Una mujer en Perú transita diariamente por el laberinto de la inequidad. Si bien actualmente adquieren más educación que los hombres, en promedio, ellas perciben salarios menores. Es un panorama que se explica en gran medida porque son los hombres quienes terminan ejerciendo carreras mejor remuneradas, como aquellas vinculadas a las ciencias. La abogada Josefina Miró Quesada y el investigador Hugo Ñopo han discutido sobre esa brecha en su libro “Ser Mujer en el Perú” (Planeta, 2022), que arranca con una tesis tajante: los hogares peruanos son un espacio tremendamente desigual que amplifican esa disparidad en otros escenarios. 

“Las mujeres, en promedio, se encargan de 80 % del  trabajo doméstico no remunerado de sus hogares. Esto se traduce en poco más de dos jornadas de trabajo por semana. Las mujeres, antes de cruzar las puertas de su casa, salen con una desigualdad de oportunidades frente a sus pares hombres, de ese tamaño. Esto luego se traduce en desigualdades de resultados en múltiples otros ámbitos”, escribe Ñopo.

Basta entrar a una tienda de juguetes para confirmar que el adoctrinamiento de esos roles femeninos es endémico, como apunta Josefina Miró Quesada. “Lo mismo con los roles masculinos. Cuestionar estas expectativas de comportamiento que producen relaciones desiguales de poder en la sociedad —sigue la especialista— significa desequilibrar un ideal conservador de familia heterosexual incongruente con la emancipación de las mujeres”. 

Brecha alimentada por la crisis sanitaria

Los factores detrás de las desigualdades también se retroalimentan. Un ejemplo se halla en la distribución del trabajo doméstico y la capacidad de generación de ingresos de los hogares. Para un hogar típico del país, de cada cuatro soles en sus ingresos, dos provienen del trabajo de los hombres y del trabajo de las mujeres (lo demás se genera de alquileres de propiedades, o recursos recibidos de terceros). 

En un contexto mayor, la participación femenina en puestos de liderazgo empresarial aún es reducida: solo el 13 % de peruanas alcanza un lugar en cargos directivos, según Cecilia M. Flores, presidenta de Women CEO Perú. El panorama es más notorio en las gerencias de finanzas, logística, TI, entre otras. A pesar del activismo, sensibilización, campañas, las estructuras de poder concentradas en la alta dirección todavía son difíciles de remover por factores culturales. El privilegio aún media, pero la pandemia fue un gran antecedente de este contexto: solo en 2021, los hombres tuvieron en promedio 40 % más probabilidad de trabajar que las mujeres, una cifra que devino más alta para aquellos con hijos en edad escolar.

«Solo el 13 % de peruanas alcanza un lugar en cargos directivos, según Cecilia M. Flores, presidenta de Women CEO Perú».

Según especialistas, una de las labores de la Superintendencia Nacional de Fiscalización Laboral (Sunafil) es hacer seguimiento y fiscalización en las empresas para evitar discriminación de salarios directa o indirecta. Incluso hay multas fijadas para las empresas que infrinjan la ley N° 30709, que prohíbe la discriminación remunerativa entre hombre y mujeres; y que fiscaliza y orienta a las empresas para el establecimiento de salarios sin distinción de género.

“Si un organismo como Sunafil no realiza este trabajo, se vuelve cómplice. Para avanzar en la lucha de lograr una igualdad en los salarios de ambos géneros debemos quitarnos los prejuicios”, señala a Stakeholders Yolanda Roca, socióloga especializada en temas de género. 

El último reporte de empleo del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) recoge que, hasta marzo de este año, el ingreso promedio de las mujeres representaba el 71 % del ingreso de los hombres: una diferencia de S/496.5, casi la mitad del sueldo mínimo. Según Servir, un profesional hombre gana en promedio 10% más que una profesional mujer en un puesto del Estado con características similares. Desde prejuicios —la madre abnegada y el padre proveedor— hasta las políticas públicas, casi todo complota contra la igualdad de género y “pese a la lucha feminista”, continúa Roca. Por ello, enfatiza que el Gobierno debe impulsar medidas para reactivar el mercado laboral femenino, pero sobre todo ante los obstáculos impuestos por la pandemia, que frenan su participación y liderazgo.

“Las mujeres se encuentran en la primera línea de la crisis sanitaria como trabajadoras de salud, más del 70 % del personal que trabaja en esta línea son mujeres. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe en países como Panamá, Chile, Brasil o Colombia, las trabajadoras de la salud tienen ingresos al menos un cuarto menor que los de los hombres realizando las mismas actividades. Todo ello configura un gran desafío para las trabajadoras de este sector”, ejemplifica la experta.

Seis de cada diez peruanas en situación de pobreza dejaron de laborar por la Covid-19. La crisis sanitaria afectó profundamente a los sectores de comercio y servicios, donde se ocupaba una gran proporción de mujeres. “La masa salarial generada por hombres duplica a la generada por mujeres. Esto ha cambiado muy poco en las últimas dos décadas”, comenta, por su parte, Hugo Ñopo y añade un dato crucial: a la fecha hay más mujeres graduadas cada año en las universidades peruanas, pero, pese a tener mayor escolaridad que los hombres, aún perciben salarios que en promedio están por debajo de ellos. 

«Seis de cada diez peruanas en situación de pobreza dejaron de laborar por la Covid-19».

“Una parte de la explicación que pertenece al mundo educativo corresponde a la elección de carreras pues todavía existe una alta segregación: las carreras de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas son predominantemente masculinas; las de humanidades y las vinculadas al cuidado, femeninas”, postula el especialista. 

Esta segregación, a su vez, es resultado de diferencias de género en habilidades matemáticas que no existían al inicio de la vida escolar pero se manifiestan de forma muy marcada al final de la primaria. Para esto hay un rol muy importante del cuerpo docente (que es mayoritariamente femenino) y el trabajo con enfoque de género que permita una mejor convivencia sin sesgos ni estereotipos.

Para ese panorama, Ñopo tiene una respuesta enfática: “Se ha creído que es natural que los hombres y mujeres tengamos diferentes habilidades, pero no es cierto. Las brechas se gestan en el camino; no es natural, es cultura”. Y en Perú, la cultura machista y patriarcal es endémica. Y mata. 

Espiral de violencia

Según las últimas estadísticas del Programa Nacional para la Prevención y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres e Integrantes del Grupo Familiar (Aurora), desde el 1 de enero al 31 de mayo de 2022, se registraron 54 casos con características de feminicidio. La mayoría de las víctimas se encontraba entre los 18 y 59 años. Los victimarios fueron sus parejas, exparejas, familiares, conocidos o desconocidos. 

El sistema de justicia para atender denuncias de violencia contra la mujer y feminicidios sigue fallando. La población afectada muchas veces decide no interponer una denuncia por los engorrosos trámites y por la desconfianza hacia la administración de justicia en nuestro territorio. La mayoría de los casos queda en investigación, a la espera de una sanción y reparación efectiva para las víctimas y deudos.

En un esfuerzo por agilizar la atención de casos de violencia a la mujer e integrantes del grupo familiar el Poder Judicial y la Policía han puesto en marcha un sistema web de interoperabilidad entre comisarías de familia y juzgados especializados.

Foto: La República

“Aun con todo, los esfuerzos son lentos. Las capacitaciones al personal policial deben ser permanentes para poder hacer seguimiento de las mujeres que son encontradas y las que aún siguen desaparecidas, para ello debe estar enfocado como política pública con presupuestos suficientes para poder contar con personal adecuado”, enfatiza la socióloga Yolanda Roca.

Bajo su mirada, Perú debe tomar el ejemplo de naciones vecinas que han incluido políticas públicas orientadas a revertir el panorama drástico. Para ello debe emprenderse “una reforma social donde se incluyan políticas de cuidado hacia nuestros niños, niñas y poblaciones vulnerables en coordinaciones con empresas privadas y públicas”.

Apostar por cambios profundos

Mientras tanto, para mitigar la desigualdad, Roca propone un mapa de la población laboral por género. Con ello se pueden plantear estrategias de reclutamiento o de retención de talento. En tanto, las compañías pueden ejecutar análisis de la planilla por niveles salariales, pues la brecha suele ser mayor en posiciones medias y altas, donde los salarios se pueden negociar.

“Pero, sobre todo, corresponde a nuestros gobiernos tener claramente un compromiso político, y es que es desde las necesidades particulares de nuestras mujeres que deben implementarse estrategias que permitan su desarrollo en un contexto de pandemia y fuera de ella”, sigue la experta. 

«Perú debe tomar el ejemplo de naciones vecinas que han incluido políticas públicas orientadas a revertir el panorama drástico».

El problema estructural de violencia y brechas de género, según especialistas, requiere cambios de culturas machistas desde el sector educación y también en el sistema de justicia. Miró Quesada tiene una postura contundente: “Quienes se oponen a las agendas que buscan combatir las desigualdades de género reproducen las mismas estrategias que la agnotología estudia: desinforman, confunden y tergiversan la verdad. (…) Desmontar estas narrativas que se instalan como ‘sentido común’ pasa por insistir en que la igualdad de género no es un capricho, sino una prioridad que ha de orientar todo Estado que se jacte de democrático y constitucional”.

Para la Defensoría del Pueblo es necesario también incluir a los hombres en la ola feminista, que ya ha logrado conquistas como el acceso de la mujer a la educación, al sufragio activo y pasivo y la protección de algunos derechos que no se equiparaban a los de los hombres. Para Walter Gutiérrez, exdefensor del pueblo, “la batalla no puede ser solo de las mujeres por las mujeres, sino que debe ser de todos a los que golpea el machismo, que afecta a la ciudadanía en general”. Los avances todavía son demasiado lentos a nivel local y en el resto del mundo. Los datos, desalentadores. Según el Foro Económico Mundial (WEF), al ritmo actual harán falta 132 años para cerrar la brecha de género a nivel global. 







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