Por Leyla Perea - Consultora de Voluntariado Corporativo

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Durante mucho tiempo, el voluntariado corporativo fue entendido principalmente como una herramienta de impacto social hacia afuera: apoyar comunidades, atender emergencias o contribuir a una causa. Ese impacto sigue siendo fundamental. Sin embargo, la experiencia de liderar un programa de voluntariado corporativo me ha confirmado algo igual de transformador: el voluntariado también es una poderosa herramienta de gestión interna, capaz de movilizar personas, fortalecer la cultura organizacional y generar un profundo sentido de pertenencia en los colaboradores.

Hoy, en un contexto donde las organizaciones compiten por atraer y retener talento, especialmente entre millennials y centennials, el voluntariado corporativo adquiere un valor estratégico. Estas generaciones no solo buscan estabilidad o crecimiento profesional; buscan propósito, coherencia y la posibilidad de trascender desde su trabajo. El voluntariado ofrece precisamente eso: una experiencia auténtica donde los valores corporativos dejan de ser un discurso y se convierten en acción.

Cuando un colaborador participa en una actividad de voluntariado, no solo entrega tiempo. Pone en juego habilidades, liderazgo, empatía, capacidad de trabajo en equipo y compromiso. Se enfrenta a realidades distintas, aprende a escuchar, a coordinar, a adaptarse. Y en ese proceso, se produce uno de los efectos más valiosos para cualquier organización: la construcción de sentido de pertenencia. Porque cuando una persona vive una causa junto a su empresa, deja de trabajar únicamente para ella y comienza a trabajar con ella.

«El voluntariado corporativo es una triple ganancia: para la comunidad, para la empresa y para el colaborador».

La experiencia también me ha demostrado que el voluntariado corporativo tiene la capacidad de unir perfiles diversos dentro de una organización. Permite que distintas áreas colaboren entre sí, que los cargos jerárquicos se diluyan y que muchas de las barreras internas desaparezcan cuando existe un propósito común. En el voluntariado, todos suman desde su rol humano, más allá del puesto que ocupan. Incluso, he sido testigo de cómo programas de voluntariado corporativo que incluyen a excolaboradores —como parte de iniciativas de retiro voluntario— se convierten en una fuente genuina de motivación y sentido de continuidad. Es una forma valiosa de permitir que quienes han contribuido durante años a la empresa sigan vinculados a ella, compartiendo con sus antiguos equipos los valores que la organización fomentó a lo largo del tiempo y manteniendo vivo el sentido de pertenencia, aun cuando el vínculo laboral ya no exista.

Un programa de voluntariado bien gestionado impacta al colaborador en, al menos, tres dimensiones clave. Primero, el desarrollo de competencias. El voluntariado permite fortalecer habilidades blandas como liderazgo, comunicación, trabajo colaborativo y resolución de problemas, muchas veces en contextos reales que ningún taller puede simular. Segundo, la motivación y el orgullo de pertenencia. Participar en iniciativas con propósito genera satisfacción personal, refuerza el vínculo emocional con la organización y mejora el clima laboral. Y tercero, la conexión con el propósito corporativo: el colaborador comprende cómo su empresa contribuye a la sociedad y se siente parte activa de esa contribución.

La motivación entonces no se impone: se construye. Requiere escuchar a los colaboradores, ofrecer experiencias diversas y flexibles, comunicar con claridad, cuidar la logística y reconocer genuinamente el esfuerzo voluntario. Un voluntario necesita ver resultados, sentir que su aporte tiene sentido y saber que su tiempo es valorado. Por eso, un programa sólido no se limita a ejecutar actividades aisladas; diseña experiencias significativas alineadas a la estrategia, a los Objetivos de Desarrollo Sostenible y a las capacidades internas de la organización.

El voluntariado corporativo es una triple ganancia: para la comunidad, para la empresa y para el colaborador. Pero, sobre todo, es una oportunidad estratégica para construir culturas organizacionales con propósito. Las empresas que lo entienden no solo generan impacto social; construyen orgullo, compromiso y una conexión auténtica entre las personas y la razón de ser de la organización.







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