Rodrigo Salcedo
Especialista Senior en Economía Ambiental y
Desarrollo Rural Sostenible
Profesor de la UP

La contabilidad financiera se refiere al cálculo del “debe” y el “haber”. Estos conceptos son la base del balance general, en donde se presentan los activos, pasivos y el patrimonio de una empresa. Según los resultados del balance general, la empresa toma decisiones de inversiones, pago de deudas, contratación de nuevos préstamos y otras acciones que definen el futuro de la empresa. Además, el balance general es un termómetro de la salud de la empresa. Cuando el balance general está “en rojo”, la empresa está en riesgo de quebrar. 

Estos conceptos son relevantes para empresas, hogares y hasta países. Ahora, consideremos a la naturaleza como un acreedor más. La naturaleza brinda el servicio a la empresa de recibir residuos (entre ellos, los gases de efecto invernadero – GEI) y la empresa se ahorra el costo que tendría que afrontar para eliminar esos residuos sin emitirlos hacia la atmósfera. Ese servicio que brinda la naturaleza se puede considerar como un pasivo para la empresa. 

Utilizando la misma lógica contable, la empresa debería evitar que su “patrimonio ecológico” se encuentre “en rojo”. Esta es la base de la contabilidad de carbono y la medición de la huella de carbono. Con el “balance general del carbono”, la empresa define estrategias para asegurarse que su “termómetro ecológico” se encuentre en buen estado. 

¿Por qué quisiera un hogar, empresa o país mantener un “patrimonio ecológico” positivo? Porque la gran acreedora, la naturaleza, no podrá ofrecer ese servicio de manera indefinida, debido a la acumulación de carbono en la atmósfera, a pesar de los fabulosos mecanismos de regeneración con los que cuenta y, al igual que un banco, tendrá que cortar la provisión del servicio (pero con consecuencias catastróficas no solo para la empresa, sino para la humanidad). 

Esta metáfora es útil para graficar la importancia de las cuentas de carbono. Cada vez es más común que los mercados financieros soliciten a las empresas sus reportes de emisiones de GEI y, en muchos casos, los inversionistas los toman en cuenta para la compra de activos financieros. Además, varios países vienen adoptando medidas fiscales (como los impuestos al carbono) que obligan a las empresas a realizar la contabilidad de carbono con la finalidad de promover la reducción de sus emisiones. 

Sin embargo, para que una empresa logre un patrimonio ecológico “azul”, no solo debe reducir sus pasivos, sino también incrementar sus activos. Actualmente, la mayoría de las acciones desarrolladas para reducir emisiones se centran en lo primero. Buscan reducir emisiones de GEI invirtiendo en procesos más eficientes, utilizando energías renovables o reduciendo la deforestación (como es el caso de Perú). 

No obstante, las personas, empresas y países también deben lograr incrementar sus “activos ecológicos”, promoviendo la aforestación y la reforestación, así como la regeneración de los suelos mejorando su capacidad de absorber carbono, entre otras medidas. Además, la mayoría de las acciones están dirigidas a lograr un balance cero: carbono neutralidad. 

Lograr esto es un gran reto, pero desafortunadamente no es suficiente. Tenemos una gran cantidad de pasivos (¡y que permanecerán en la atmósfera por 100 años!). En ese sentido, lo que se debe lograr es ser carbono negativo, y esto solo se logra acumulando “activos ecológicos”. 

En el Perú, el Minam ha desarrollado una iniciativa, la Huella de Carbono Perú, que permite que las empresas analicen sus procesos y definan cuánto carbono emiten. Además, permite la posibilidad de obtener una certificación emitida por el Estado peruano. Este es un primer paso para que todos los peruanos calculemos nuestra huella de carbono y seamos conscientes de nuestras deudas ecológicas. 







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