Hay una frase que he escuchado muchas veces cuando viajo a regiones: “Yo trabajo todo el día… pero no me alcanza”. Detrás de esas palabras no hay falta de esfuerzo, hay deficiencia de condiciones. Mujeres que emprenden, producen y sostienen hogares, pero que aún enfrentan barreras para acceder a herramientas tan básicas como educación financiera, crédito justo o servicios diseñados con calidad para su realidad. Por eso, cuando hablamos de inclusión financiera, no hablamos solo de dinero: hablamos de oportunidades reales para vivir con autonomía y construir un futuro más seguro.
En el Perú, la inclusión financiera ha avanzado; sin embargo, las brechas todavía son evidentes cuando miramos qué tan lejos pueden llegar las mujeres con ese acceso. A junio de 2025, el acceso al crédito parece relativamente similar: 32.54 % en mujeres y 32.69 % en hombres. Pero cuando observamos el monto real, la diferencia se vuelve clara: las mujeres concentran solo el 42.05 % del saldo total de crédito, frente al 57.95 % en hombres (SBS – Indicadores de Inclusión Financiera con cifras desagregadas). Este dato revela una realidad clave: más mujeres están ingresando al sistema, pero con menos recursos disponibles para invertir, sostener y expandirse. Y esto ocurre incluso cuando los datos reflejan algo importante: las mujeres suelen ser responsables en el pago. La morosidad total es menor en mujeres (3.7 %) que en hombres (4.2 %).
Entonces la pregunta es inevitable: si ellas muestran compromiso, disciplina y continuidad, ¿por qué el financiamiento sigue siendo menor, más limitado o menos adaptado a sus realidades?
Para entender esta desigualdad, hay que mirar más allá del sistema financiero: el tiempo. Según INEI (2024), las mujeres dedican 5 horas con 7 minutos diarios al trabajo no remunerado, mientras los hombres 2 horas con 15 minutos. Ese tiempo sostiene familias, hogares y comunidades, pero rara vez se reconoce como un factor que condiciona el acceso al empleo formal, a ingresos estables y a productos financieros pensados para mujeres que viven jornadas múltiples.
«Lo que Gaby representa es esencial: la inclusión financiera no debe ser un privilegio. Debe ser una herramienta para que las mujeres puedan ampliar sus oportunidades reales».
Por eso, estoy convencida de que la salud financiera empieza antes del crédito. Empieza cuando una mujer puede ordenar su economía, calcular sus costos reales, comprender qué significa invertir con estrategia y planificar metas alcanzables. Y ahí es donde la inclusión financiera se convierte también en una forma de educación: práctica, útil y transformadora.
Desde CARE Perú, trabajamos justamente en esa dirección: colocamos a las mujeres en el centro de las soluciones, no como participantes pasivas, sino como líderes económicas, productoras, emprendedoras y tomadoras de decisión. En el proyecto Strive Women, desarrollado con Mastercard, por ejemplo, contribuimos a la salud financiera de 100 000 mujeres emprendedoras en todas las regiones del Perú. A fines de 2025, se han otorgado más de 50 000 créditos diseñados especialmente para mujeres, por un total de 70 millones de soles, y se fortalecieron capacidades financieras en más de 8000 emprendedoras.
Pero el impacto no se explica solo con cifras. Se refleja en historias como la de Gaby, emprendedora de 37 años de Pucallpa, quien creó CubyGaby, un negocio familiar que produce juegos didácticos con identidad amazónica y materiales sostenibles. Ella no necesitaba solo un impulso: necesitaba acompañamiento para ordenar sus finanzas, entender sus costos, mejorar su gestión comercial y tomar mejores decisiones para crecer con estabilidad. Y eso fue lo que recibió.
Lo que Gaby representa es esencial: la inclusión financiera no debe ser un privilegio. Debe ser una herramienta para que las mujeres puedan ampliar sus oportunidades reales, fortalecer su autonomía y proteger su bienestar económico en el tiempo.
Mi opinión es sencilla: el Perú no puede aspirar al desarrollo si no coloca a las mujeres, y especialmente a quienes enfrentan mayores barreras, en el corazón de su economía. La buena noticia es que sí se puede avanzar. Se puede cuando entendemos que la inclusión financiera no es solo un producto bancario: es una puerta hacia la dignidad, la prosperidad y la libertad. Y cuando una mujer avanza con autonomía, avanzamos como país.








