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POR JORGE MELO VEGA CASTRO – Presidente de Responde

Una nueva constante observamos en las diversas declaraciones y la publicación de interesantes artículos, respecto a la falta de confianza en nuestras instituciones que está afectando seriamente la calidad de vida de los peruanos, entre otras razones, por la ausencia de inversión privada. ¿Cómo es posible que unos sentimientos, que están más en el mundo de los intangibles, puedan tener tanta repercusión para el desarrollo de una sociedad?; ¿cuál es la gravedad de este escenario de desconfianza?

Definitivamente hemos caído en un profundo hoyo y estamos en una situación agravada de desconfianza interpersonal, que resulta mucho más primaria que una de tipo institucional. No creemos en el prójimo, sea este familiar, amigo o cualquier otra persona con la que naturalmente debiéramos relacionarnos. Pero la ciencia indica que la confianza es una necesidad vital, la necesitamos para vivir en sociedad, es un sentimiento que nos da seguridad, optimismo, nos vuelve positivos, por lo que su ausencia nos genera angustia. Ante esas carencias, como personas y sociedad, estamos enfermos. Un reflejo de ello es que, de acuerdo con el último Barómetro de las Américas del 2021, somos el último país de la región en confianza interpersonal, el último de la clase en el aula de los desconfiados.

El año pasado el BID, precisamente, presentó el informe La confianza, el problema más acuciante de Latinoamérica y destacó que la falta de confianza en los demás, en el Gobierno y en las empresas afecta al desarrollo económico y social de la región, “se trata de la región con el nivel más bajo de confianza interpersonal del mundo”. El informe revela que hay una cultura de fraude social y corrupción que erosiona la confianza y el cumplimiento de las reglas. Señala que la confianza es esencial para el crecimiento y la innovación, ya que facilita la inversión, el emprendimiento, el empleo y la colaboración. De acuerdo con el BID, la desconfianza afecta a la propia democracia y esa valoración se ha ratificado recientemente con los resultados del Latinobarómetro 2023, que arroja que “el 91 % de la población peruana se encuentra insatisfecha con la democracia”. Nuevamente, también somos el último país de la región en convicciones democráticas.

La corrupción en el sector público y privado y el deterioro político han logrado afectarnos como personas, lo que se ha agravado por la inseguridad ciudadana y la violencia. Estamos enfermos, carecemos del sentimiento de seguridad y optimismo que deriva en el incremento de los costos de transacción en todas las esferas de la vida, no solo en la económica. La palabra y la promesa están vaciadas de contenido.

El economista Thomas Piketty plantea que hay una correlación entre el incremento de la confianza en los países con mayor igualdad en la riqueza y de desconfianza en los países más desiguales. Ese supuesto nos ratifica que nuestra cada vez más débil institucionalidad, asociada a la carencia de liderazgo, impide priorizar lo que es realmente más importante: desarrollar políticas públicas orientadas a mejorar la calidad de vida de los que menos tienen y adoptar medidas para reducir las brechas en ingresos apuntando a corregir la desigualdad. Eso debería ser la prioridad de quienes pretendan asumir un nuevo liderazgo para gobernar: generar confianza a partir del cumplimiento de la promesa.







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