que abarcan y los subsistemas que se configuran.

Dependiendo de la intensidad y el número de los flujos de energía, mayor será la densidad de energía. Los vínculos entre los componentes expresan flujos de energía. Algunos son flujos de energía de cohesión (positivos) y otros son flujos de energía de repulsión o de no cohesión (negativos o entrópicos).

Cuando predominan los flujos de cohesión el sistema puede desplegar una capacidad de adaptación, continuidad y transformación con relación a su entorno cambiante. Cuando predominan los flujos entrópicos el resultado es un proceso de tendencia al colapso. Se puede decir que la continuidad de un sistema vivo depende del balance de los flujos de energía (de cohesión o entrópica) que puede incorporar para continuar su dinámica o sucumbir.

La vida es materia que se concreta en entidades, organismos y procesos que hacen posible la relación entre individuos y organizaciones sociales, adaptándose a las constricciones que plantean los nuevos entornos que se crean. En los seres humanos la adaptación es un proceso de intercambio de flujos de energía que configuran mente, estructuras físicas, organismos sociales y políticos, y patrones de vínculos entre personas e instituciones.

Los sistemas humanos están compuestos por personas en constante relación, participando en organizaciones, bajo ciertas normas y reglas, con formas de poder y autoridad, comunicando sentidos, desplegando flujos de información y energía, buscando la continuidad del sistema.

La mente humana no sólo es atención, memoria, capacidad de asociar y consciencia. Además de una dimensión consciente, hay otra inconsciente que abarca no sólo la variedad de elementos que percibimos sin estar atentos sino la cantidad de vivencias experimentadas en el curso de nuestras vidas de las que ya ni siquiera recordamos y no podríamos recordar espontáneamente.

La mente se basa en el lenguaje que hemos construido a partir de símbolos y sonidos para expresar significados y sentidos, comunicarnos con otras personas, manifestar nuestras emociones y elaborar pensamientos y racionalidades que luego podemos plasmarlos en acciones.

La democracia es una forma de organización política de la población de un territorio para tomar decisiones. Los que representan a los electores que los respaldaron para ocupar una curul en el Congreso deben consultarles a los ciudadanos antes de dar un voto y hacer sentir la voz de los ausentes. Cuando ello no ocurre, se debilitan o corroen todos los principios que encarna la democracia. Si una sociedad se desenvuelve enfrentando y dividiendo a sus integrantes su despliegue se comporta como un flujo de energía repulsiva, desintegradora, entrópica. Ese proceso viene ocurriendo en el Perú hace ya varias décadas. El sentido del colapso pareciera estar inscrito en la lógica política en la que estamos envueltos.

En contraste a lo que ocurre en nuestro país, el proceso electoral chileno acaba de dar una lección práctica en el sentido de que las diferencias ideológicas no necesariamente llevan a la división y que, por el contrario, pueden pensarse como elementos iniciales para una cohesión.







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