En el Día de la Madre, Stakeholders destaca el esfuerzo de las emprendedoras peruanas que educan y sacan adelante a sus hijos solas, a pesar de los golpes de la vorágine sanitaria y en un país donde el 75% de mujeres no cuenta con un trabajo formal. 

María Gosalvez (58) no había cumplido los diez años cuando conoció aquel fruto amazónico. Instalados en Madre de Dios tras dejar Bolivia, sus padres se habían dedicado a la recolección de castañas: él las sembraba, y ella las partía y pelaba para el proceso de extracción del aceite, todo de manera artesanal. Ya adulta y convertida en madre soltera, María emprendió un restaurante para sostener a los suyos. Uno de sus ingredientes principales fue el ají de castaña, una mezcla de aceite de este alimento y ají. 

Una tarde, casi al final de la jornada, llegó un último comensal. Era un funcionario del Centro de Innovación Productiva y Transferencia Tecnológica del Instituto Tecnológico de la Producción (ITP), organismo adscrito al Ministerio de la Producción (Produce). María recuerda que el hombre estaba maravillado y, después de almorzar, le propuso apoyarla con asesoría técnica. Un producto así, le dijo, podía cambiarle la vida. Era 2018.

En noviembre de ese año formalizó su emprendimiento, al que bautizó como “De la Abu su secreto”, donde actualmente ofrece ají de castaña, aceite y harina de este alimento, ideal para pacientes con diabetes y para aumentar las defensas de los niños y ancianos. El negocio adquirió sostenibilidad, fue destacado en los medios nacionales, pero llegó la pandemia y su emprendimiento se detuvo. Entonces, debió donar los alimentos para que no perecieran.

“La pandemia nos afectó mucho, tuvimos muchos sueños frustrados, pero con mis hijos decidimos apoyar a la gente, donar a las comunidades la harina porque tiene muchas proteínas y ayuda a subir las defensas”, cuenta la jefa de hogar, emprendedora y madre de tres hijos a los que ha sacado adelante sola.

Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), más de un millón de peruanas son madres solteras, es decir, asumen solas las responsabilidades de criar a sus hijos. Los especialistas señalan que la cifra aumenta entre las mamás millenials, con la característica que ahora ha dejado de ser un estigma, incluso se ha convertido en un rasgo de autosuficiencia. En lo que va del siglo, el país ha experimentado cambios importantes en sus estructuras familiares y la jefatura femenina de los hogares. Entre 2001 y 2018 los hogares de jefatura femenina crecieron 127 %, mientras que los de jefatura masculina solo 35 %.  

En Perú, la legislación protege a las madres trabajadoras y facilita el descanso pre y post natal. Sin embargo, en el caso de las trabajadoras informales, que son madres solteras, es otra la realidad. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala que sólo el 41% de las madres de niños recién nacidos percibe una prestación de maternidad y, en la agenda pública de nuestro país, la asistencia a las madres solteras es baja.

El Estado asiste a 172 mil familias en localidades en situación de pobreza y pobreza extrema y da apoyo a 32, 500 mujeres en su condición de madres solteras. Sus historias son cada vez más frecuentes y han cobrado relevancia en la pandemia, cuya crisis potenció las desigualdades de género y las empujó a conformar pequeñas o medianas ideas de negocio para sostener su hogar. 

Carmen (56), por ejemplo, vivía atormentada por las exigencias que imponía su pareja, casi siempre prepotente. Dos años después de tener a su primera hija optó por la separación. “Fue una relación muy tóxica. Él era dominante y muy machista”, ha contado a RPP. Al quedarse sola tuvo que criar a su hija y al mismo tiempo ver por su madre, así que decidió buscar trabajo como secretaria comercial. Su esfuerzo le permitió ascender hasta lograr ser la administradora de una tienda de ropa en Miraflores.

A la fecha, ella trabaja vendiendo manualidades a los turistas. Sin embargo, con la pandemia las ventas se paralizaron, así que ahora ha aprendido a usar las redes sociales para seguir ofreciendo sus creaciones. La historia de Sofía es similar.  Tiene 51 años, cuatro hijos, y en el 2011 optó por separarse de su entonces esposo. 

Atormentada por la necesidad de sostener a su familia, Sofía fue capaz de dedicarse al comercio ambulatorio y emplearse en diferentes trabajos. Con su esfuerzo, 26 años después de dar a luz, sus dos primeros hijos lograron ingresar a la universidad. Hoy tiene un lugar en la zona comercial de Gamarra y vive segura que con su trabajo le permitirá que sus hijos tengan una buena profesión.

Así como ella, en la comunidad 25 de diciembre de San Juan de Lurigancho, Silvia Farroñay buscó una iniciativa para sobrevivir en cuarentena: utiliza materiales de reciclaje como cartón, botellas de plástico y pintura, realizan maceteros en formas de animales, lo que promueve el reciclaje y la reproducción de plantas y flores. Son experiencias que ocurren en un país donde el 75 % de mujeres trabaja informalmente (versus el 70 % de los hombres) y el 60 % trabaja en una empresa de menos de cinco trabajadores (versus el 50 % de los hombres), y donde ellas tienen más presencia en los sectores más golpeados por la pandemia: comercio (26 % de mujeres versus 13 % de hombres) y servicios (44 % de mujeres versus 37% de hombres).

Muchas trabajan en empleos muy precarios, que les generan solo ingresos de supervivencia diaria. Las mujeres jóvenes, sin pareja, con hijos pequeños y con educación básica incompleta tienen casi 100 % de probabilidad de pertenecer a ese grupo. El Día de la Madre también debe ser una fecha para reflexionar sobre esta realidad. 







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