La sostenibilidad empresarial en el Perú está entrando a una nueva etapa. Después de años en los que predominó la responsabilidad social como respuesta periférica, algunas empresas han empezado a incorporar la sostenibilidad en el corazón de su gestión, vinculando sus decisiones con metas concretas de desarrollo. Ya no se trata de donar, sino de transformar; no de comunicar, sino de incidir. Es una evolución todavía incipiente, pero que marca una diferencia sustantiva: pasar del discurso del “apoyo social” a la gestión del desarrollo sostenible con métricas alineadas a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
Enfoque renovado
Esa transición no ha sido inmediata. Durante mucho tiempo, la acción empresarial se concibió como complementaria al Estado, casi siempre fragmentada o limitada por proyectos de corto alcance. Pero hoy se observa un cambio de fondo: empresas que comprenden que la sostenibilidad no es un área más del negocio, sino una forma de dirigirlo. Y ese cambio, silencioso pero consistente, está empezando a mover indicadores que importan: educación, nutrición, inclusión económica o ciudadanía financiera, con efectos visibles en el propio core del negocio.
«Estos casos tienen un rasgo común: su impacto no se mide por campañas o reconocimientos, sino por resultados».
Algunos ejemplos recientes ayudan a ilustrar esta madurez. Credicorp ha entendido que la inclusión financiera no se resuelve solo ampliando el acceso al crédito, sino creando soluciones para mypes, impulsando billeteras digitales y formando ciudadanía económica. Sus programas de inclusión llegan a segmentos donde el Estado no ha logrado consolidar capacidades y, al hacerlo, generan efectos medibles en ahorro, formalización y bienestar familiar. No es filantropía; es una apuesta por construir un sistema financiero sostenible, basado en conocimiento y confianza.
Alicorp, por su parte, ha evolucionado desde la responsabilidad social hacia una sostenibilidad integral que combina nutrición, educación y desarrollo empresarial. Su trabajo no se limita a mejorar productos, sino a transformar hábitos alimenticios y fortalecer las capacidades de sus propios clientes y canales. Ha logrado que miles de emprendedores en su cadena comprendan mejor al consumidor y crezcan junto con él. Esa articulación —empresa, cliente y consumidor— representa quizá el mejor ejemplo de cómo la sostenibilidad puede ser también una estrategia de competitividad.
En el sector extractivo, Minsur ha consolidado un modelo que va más allá de la inversión social tradicional. Su enfoque integra iniciativas que fortalecen la empleabilidad y el emprendimiento local, además de una plataforma digital que articula a cientos de negocios puneños con empresas contratistas y proveedoras, ampliando oportunidades económicas en la zona. En salud, destaca una clínica móvil que lleva atención especializada a comunidades rurales donde las postas médicas no son una opción real. Es una mirada que combina visión empresarial con propósito público y demuestra que la sostenibilidad puede convertirse en una verdadera política de desarrollo, no en un costo adicional.
Cambio de percepción
Estos casos tienen un rasgo común: su impacto no se mide por campañas o reconocimientos, sino por resultados. Y ese tipo de prácticas puede generar un efecto contagio en otras empresas y también en el Estado, siempre que encuentren en ellas evidencia concreta de lo que funciona. Cuando más actores deciden trabajar con la misma claridad de propósito —incidiendo directamente en el desarrollo y no solo en su narrativa— los avances dejan de ser esfuerzos aislados para convertirse en transformaciones visibles en la vida de las personas. Porque cuando los ciudadanos experimentan mejoras reales en su entorno, también cambia la forma en que perciben a las empresas. Se reduce la distancia, se reconstruye la confianza. Y esa es, al final, la legitimidad más sólida: la que nace de experiencias tangibles, no de declaraciones.









