Compromiso empresarial

Empresas peruanas ante el reto de la sostenibilidad en 2026

De cara a este año, la sostenibilidad gana peso en la estrategia de las empresas peruanas, impulsada por mayores exigencias de inversión, gestión climática y transparencia.

Por Renzo Rojas

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El 2026 puede convertirse en un punto de inflexión para las empresas peruanas en materia de sostenibilidad. En los últimos años, el sector privado ha avanzado de manera sostenida en la incorporación de los factores ESG dentro de su gestión. Este proceso, aún heterogéneo entre sectores, abre oportunidades concretas para fortalecer la competitividad empresarial en un contexto global cada vez más exigente.

Andrea Cuba, gerente de Desarrollo Territorial en Perú Sostenible, señala que, a menos de cinco años del 2030, se observa una evolución clara en el empresariado peruano. La sostenibilidad climática dejó de ser un tema accesorio y pasó a formar parte de la estrategia corporativa y de la gestión de riesgos.

Una muestra de este avance es que más de 2600 organizaciones ya se encuentran inscritas en la plataforma Huella de Carbono Perú. Este crecimiento refleja una mayor disposición del sector privado para medir, reportar y gestionar sus emisiones, así como para alinearse con los compromisos climáticos asumidos por el país.

Andrea Cuba – Gerente de Desarrollo Territorial en Perú

“Las empresas han comprendido que el cumplimiento de las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC) no es solo una responsabilidad del Estado, sino un objetivo compartido que requiere inversión privada, innovación, infraestructura y cambios en la forma de producir y operar”, sostiene.

Este mayor involucramiento empresarial también se evidencia en iniciativas orientadas a evaluar la gestión sostenible. El distintivo Empresa con Gestión Sostenible (EGS), impulsado por Perú Sostenible, permite identificar avances, brechas y tendencias en la manera en que las organizaciones gestionan sus impactos.

Según Melissa Becerra, gerente de Proyectos en Perú Sostenible, este reconocimiento muestra que las empresas avanzan a diferentes velocidades. “Hay un grupo que, en efecto, comprende la sostenibilidad como un factor estratégico del negocio, y otro que aún la gestiona de forma reactiva o fragmentada”, precisa.

En la última edición del EGS se observaron avances en la formalización de políticas ambientales, en la gestión de indicadores y en la definición de compromisos ESG. También se evidenció una mayor atención al eje social, especialmente en bienestar laboral y cultura organizacional.

Tendencias y exigencias crecientes

De cara al 2026, la sostenibilidad estará cada vez más vinculada a la competitividad y al acceso a mercados. Para  Melissa Becerra, las prioridades empresariales estarán asociadas a la gestión climática, la debida diligencia en derechos humanos, la transparencia de la información ESG y una mayor trazabilidad de la cadena de suministro.

En esa línea, Diana de La Cruz, socia de Sostenibilidad y Cambio Climático de KPMG Perú, identifica a la eficiencia energética y a la eficiencia hídrica como dos ejes que cobrarán mayor protagonismo en la agenda empresarial.

Ambos enfoques, señala, deben entenderse no solo como una respuesta ambiental, sino como herramientas para reducir riesgos operativos y financieros, y fortalecer el desempeño económico de las compañías.

“La búsqueda de eficiencias siempre es una actividad permanente en los negocios. Al incorporar una eficiencia energética y una hídrica, las empresas reconocen el beneficio de contar con una sólida estrategia de sostenibilidad. Si bien hablamos de un tema ambiental, es un claro ejemplo de cómo la sostenibilidad les da valor”, explica.

Diana de La Cruz – Socia de Sostenibilidad y Cambio Climático de KPMG Perú

A ello se suma la gestión de residuos bajo un enfoque de economía circular, que permite reducir costos asociados al uso de materias primas o incluso generar nuevas fuentes de ingresos. Este enfoque exige una mirada integral que abarque desde el diseño de los productos hasta el final de su vida útil.

“Se relaciona con cómo se está articulando las operaciones para que a lo largo de la cadena de valor se gestionen, minimicen o revalorice los residuos, pero de manera sistémica”, puntualiza Diana de La Cruz.

En este contexto, el uso de estándares internacionales como los de la familia ISO 59000 cobra relevancia. Estas normas orientan a las organizaciones en la transición hacia modelos de economía circular y proporcionan un marco común para rediseñar procesos y evaluar avances.

Otra tendencia clave es la gestión del recurso hídrico, especialmente en sectores intensivos en agua como minería, textil e inmobiliario. La medición de la huella hídrica representa aún un reto para muchas empresas, pero su adopción viene en aumento.

“No basta solo con asegurar el abastecimiento de agua, si bien soluciona un problema puntual, no proviene de una visión sistémica. Y es que no previene frente a los riesgos sistémicos que podrían darse. En ese sentido, vemos un crecimiento en las mediciones de huellas hídricas”, arguye Diana de La Cruz.

Estos desafíos, recalca, deben abordarse desde un pensamiento sistémico y mediante alianzas empresariales que involucren a distintos actores de la cadena de valor, incluidos proveedores y comunidades, para asegurar impactos sostenibles en el tiempo.

Inversión y transparencia

El rol de los inversionistas será cada vez más determinante. Melissa Becerra advierte que aumentará la presión para que las empresas demuestren resultados concretos, más allá de compromisos declarativos.

“En ese contexto, la sostenibilidad pasa de ser reputacional a ser un factor de continuidad del negocio”, remarca.

Melissa Becerra – Gerente de Proyectos en Perú Sostenible

Marcos internacionales como el Net Zero Investment Framework (NZIF) del Institutional Investors Group on Climate Change (IIGCC) reflejan este cambio. Este busca alinear los portafolios de inversión con objetivos de emisiones netas cero y evaluar con mayor rigor a las empresas financiadas.

“Lo que busca es cómo los grandes inversionistas pueden asegurarse de que lo invertido esté ayudando a cumplir objetivos de net zero. Orienta para que el inversionista se asegure de que está contribuyendo a una reducción de emisiones”, explica Diana de La Cruz.

Para América Latina, estos marcos también facilitan el acceso a financiamiento para proyectos de adaptación al cambio climático, como infraestructura resiliente o iniciativas que fortalezcan economías vulnerables a eventos extremos.

Desde el lado empresarial, gana fuerza el enfoque transition plan is the new business plan, que plantea integrar el plan de transición climática al plan de negocio.

“Las empresas tienen que pensar cuál es su plan de negocio y este mismo es su plan de transición energética”, afirma Diana de La Cruz.

En un país altamente vulnerable como el Perú, en definitiva los riesgos climáticos están siendo considerados con mayor seriedad. Andrea Cuba señala que la adaptación empieza a ganar protagonismo junto con la mitigación.

“Esto está impulsando decisiones de inversión que incorporan criterios de adaptación, gestión territorial y trabajo con comunidades y proveedores”, comenta.

Al mismo tiempo, aumenta la exigencia por una mayor transparencia de la información. Diana de La Cruz enfatiza que este es un desafío clave para evitar riesgos de greenwashing.

“Pese a que casi la mayoría de regulaciones o de estándares no te piden aseguramiento de esta información, sí se ve que de parte de los mismos clientes o inversionistas que hay una mayor exigencia al respecto”, dice.

Con pocos años por delante para alcanzar la meta del 2030, Andrea Cuba menciona que el desafío ya no está en el compromiso empresarial, sino en la escala y la velocidad de implementación.

“Desde Perú Sostenible, vemos avances concretos y una mayor madurez del empresariado. El reto ahora es transformar ese progreso en impacto a escala, fortaleciendo tanto la reducción de emisiones como la capacidad de adaptación del país frente a un contexto climático cada vez más desafiante”, finaliza.




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