Por Isabella D’Angelo, Gerenta Corporativa de Sostenibilidad en Intercorp Retail

Lectura de:

En el Perú, miles de emprendimientos no logran despegar, no por falta de ideas, talento o esfuerzo, sino por una razón mucho más básica: la ausencia de un mercado formal y estable al cual vender. Las micro y pequeñas empresas (MYPES) representan el 99.6% del total de empresas y emplean al 45.2% de la población económicamente activa, pero su alta tasa de informalidad limita su capacidad de crecer y sostenerse en el tiempo. Sus ventas anuales representaron aproximadamente el 14.2% del PBI en 2024, según ComexPerú.

Cuando se habla de inclusión, suele priorizarse el acceso al crédito como la principal palanca de desarrollo para las MYPES. Sin embargo, los datos muestran que este enfoque resulta insuficiente por sí solo: en 2024, solo el 54.1% de los propietarios de MYPES accedió a al menos un producto financiero formal y apenas el 20.6% logró obtener crédito formal (ComexPerú, 2025). Estas cifras evidencian una realidad clara: sin ingresos estables y verificables, el sistema financiero difícilmente puede acompañar el crecimiento de estos negocios. Antes del crédito, muchas MYPES necesitan algo más elemental: vender de manera sostenida.

Es aquí donde los retailers (supermercados, tiendas por departamento, centros comerciales y plataformas de comercio electrónico) tienen la oportunidad de asumir un rol transformador. Más allá de ser simples puntos de venta o compradores de productos, pueden convertirse en verdaderas plataformas de acceso a mercado para miles de pequeños emprendimientos. Al integrar a MYPES dentro de sus góndolas físicas y canales digitales, los retailers no solo amplían su oferta, sino que habilitan trayectorias de crecimiento que, de otro modo, serían inalcanzables para muchos pequeños productores.

En los últimos años, el Perú ha sido un laboratorio interesante de este modelo. Cada vez es más común encontrar en supermercados productos elaborados por emprendimientos locales, marcas regionales, asociaciones de productores y pequeñas empresas que antes solo vendían en ferias o mercados informales. Para estas MYPES, ingresar a un retailer implica mucho más que cerrar una venta: supone adaptarse a estándares de calidad, mejorar empaques, cumplir requisitos sanitarios, planificar producción y formalizar su operación. Lejos de ser una carga, este proceso suele convertirse en una escuela práctica de gestión empresarial.

Este proceso, además, no está ocurriendo de manera improvisada. Cada vez más retailers en el país están desarrollando programas especializados de incorporación de MYPES, diseñados específicamente para acompañar su crecimiento. Programas que incluyen condiciones comerciales diferenciadas, como plazos de pago más cortos, capacitaciones en gestión, estándares de calidad, empaques y planificación, así como mentorías directas desde los equipos del retailer. En muchos casos se suman también campañas exclusivas, activaciones comerciales y espacios destacados en tiendas físicas y canales online.

El impacto de esta integración va más allá de lo comercial. Cuando una MYPE accede a un canal formal de ventas, se genera un efecto dominó positivo. Las ventas recurrentes permiten ordenar procesos internos, llevar registros, emitir comprobantes y construir historial comercial. Con el tiempo, estos elementos se transforman en datos verificables que permiten sostener relaciones de largo plazo con clientes formales y facilitan el acceso a servicios financieros formales. En otras palabras, la inclusión financiera aparece como consecuencia del crecimiento comercial, no como su punto de partida. La formalización sostenible no se impone; se construye cuando hay mercado.

Este modelo, además, responde a una lógica de valor compartido. Para los retailers, incorporar MYPES significa diversificar su portafolio con productos diferenciados, de origen local y con historias auténticas que conectan cada vez más con consumidores conscientes. Estudios de tendencias de consumo regional indican que los consumidores valoran crecientemente atributos como trazabilidad, impacto social y producción local, lo que convierte a estos productos en una ventaja competitiva. Al mismo tiempo, reducir la dependencia de grandes proveedores y fortalecer cadenas de suministro locales incrementa la resiliencia del negocio.

Los canales digitales han amplificado aún más este potencial. El crecimiento del comercio electrónico ha reducido barreras geográficas y de infraestructura, permitiendo que MYPES de distintas regiones del país accedan a audiencias masivas sin realizar grandes inversiones iniciales. Una gran cantidad de vendedores en marketplaces son micro y pequeños negocios, y para muchos de ellos este canal representa su primer acercamiento a una operación formal y estructurada. El canal digital, además, funciona como una antesala al retail físico, permitiéndole a la MYPES probar demanda, ordenar su operación y construir historial antes de escalar a góndolas.

Si aceptamos que las MYPES son el motor de la economía peruana, la discusión ya no debería centrarse únicamente en cómo financiar ese motor, sino en quién está construyendo la pista de despegue. Cuando los retailers abren sus canales a los pequeños emprendimientos con una mirada estratégica, no solo están ampliando su oferta comercial: están activando crecimiento, formalización e inclusión económica real. La pregunta ya no es si los retailers pueden cumplir este rol, sino si están dispuestos a asumirlo de manera estratégica, sostenida y a escala. En un país que busca cerrar brechas y construir un desarrollo más sostenible, integrar a las MYPES al mercado formal es una acción clave para lograrlo.

LEE SU COLUMNA: Liderazgo femenino: cuando liderar es transformar







Continúa con tu red social preferida

Al continuar serás un suscriptor gratuito

O continúa tu correo.

Escriba su correo electrónico con el que se suscribió para acceder

Suscríbete

Ya me suscribí.