Marzo nos recuerda que el desarrollo y la naturaleza deben avanzar juntos. En medio de la dinámica de los negocios y de las decisiones que tomamos cada día, este momento del año abre un espacio para mirar nuestro impacto y reafirmar el compromiso con un futuro más sostenible.
Fechas como el Día Mundial del Agua (22 de marzo) y La Hora del Planeta (28 de marzo) no son simples efemérides. Son una invitación a renovar esa responsabilidad e impulsar acciones que generen valor para nuestro entorno y para las próximas generaciones.
El agua sostiene la vida, la actividad económica y el desarrollo de nuestras sociedades. Sin embargo, muchas veces solo reparamos en su importancia cuando se vuelve escasa. Cuidarla no implica únicamente optimizar su uso; también requiere proteger los ecosistemas que sostienen su ciclo natural: conservar bosques, resguardar cuencas, restaurar biodiversidad y reconocer que cada árbol en pie cumple una función que trasciende su propio territorio.
Hoy sabemos que la Amazonía, por ejemplo, no solo resguarda una biodiversidad extraordinaria. También regula ciclos hídricos fundamentales para millones de personas. Sus grandes árboles, sus suelos y su equilibrio ecológico permiten que el agua siga su curso, que la humedad viaje y que la vida prospere. Cuando perdemos esos ecosistemas, debilitamos también la seguridad hídrica de regiones enteras.
“Impulsamos proyectos de ciudades sostenibles en los diversos países donde operamos”.
Por eso, conmemorar el Día Mundial del Agua debe impulsarnos a mirar el tema con una visión más amplia. El futuro del agua no se define solo en infraestructura o tecnología, sino también en nuestra capacidad de convivir con la naturaleza. En ese camino, iniciativas que promueven la conservación de bosques y el trabajo con comunidades para proteger la biodiversidad demuestran que es posible construir cadenas de valor que preservan ecosistemas claves para el equilibrio climático y la seguridad hídrica.
Algo similar ocurre con La Hora del Planeta. Apagar una luz durante una hora puede parecer un gesto pequeño. Pero su verdadero valor está en lo que simboliza: la decisión colectiva de detenernos, reflexionar y asumir que el cambio climático y la pérdida de biodiversidad requieren compromisos reales.
En distintos lugares del mundo, cada vez más organizaciones están apostando por modelos de desarrollo que integren sostenibilidad, economía circular y reducción de emisiones. Experiencias como la transformación de destinos turísticos hacia modelos carbono neutral, la gestión responsable de residuos o la protección de patrimonios naturales y culturales muestran que es posible avanzar hacia ciudades y comunidades más sostenibles.
Desde el sector privado tenemos una oportunidad histórica. Debemos asumir la sostenibilidad como una forma de liderar, innovar y generar valor compartido. En Grupo AJE, esta visión se refleja en iniciativas que demuestran que el desarrollo económico puede ir de la mano con la protección de la naturaleza y el fortalecimiento de las comunidades. En la Amazonía peruana impulsamos el bionegocio AMAYU “Superfrutos que conservan bosques”, creamos cadenas de valor sostenibles que promueven la recolección responsable de frutos amazónicos, generando ingresos para comunidades locales mientras somos aliados para la conservación de Cuatro Reservas Nacionales del SERNANP en la Amazonía Peruana.
Asimismo, hemos establecido alianzas con organizaciones como ARBIO para contribuir a la protección del shihuahuaco, un árbol milenario clave para la biodiversidad amazónica y la captura de carbono. De la misma manera, trabajamos junto a la Asociación María Reiche Internacional Arte & Ciencia para apoyar la conservación de los acueductos de Cantayoc y Ocongalla, en Nasca, notables testimonios de la ingeniería hidráulica prehispánica. Esta iniciativa también promueve la protección del árbol patrimonial del huarango y el desarrollo de acciones de sensibilización y educación ambiental orientadas a preservar las Líneas de Nasca, patrimonio cultural de la humanidad.
En paralelo, impulsamos proyectos de ciudades sostenibles en los diversos países donde operamos. Estas iniciativas promueven la gestión responsable de recursos, la reducción de emisiones, el reciclaje y la protección de ecosistemas clave, incluidas fuentes de agua y biodiversidad. Un caso emblemático es Machu Picchu, reconocido en 2021 como el primer destino turístico del mundo con certificación carbono neutral. Este logro fue posible gracias a la colaboración entre el sector público y privado, conformado por la Municipalidad de Machu Picchu, Grupo AJE e Inkaterra. Este modelo también se impulsa en otros destinos donde buscamos que el turismo y el desarrollo local avancen de la mano con la sostenibilidad.
Marzo, entonces, no debería pasar como un mes de recordatorios simbólicos. Debería ser un punto de inflexión. Porque cuidar el agua, reducir nuestra huella y proteger la naturaleza ya no es solo una tarea ambiental. Es una responsabilidad ética, social y empresarial. Y también, quizá, la decisión más inteligente que podemos tomar por las generaciones que vienen.









