Por años he escuchado a muchos líderes decir con orgullo: “Tengo todo bajo control”. Y entiendo por qué lo dicen. El control da una sensación de orden, de previsibilidad, de eficiencia. Da tranquilidad. Pero con el tiempo he aprendido que, muchas veces, ese confort es falso. No porque el control sea malo en sí mismo, sino porque cuando se vuelve centralizado, rígido y obsesivo, termina revelando algo más profundo: desconfianza.
Si como líder siento la necesidad de revisar absolutamente todo, aprobar cada decisión y supervisar cada movimiento, lo que puede estar escondiéndose detrás es miedo al error. Miedo a que algo salga mal. Miedo a fracasar. Y ese miedo suele traducirse en micromanagement, poca flexibilidad, en equipos que funcionan de forma mecánica, casi como robots. En contextos estables, donde nada cambia y la fórmula ya está probada, este tipo de control puede funcionar. Pero seamos realistas: hoy casi ningún entorno es estable.
Vivimos en un mundo de cambio constante, incertidumbre y complejidad. Y en este, una cultura de control puede colapsar. Porque cuando todo depende de una sola persona, el alcance del equipo se reduce a su tiempo, su energía y su capacidad. Además, aparece un costo silencioso pero enorme: las personas empiezan a tener miedo a equivocarse. Dejan de proponer ideas, evitan cuestionar, hacen solo lo que se les pide. La proactividad, la innovación y el aprendizaje se apagan.
«Por eso creo profundamente en la cultura de aprendizaje. Una cultura donde el control no desaparece, sino que se distribuye».
He visto muchos casos en los que culturas de este tipo generan desgaste emocional, desmotivación y, eventualmente, rotación. Y no solo eso: también dañan la reputación como marca empleadora. Nadie quiere trabajar en un lugar donde equivocarse está prohibido y pensar distinto es castigado.
Algo aún más delicado ocurre cuando el error aparece: la cultura de control suele buscar culpables en lugar de aprendizajes. Se castiga, se expone o se despide. Pero si el error ya ocurrió, el costo ya está ahí. Despedir a quien se equivocó muchas veces implica perder el aprendizaje que esa persona ganó y puede aumentar la probabilidad de que el mismo error se repita con alguien nuevo.
Por eso creo profundamente en la cultura de aprendizaje. Una cultura donde el control no desaparece, sino que se distribuye. Donde “todo está bajo control” no porque yo lo supervise todo, sino porque confío en mi equipo y en su capacidad para hacerlo bien. Una cultura donde el error no genera miedo, sino que abre puertas para aprender y mejorar.
Un ejemplo potente es el de Yape. Raimundo Morales, su CEO, ha contado que Yape fue resultado de un proceso constante de prueba y error. En una cultura de castigo, tal vez Yape nunca habría existido. En una cultura de aprendizaje, estaba claro que el error era parte del camino.









