Baltazar Caravedo
Docente de la PUCP

A lo largo del siglo veinte la sociedad peruana se ha configurado como un sistema con tendencia recurrente a la insostenibilidad y al colapso. La mirada de sistemas complejos no ha sido mayormente utilizada en las investigaciones sociales en el mundo académico del Perú. Si bien las ciencias sociales han abordado diversos aspectos de la realidad peruana no los han mostrado como procesos cuyas lógicas se conectaban a una dinámica compleja de los sistemas y subsistemas que emergían en nuestro país. 

Ha existido una suerte de fragmentación interpretativa que mostraba un aspecto con cierto detalle y profundidad, pero no la manera específica en qué se producían las transformaciones en sus diferentes dimensiones y planos simultáneamente para terminar de configurar el sistema nacional que se encontraba vigente. Dado que la realidad se manifiesta de diferentes formas y características, cada una de éstas es abordada con explicaciones desde bases disciplinarias y lógicas distintas. Realizar una cohesión interpretativa permitirá una comprensión de la lógica de reproducción del sistema, de sus componentes y de sus aspectos para elaborar una estrategia de intervención adaptativa, transformadora y sostenible. 

Desde un punto de vista físico, todo sistema vivo consume y genera con su acción una cantidad de energía. En el sistema humano todo tipo de organización social emplea, además, una energía que se despliega en los vínculos que establecen, entre sí o con su entorno, las personas individuales o colectivas. Cada vínculo es el resultado de un flujo de energía que compartimos con otros. El flujo se manifiesta en los comportamientos afectivos de cohesión, o también, en los comportamientos de repulsión o agresión. 

El vínculo humano es, pues, el resultado de un proceso de balance en los flujos de energía que se intercambian o comparten, y que se manifiestan en la relación con su entorno, y con otros seres vivos. Los vínculos que se establecen entre las personas en el marco de un sistema son las expresiones del flujo de carga de una energía social que intercambian. Se podría decir que hay una o más dimensiones en las que circula un tipo de energía de la que no tomamos consciencia de que existe, que no se mide, y permanece, en un sentido, invisible. 

Dada la naturaleza multidimensional del despliegue del sistema humano es necesario distinguir entre energía de cohesión (positiva) y energía de repulsión (entrópica, negativa). La continuidad de un sistema social humano dependerá del balance final de la energía vincular que usa, consume e intercambia en su interior y con su entorno. Si lo que predomina como resultado del balance es un flujo de energía social repulsiva, y si ese balance no se altera, la tendencia en el tiempo será el colapso del sistema u organismo. 

Hay dimensiones y cargas de flujo de energía social que no podemos percibir conscientemente pero que afectan nuestro desenvolvimiento. Dada nuestra incapacidad para identificarlas no podemos ni sabemos cómo modificar su curso ni medir el impacto que pueden provocar. El desafío que enfrentamos es el siguiente: 1) identificar en concreto el tipo de flujo de energía social (de cohesión o entrópico; positivo o negativo) que predomina en el ámbito de un sistema, subsistema o dimensión a partir de una herramienta socialmente aplicable desde una perspectiva de complejidad; y 2) integrar en un solo instrumento de estimación y análisis lo que es común a todos los aspectos y dimensiones de los sistemas sociales humanos: la energía social. 

La información detallada de la energía intercambiada y del balance del sistema permitiría analizar la modificación del patrón de comportamientos; y, por esa vía, explorar cómo intervenir para retardar la tendencia al colapso.







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