Tengo la suerte y el privilegio de haber seguido el Desafío Kunan desde sus inicios: primero como espectadora y emprendedora, después como parte del equipo y hoy desde su directorio. En ese camino el Desafío pasó de ser un premio a ser una plataforma: más de 10 ediciones, más de 200 emprendimientos acompañados y una organización que hoy piensa y actúa a nivel de ecosistema. Después de más de una década, el Desafío Kunan ha contribuido a identificar y apoyar a una base sólida de emprendimientos sociales, pero ahora el reto crece: ¿cómo los ayudamos a escalar?
El concepto de emprendimiento social ya es conocido. Tan conocido, que el Foro Económico Mundial gestiona una alianza global para impulsarlo, habiendo identificado más de 10 millones de empresas sociales y una brecha de financiamiento de más de un billón de dólares. Con o sin fines de lucro, lo que define a una empresa social es un modelo financiero sostenible y la intención explícita de resolver un problema social o ambiental. El Desafío Kunan da visibilidad, validación y capital semilla a estos emprendimientos. El premio abre la puerta; cruzarla es tarea del emprendedor, pero es casi imposible sin un ecosistema que lo permita. ¿Pero cómo puede escalar un emprendimiento social, y cómo apoyar en ese proceso? Aquí van tres posibles rutas.
«Un emprendimiento puede crecer sin medir, pero no puede saber si crece su impacto o solo su operación».
La primera es crecer como negocio. Sinba, exganador del Desafío Kunan, cobra a restaurantes y empresas por gestionar sus residuos, de la mano de recicladores, y convierte los orgánicos en alimento animal y abono. Hoy factura S/5.9 millones al año y ha recuperado más de 8000 toneladas de residuos. Belterra, en Brasil, le da al pequeño agricultor las plantas, la técnica y el financiamiento para convertir su pasto degradado en agroforestería de cacao, y le compra la cosecha con contratos ya firmados con compradores como Cargill. El agricultor gana hasta diez veces más por hectárea. En ambos casos una empresa paga por la solución, y esta ruta solo existe si las empresas e inversionistas de impacto compran, contratan e invierten en estos emprendimientos.
La segunda es cambiar las reglas del juego. Ciudad Saludable empezó en Lima organizando a personas desempleadas en microempresas de recojo de basura, pagadas por los propios vecinos. Reconocida con el Skoll Award en el 2006, impulsó la Ley del Reciclador de 2009, de las primeras del mundo, y con eso cambió el marco legal para unos 180 000 recicladores. A quienes hacen política pública: entre los finalistas puede haber soluciones que una norma podría llevar a escala nacional.
La tercera es escalar en profundidad. Algunos emprendimientos pueden quedarse en su territorio y cambiarle la vida en mayor medida a la misma población. Una empresa pequeña, sostenible y de alto impacto es también una empresa social exitosa, y en el Perú muchas mipymes ya lo son sin llamarse así. Lo que necesitan es un mercado local. Aquí el llamado es a cada uno de nosotros: conocer los emprendimientos de nuestro distrito, comprarles, contratarlos, recomendarlos. Es la ruta más accesible y la que más se descuida.
Un último punto: medir. Un emprendimiento puede crecer sin medir, pero no puede saber si crece su impacto o solo su operación. Medir le dice al emprendedor si su modelo funciona y al ecosistema dónde apostar. Sin evidencia, el impacto es promesa.
El Desafío Kunan identifica, visibiliza y da el primer capital. Nos toca a todos continuar la tarea: conocer a los finalistas, comprarles, invertir en ellos, llevarlos a la política pública. Así construimos el Perú del futuro, siendo parte del escalamiento de emprendimientos que demuestran con evidencia que propósito y negocio pueden caminar juntos.









