Por Jennifer Milla, autora de “Regeneración, Liderazgo y Prácticas Empresariales Sanadoras” y “POV Regeneración. Business as Force for Good”

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En Blessed Unrest (2007), Paul Hawken sostiene que existe un movimiento global, sin nombre, sin líder central y sin sede, formado por más de un millón de organizaciones dedicadas al bienestar de las comunidades, la protección ambiental y el respeto a los pueblos originarios en todo el mundo. Un movimiento que funciona como un organismo vivo, similar al del sistema inmunológico de la Tierra, respondiendo de forma descentralizada a las amenazas que enfrenta la humanidad.

Dos años antes (2005), colideraba desde la empresa global líder de radiocomunicaciones que laboraba, la delegación que entregó la donación de un sistema de comunicación a la Dirección Regional de Salud de Puno, en las provincias de Azángaro, Melgar y Huancané. No solo donábamos equipos: también la ingeniería para el diseño del sistema, su implementación y mantenimiento durante tres años. Se estimaba un impacto aproximado de 28 mil pobladores, entre locales y de zonas aledañas. Interconectábamos 15 establecimientos de salud con el Hospital de apoyo, ambulancias, municipios distritales, oficinas en Puno y autoridades locales.

¿Qué sucedió con ese sistema? Solía preguntarme. Mis responsabilidades iban cambiando con los años, hubo rotaciones de personal de la empresa y cambio de autoridades locales. El día a día me ganaba y no me daba el «tiempo» para saber qué había ocurrido después. Nuestro core era seguir con la operación del negocio.

Aquella joven profesional, cuya área foco era el marketing y la comercialización, se sentía profundamente feliz de haber impactado mediante las soluciones que ofrecía, a la calidad de vida de numerosas familias. Yo, era, sin saberlo, una regeneradora inconsciente. Estaba siendo parte de la respuesta de ese sistema inmunológico que menciona Hawken. Mis valores, el propósito de la organización, la voluntad de un canal de ventas dispuesto a colaborar, entre otros actores, confluimos; pero sin la mirada sistémica que hoy sé qué hace la diferencia entre un buen gesto y un impacto que perdura.

¿Qué pude hacer diferente? Medir. Dar seguimiento. Diseñar, desde el inicio, quién sería responsable de sostener lo que construíamos una vez que yo ya no estuviera ahí. No bastaba con tener a una entidad que se haría cargo de la administración en campo. La regeneración no es un evento: es un sistema vivo que necesita atención. Contribuye a construir confianza, ser puentes para pasar a ser sociedades que confían unos de otros. 

Según el Barómetro de Confianza de Edelman 2026 “Confianza frente a la insularidad”, las empresas se sostienen como una de las pocas instituciones que aún conservan la confianza de las personas. Como profesionales que las conformamos tenemos la gran oportunidad de usar ese puente para algo mayor. 

Hawken hablaba de la «bendita inquietud» como la respuesta inmunológica de la humanidad: la manera en que el cuerpo colectivo resiste y sana lo que las ideologías, la política y la economía han dañado. Esa inquietud no vive solo en activistas ni en ONGs. Vive en cada profesional que, desde su rol —sea en finanzas, operaciones, producción, logística, ventas, marketing, dirección general, entre otros, — decide que su trabajo puede dejar algo mejor de cómo lo encontró.

Puente de esperanza somos todos. Desde donde estemos parados, no hay rango menor. Todos suman y cuentan. No necesitamos una etiqueta o sello que indique somos parte de algo. Ya llevamos dentro una manera de liderar que cuida de otros, aunque todavía no lo sabemos.

La pregunta ya no es si formamos parte del movimiento más grande y silencioso del planeta. La pregunta es si vamos a liderarlo con los ojos abiertos, o seguir siendo, como yo en 2005, inconscientes del poder regenerador que poseemos. 

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